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Un cultivo mimado de generación en generación

Valencianos llegaron en los 50 para enseñar las técnicas del arroz, hoy sus hijos y nietos son los encargados de mantener el cultivo

25 oct 2017 / 06:10 h - Actualizado: 25 oct 2017 / 10:42 h.
  • Se necesitaban muchos hombres para sembrar una hectáres. / El Correo
    Se necesitaban muchos hombres para sembrar una hectáres. / El Correo
  • Antes, la siembra del arroz se hacía ayudados por caballos o burros. / El Correo
    Antes, la siembra del arroz se hacía ayudados por caballos o burros. / El Correo
  • Un cultivo mimado de generación en generación

«Vinieron de muchos sitios / a Isla a trabajar / extremeños, valencianos /canarios y algunos más / trajeron a su familia /dejando a su pueblo atrás», relata una de las estrofas que en su día escribió Julia Rúa, una colona valenciana, que llegó a Isla Mayor en los años 50 con su padre. Rúa es parte de la historia de Isla Mayor, un pueblo que ha crecido gracias a los frutos de su tierra.

Muchos vinieron a trabajar las tierras de la empresa de Rafael Beca y Cía. Es el caso de Juan Girona. Llegó desde Almussafes con apenas 16 años de la mano de su hermano, pero más de 60 años después Isla Mayor se ha convertido en su casa, en su tierra. En las marismas sevillanas prosperó, pasó de cultivar las tierras de los Beca, a tener las suyas propias. Las mismas que hoy cultivan sus hijos con el mismo mimo, aunque con más facilidades en la recogida. Un cultivo de padres a hijos y de hijos a nieto, porque los de Girona también ayudan en las tareas cuando no están estudiando.

La historia se repite en casa de los Beltrán. Su padre llegó desde Sueca en el año 53. Al contrario que Girona, él llegó con seis hectáreas en propiedad, para lo que tuvo que dejar detrás todo. Desde que pisó por primera vez Isla Mayor (por entonces El Puntal y más tarde Villafranco del Guadalquivir) hasta el último día de su vida, éste colono estuvo a los pies de sus arrozales. Los mismos que hoy trabajan, con el mismo o más respeto, por lo que representaba para su padre, sus hijos Tomás y Juan Manuel.

Los descendientes de Girona y Beltrán conocen bien el cultivo y saben que el trabajo antaño era mucho más duro. Antes se sembraba a mano y con la ayuda de animales, como caballos o burros. Para una hectárea se necesitaban entre seis y siete hombres. El arroz también se trillaba a mano y las haces (la paja sobrante) se apartaban en una era para luego llevarlas a la industria papelera que había en el municipio, y que en la actualidad se ha perdido, por lo que ahora los agricultores buscan usos alternativos.

En la actualidad, un tractor puede sembrar fácilmente diez hectáreas en un solo día. También recolectarlas. Las máquinas empiezan a trabajar pasado el mediodía, cuando el rocío ya se ha secado. En el caso de los hermanos Beltrán, la cosecha empieza pasada la una. Antes uno de los agricultores se afana en limpiar las zonas más cercanas al canal de riego, ya que la máquina no llega hasta ese punto. Una vez empieza a trabajar la cosechadora el ritmo no para hasta que el sol empieza a esconderse. A lo largo de todas esas horas la estampa parece estar sacada del National Geographic, ya que las aves que se alimentan de este cultivo se espantan de la maquinaria como si de una coreografía se tratara.


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