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Trump, ataque al corazón de América

Posible ‘impeachment’. Quien piense que Donald Trump es solo una travesura de la historia está equivocado. Y o la gente se sienta a entenderse o pronto puede que haya otros como él

29 ago 2018 / 16:47 h - Actualizado: 29 ago 2018 / 20:34 h.
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No mucho antes de la victoria electoral de Donald Trump, la liberal y californiana socióloga Arlie Hochschild daba tumbos sobre una vieja camioneta roja por entre los campos de caña de azúcar de la Luisiana profunda, entre los efluvios bochornosos del Misisipi y no muy lejos de esa zona que llaman, en honor a la contaminación de las plantas químicas y los vertidos tóxicos, el cinturón del cáncer. Al volante iba Mike Schaff, un paisano de los de toda la vida; un hombre de derechas y, como tal, profundamente nostálgico y decepcionado. «Cuando yo era chico, si te parabas en la orilla de la carretera con el pulgar levantado, siempre te recogía alguien», le iba contando Mike a su visitante. «Si eras tú el que conducía, recogías a cualquiera. Si alguien tenía hambre, se le daba de comer. Existía la comunidad. ¿Y sabes quién ha terminado con todo eso? –hace una pausa–. El Gobierno de la Nación».

Hochschild no había bajado al Sur para hablar de política, o no del todo. Su investigación sociológica tenía más que ver con el medio ambiente y en cómo era posible que a una gente tan severamente amenazada por su deterioro le importase tan poco. Pero su contacto con el pensamiento y, sobre todo, con el sentimiento de estas personas, irremediables votantes republicanos, alteró sus planes. En su reciente libro Extraños en su propia tierra, publicado en España por Capitán Swing y de donde procede la cita anterior, la autora va desde el estupor inicial hasta la comprensión de muchos porqués que fuera de América aún no han obtenido respuesta. Por ejemplo, por qué Trump fue elegido presidente. De sus indagaciones tal vez sea posible deducir también si repetirá en el cargo o lo echarán antes. ¿Qué estaba pasando y qué sigue pasando en la derecha? «La mayor parte de la gente que se hace esta pregunta llega a ella desde una perspectiva política», explica Hochschild. «Y aunque yo también tengo mis opiniones, como socióloga me mueve un enorme interés por cómo percibe la vida la gente de la derecha, es decir, por las emociones que subyacen a la política. Para entender estas emociones tuve que ponerme en su lugar. Y en ese intento descubrí su historia profunda, una historia que narran según sus sentimientos».

En los tiempos dorados de José María Aznar, cuando la derecha española no quería ni imaginarse que algún día dijese adiós su presidente, cierto periodista sevillano –hoy demasiado lejos como para poder negar su autoría– dio con una clave esencial que en el futuro serviría para diagnosticar la buena o mala salud de la política española y, en particular, de la de los populares: «La gran diferencia entre el PP y el PSOE», dijo este colega cuyo nombre no hace al caso, «es que, cuando manda el PP, la gente de derecha aplaude en los telediarios. Y cuando gobierna el PSOE, la gente de izquierda llora viendo el telediario». A su esquemático paisaje de la realidad nacional se le podrían añadir muchos elementos, pero como inspirado ejercicio de lucidez fue extremadamente esclarecedor. Era el corazón. De eso se trata siempre. Hace dos años, Donald Trump, que sabía perfectamente qué hilos mueven a la gente, perpetró un ataque sin precedentes al corazón de América, esa América profunda, la del interior, la que va con una camioneta roja recordando con un tremendo rencor hacia el presente cómo era la vida en su niñez, la que piensa que el Gobierno es más un estorbo que una ayuda, que no hace más que fastidiar a quien hace las cosas como Dios manda y proteger a quien se salta las normas a piola, que se mete demasiado en sus vidas.

Pero la socióloga no terminaba de entender cómo esta gente podía apoyar inquebrantablemente a los republicanos, que son quienes están detrás de las leyes que afianzan el poder de los monopolios «que está en manos de las empresas más grandes y que están dispuestas a devorar a las pequeñas». Y se hacía estas preguntas: «¿Pequeños agricultores que votan a Monsanto? ¿El propietario de la tienda de la esquina que vota por Walmart? ¿El librero del pueblo votando a Amazon? (...) No, yo no lograba entenderlo». Ni siquiera echando manos de los estudios y los análisis de especialistas de distintas ramas de las ciencias sociales, donde se destaca el enorme peso que tiene en la opinión pública la propaganda pagada por las grandes corporaciones, así como el peso de la tradición local y la influencia de los valores morales de la derecha. «Y aunque todas estas obras me ayudaron mucho, me di cuenta de que en todas ellas faltaba una cosa: no se entendía la emoción en la política. Lo que yo quería saber era qué quería sentir la gente». De nuevo, el corazón.

Arlie Hochschild se dio cuenta de que la derecha americana –puede que otras también, aunque ahí ya no entra ella– está loca por librarse de la dictadura emocional que le impone la izquierda, que les dice cómo deben sentirse: «Felices por los recién casados gais, tristes por la situación de los refugiados sirios, satisfechos de pagar impuestos. La izquierda ve prejuicios en todas partes. Estas normas molestan al núcleo emocional de la derecha. Y a este núcleo es al que puede apelar un candidato como el empresario multimillonario Donald Trump». Conviene recordar que el libro lo escribe una votante demócrata criada y formada en la ventilada costa californiana. Frente a ella, esa enorme masa de americanos de derechas empachados de pensamiento único tienen la molesta sensación de que se les está colando todo el mundo a base de adelantamientos irregulares, y que al final ellos se quedan siempre los últimos en las prioridades gubernamentales. Ellos, que se sienten la verdadera América, la que construye el país, se consideran maltratados largo tiempo por una Administración buenista, entrometida e ineficaz. Este verano, a finales de julio, The Boston Globe publicaba un editorial en el que se quejaba de que Trump está gobernando solamente para «menos de la mitad de América», como indicaba en su título. En el texto desarrollaba la idea de que la ineficacia de Trump para gobernar se está contrarrestando con ayudas a los suyos. Y al hablar de la guerra comercial que el exmagnate del pelo naranja ha declarado a Asia, Canadá y Europa, dice que «la manera descaradamente selectiva en que la Administración está respondiendo a los estragos que causa ha despertado inquietudes más fundamentales, sumadas a la evidencia de que el presidente y su Administración no ofrecen la sensación de que aspiran, o deberían aspirar, a representar los intereses de todos los estadounidenses».

A Trump no se le podrá llamar embustero por su más célebre eslogan, que pronunciaba siempre con el índice en ristre: America first: América primero. Probablemente sea la más inofensiva de sus frases, esas que primero salieron como cañonazos en sus mítines de campaña dejando a la gente perpleja y que ahora siguen haciéndolo, ya como presidente y provocando reacciones más furibundas, mediante Twitter, red social que él ha descrito como lo mismo que tener un gran medio de comunicación pero sin asumir sus cuantiosas pérdidas. Este altavoz le está sirviendo para mantener caliente a la afición, reiterar sus prioridades y poner en su boca lo que cree que siente el americano de la camioneta roja pero no se atreve a decir más allá del bar donde se toma su cerveza los viernes. Puede que sus detractores contraargumenten con un informe de Gallup –citado por el medio mexicano Expansión– donde se indica que solo el cuatro por ciento de los estadounidenses tienen una cuenta de Twitter, siguen a Trump y se leen todo lo que este dice. Pero claro, se corre el riesgo de subestimar el papel multiplicador de los medios de comunicación, de los propios tuiteros y de otras redes sociales que también se hacen eco. Todo lo que dice el presidente Donald Trump llega a todas partes. Y él lo sabe tan bien que tiene un equipo de fabricación de tuits perfectamente adiestrado para poner énfasis donde él lo pondría, colocar en mayúsculas las mismas palabras que él destacaría y usar el ofensivo palabreo que tanto le gusta. Aquí nada se deja a la improvisación, por mucho que lo pueda parecer.

Para colmo, como indicó la empresa en enero pasado, Twitter ha decidido no bloquear las cuentas de los líderes mundiales incluso si las cosas que dicen resultan «controvertidas». Lo hizo, como recuerda la agencia France-Presse, pocos días después de que un tuit del presidente de EEUU sobre el uso de armas nucleares provocase un aluvión de críticas contra la red social por tolerar amenazas violentas. Respuesta de Twitter: «Twitter está aquí para servir y ayudar a avanzar en la conversación global y pública. Los líderes mundiales elegidos desempeñan un papel fundamental en esa conversación debido a su gran impacto en nuestra sociedad». O sea, que por ahí, campo ilimitado por donde correr.

Y las cosas que dice por ahí son las que esos americanos de derechas –que hasta la llegada de Trump apenas habían formado mucho jaleo– estaban ansiosos por oír: «No quiero nada con México más que construir un muro impenetrable y que dejen de estafar a EEUU», por no hablar de su idea luego matizada de prohibir la entrada en el país a los musulmanes y su relación epistolar con el norcoreano Kim Jong-un, el famoso «hombre cohete» con el que por cierto parece haber cerrado una crisis de décadas.

En general, el comportamiento de Donald Trump ayuda a dibujar el retrato robot de sus votantes; él es, así visto, una consecuencia, más que un detonante. En su libro Extraños en su propia tierra, Hochschild explica que la forma de llegar al meollo del asunto, al núcleo donde está ese misterioso porqué al que se aludía antes, es descender a la «historia profunda» de la derecha estadounidense, que ella explica como el relato que ellos sienten como cierto. Así dicho, se podría parecer mucho a lo que ahora se llama la posverdad, definida por la RAE como una «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales». Pero no lo es. Es una convicción de carácter emocional que reside en las tripas, precisamente la que un líder carismático sería capaz de tocar con sus discursos.

Durante un discurso en Nueva Orleans, Donald Trump dijo: «Nuestro país se está yendo al carajo. ¡Pero vamos a hacer que vuelva a ser grande de nuevo!». Se ganó una ovación. Es posible que entre el público se encontraran algunos de los contactos del Tea Party con los que la socióloga Hochschild había logrado contactar para avanzar en su viaje al corazón de la derecha americana. Como Lee Sherman, que sugería llevar a Guantánamo a los refugiados sirios. O como Jackie Tabor, quien le comentó lo siguiente: «Estamos protegiendo a los musulmanes y persiguiendo a los cristianos. ¿Has visto alguna vez que los musulmanes organicen actos de caridad para los necesitados o que repartan comida a los sin techo? ¿Hay un Acción de Gracias musulmán? ¿Cómo se dice en su idioma Declaración de Independencia?». Esto no son tuits fabricados: son pensamientos reales de gente real que empezaban a sentirse «parte de una minoría acosada», económicamente frágil mientras los políticos hablaban de redistribución y marginados en materia cultural, ya sea en lo concerniente al aborto, a las armas, a la raza o a cualquier otra cosa. De hecho, este tipo de personas de la América sureña estaban siendo ridiculizadas en la tele como perfectos catetos atrasados: los cogotes rojos.

«Trump es un candidato de las emociones», escribe la autora. Nadie lo duda. Con una contundencia y una vulgaridad sin precedentes en la historia de la política norteamericana –tal vez, incluso mundial–, el inquilino de la Casa Blanca apuesta por la provocación; por esa reacción emocional, visceral de sus partidarios, aunque el programa político y las medidas concretas queden en un segundo plano (es posible que los ciudadanos norteamericanos hayan aprendido también, al fin, que las promesas electorales no valen nada) o incluso no importen demasiado. «Sus discursos evocan la dominación, la fanfarronada, la llaneza, el orgullo patrio y el estímulo personal: inspiran, en definitiva, una transformación emocional». No es casual que el neoyorquino haya llegado a presumir de su pasión: «Somos la mayoría que grita, la mayoría ruidosa», exclamó en un mitin en los estados del Sur, donde estas palabras suenan a música celestial.

Hoy, las cosas no pintan bien para Trump. Hay una posibilidad real de que no termine su mandato. Y no porque se vaya a cumplir la profecía de la colombiana Deseret Tavares, que habla de magnicidio, sino porque ronda sobre su cabeza el impeachment, o juicio político contra él en el Parlamento, que podría acabar con su defenestración. La razón es que su exabogado Michael Cohen reconoció la semana pasada que cometió irregularidades durante la campaña electoral que implicarían a Trump en posibles delitos federales. Cuando la agencia Efe quiso ir más allá indagando las posibles consecuencias, Michael Cornfield, profesor de Liderazgo Político de la Universidad George Washington, le explicó que «lo más probable es que Trump no finalice su mandato en el cargo. El escenario más probable es que (el vicepresidente) Mike Pence herede su Presidencia», porque además, en su opinión y por si lo ocurrido fuese poco, vienen «más turbulencias en la política estadounidense y el Gobierno en los próximos meses y años».

La clave de esa hipotética destitución tiene fecha: noviembre. Será entonces cuando se celebren las elecciones legislativas, y si los demócratas le dan la vuelta a la tortilla y consiguen la mayoría, el Congreso podría iniciar los trámites del impeachment. Y si el poder legislativo entiende que en el sillón de cuero del salón oval se está sentando el autor de un crimen federal, lo que hace es echarlo y colocar en su lugar al vicepresidente.

¿Y qué es eso que puede acabar con el presidente? Pues que Cohen asegura que pagó a dos mujeres por orden de Trump para que no contasen sus supuestas relaciones con el magnate durante la campaña electoral. Lo que hay detrás no es una cuestión moral, sino una infracción de las leyes sobre la financiación de las campañas. El presidente, por supuesto, lo niega todo. Y no solo lo niega, sino que advierte de que en caso de ser sometido a juicio político los mercados se desplomarían. Y un consejo a su feligresía: «¡Si alguien está buscando un buen abogado, sugeriría con contundencia que no contratase los servicios de Michael Cohen!». Por supuesto, en Twitter.

El panorama no resulta mucho más consolador para él si se mantiene en el puesto, a tenor de lo que auguran las encuestas: un sondeo de la consultora Morning Consult asegura que, a día de hoy, cualquiera de los tres políticos demócratas que suenan como candidatos para las próximas elecciones –Bernie Sanders, Joe Biden y Elizabeth Warren– le ganarían la partida en la cita de 2020. ¿Qué hay de cierto? Bien, la elección visceral de representantes políticos puede acarrear caídas tan fulgurantes como lo fueran antes sus ascensos, sobre todo si los medios de comunicación, con los que Trump se ha metido tanto y tan cruelmente como cabe esperar de la propia prensa, no han parado de cebarse. Con ocasión de su primer debate sobre el estado de la Unión, en enero pasado, The New York Times arrancaba así su editorial: «Cuando consideras que el presidente de los Estados Unidos se alió con un poder extranjero que se inmiscuyó en la elección estadounidense; que ha atacado repetidamente a las cortes del país y a sus agencias de seguridad e inteligencia; que ha defendido a neonazis; que ha clamado que hay noticias falsas cuando él de manera demostrable mentía; y cuando revelaciones de que le pagó a una estrella porno por mantener secreto su amorío son tan creíbles que incluso se vuelve noticia que su esposa y primera dama haya accedido a ir a su discurso más importante del año, en cierta medida, es difícil creer que el estado de la Unión es tan fuerte». Pero ese mismo diario, en ese mismo artículo editorial, concluía dinamitando las esperanzas de encontrarle recambio, de momento: «Como partido nacional, los demócratas todavía no han encontrado una voz coherente y atractiva con la que puedan hacer algo más que criticar a Trump».

En aquel paseo por los campos de caña de azúcar de Luisiana con el que se abrían estas páginas, Arlie Hochschild comenzó a comprender de qué iba todo esto. Aquel Mike Schaff le decía: «Yo soy provida, y estoy a favor de las armas y de la libertad de vivir nuestra vida como nos parezca mejor siempre que no hagamos daño a los demás. Y soy, definitivamente, antisistema», explicaba él. «Nuestro Gobierno es demasiado estructurado, demasiado ambicioso, demasiado incompetente. Está demasiado ramificado y ya no conecta con nosotros. Tenemos que volver a las comunidades locales». Cuenta la socióloga que la vieja brecha que ha habido siempre entre los dos principales partidos políticos de Estados Unidos, los demócratas y los republicanos –los azules y los rojos– no solo se ha ampliado más, sino que también es más profunda. Según recoge, «en 1960 se realizó una encuesta en la que se preguntaba a los adultos estadounidenses si les molestaría que un hijo suyo se casara con un miembro del partido político contrario: no más del cinco por ciento respondieron afirmativamente. Pero el 2010 dieron una respuesta afirmativa el 33 por ciento de los demócratas y el 40 por ciento de los republicanos. De hecho, el partidismo, como lo llaman algunos, supera ya al racismo como fuente de prejuicios divisores». Y esta segregación cada vez es mayor y más radical.

Maneja más datos que apuntan al desplazamiento ideológico de la población blanca hacia la derecha, cuya máxima expresión son los estados sureños, que están lejos de ser un referente mundial de bienestar social: «Los llamados estados rojos, gobernados por los republicanos, son más pobres, registran más madres adolescentes, un índice de divorcios más elevado, peor salud, más obesidad, más muertes traumáticas, más bebés que nacen con bajo peso y más fracaso escolar. Sus habitantes viven de media cinco años menos que los estados demócratas o azules. De hecho, la diferencia de esperanza de vida entre Luisiana (75,7 años) y Connecticut (80,8) es la misma que existe entre Estados Unidos y Nicaragua». No hay lógica: solo apelando a esa historia profunda y a esa lectura emocional se termina de explicar cómo es posible que Donald Trump conquiste su corazón. «El movimiento, como Trump empezó a llamar a su campaña, cada vez con más frecuencia, actúa como un potente antidepresivo».

Participar de esa comprensión de la situación, al igual que le sucedió inesperadamente a Hochschild, no pasa solo por recordar informaciones y artículos de prensa, escuchar a los analistas a toro pasado y asomarse al asunto desde una perspectiva eminentemente política. También, y sobre todo, resulta esclarecedor lanzarse a dar un paseo por las páginas de este libro esencial que aborda lo que la objetividad no explica. Donald Trump ha hecho ver a este trozo desencantado de América que el sueño americano sigue siendo su sueño, el de ellos, y no solo el de quienes van llegando con la etiqueta de población desfavorecida y a los que el Gobierno federal ofrece más apoyo, al menos desde el punto de vista de la derecha.

No es fácil sacar conclusiones que vayan más allá, porque efectivamente las razones del éxito del viejo magnate son muchas y muy complejas. Y más complicado aún es que sus adversarios políticos acierten a hacer autocrítica a tiempo. La autora del libro citado en estas páginas lo hace: «Nosotros, los liberales, somos bastante insensatos al desaprovechar la ocasión de conocer a gente que ha crecido en zonas geográficas, clases sociales o grupos religiosos diferentes de los nuestros, y lo somos doblemente cuando los despreciamos sin la menor consideración. Durante el tiempo que estuve en Luisiana adquirí más conciencia de la forma en que el cine y la televisión, en ocasiones, ridiculizan la figura del cogote rojo sureño. Y me siento tan incómoda ante este hecho como ante cualquier síntoma de racismo», afirma Arlie Hochschild.

«Los demócratas se sorprenderían al descubrir que están más aislados en su propia burbuja política que los republicanos en la suya. Según una encuesta realizada en 2017 por Pew, casi la mitad de los partidarios de Clinton (el 47 por ciento) no tenían ningún amigo –amigo, no simple conocido– que fuese partidario de Trump, mientras que entre los partidarios de Trump solo el 31 por ciento no tenía ningún amigo que apoyase a Clinton», remata.

Este párrafo es demoledor y muy indicativo de la falta de voluntad por parte de todos para enmendar una situación que sufre no solo Estados Unidos, sino todo el mundo occidental. Incluida España, donde ya es frecuente escuchar a gente tenida por abierta de mente que les resultaría muy difícil, si no imposible, tener un amigo de ideología contraria a la suya. En este ambiente, en países donde también hay gente que guarda silencio y que tiene su propia historia profunda esperando a convertirse en voto, su verdad oculta en las tripas, su lista de agravios, la atroz decepción que le provoca la clase política en general... en estos estados y regiones, donde igual que en el Sur estadounidense hay quienes sienten que se les están colando en las prioridades de sus gobiernos... ¿quién dice que no puede aparecer un Donald Trump que se lleve de calle a una masa lo suficientemente enojada y nutrida de votantes como para que suceda algo similar? En esta España donde la derecha hace tiempo que dejó de aplaudir en los telediarios y donde la izquierda cree tenerlo clarísimo, ¿qué analista, qué experto y qué consultora pueden asegurar que estamos a salvo de un ataque al corazón?


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