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Día de Todos los Santos

Vivos muy vivos

Hurtos. En algunas tumbas del cementerio los familiares piden con pequeños carteles que no les roben flores ni floreros a sus difuntos

31 oct 2017 / 22:13 h - Actualizado: 31 oct 2017 / 22:14 h.
  • Inscripción improvisada encontrada en uno de los enterramientos de Sevilla. / Rosalba Mancinas
    Inscripción improvisada encontrada en uno de los enterramientos de Sevilla. / Rosalba Mancinas
  • Una tumba con un aviso disuasorio para cacos. / Rosalba Mancinas
    Una tumba con un aviso disuasorio para cacos. / Rosalba Mancinas

Ya ni se puede descansar en paz cuando uno se muera. A Dios rogando y al difunto hurtando. En el cementerio de San Fernando hay muertos muy muertos y vivos muy pero que muy vivos, que en lugar de llevar flores a sus difuntos agarran las de los vecinos yacentes y con ellas adornan las tumbas de sus finados. Me imagino que tanto el muerto robado como el que recibe el obsequio se revolverán en sus tumbas y les entrarán ganas de convertirse en zombis para dar unas cuantas collejas a los mangantes.

No creo que sea posible cantar por Mecano en el cementerio de Sevilla, ¿recuerdan aquella canción de Mecano?, su letra decía: «Y los muertos aquí lo pasamos muy bien entre flores de colores». No es posible pasarlo bien por muchas flores de colores que pululen por el camposanto sevillano si sus habitantes tienen que tratar de noche y en asamblea cómo avisan a los familiares para que el desmán se desvanezca porque unos no querrán que les roben y otros rechazarán flores robadas. ¡Es que el tema hace hablar a los muertos!

Pero, seamos serios, si uno se va al campo y arranca unas cuantas florecillas silvestres y queda como un rey mago con su muertecito. Si un ramito de clavellinas o de margaritas cuesta menos que una chuche. En la historia humana, siempre, desde la Prehistoria, ha habido quien ha preferido esperar a que el otro cazara algo para luego matarlo y llevarse a su casa la caza. Pues la constante sigue, en lugar de arrancar de esos campos –secos como una calavera– unos jaramagos amarillos o unas amapolas o hasta un cactus o un geranio de la maceta de la abuela o recoger del suelo unos jazmines, le birlan la floresta al muerto más florido e incluso a veces hasta el florero.

No es extraño entonces que alguien que vaya a arreglar la tumba de su ser querido, monte en cólera y, según su talante, avise de una u otra forma para que se respete el sueño eterno de una población tan indefensa y de riesgo como son los fallecidos y fallecidas. De esta forma, en uno de los cartelitos adheridos a las tumbas, puede leerse: «A ver quién es el/la hijo/a de puta que es capaz de quitarle las flores a mi hijo otra vez, como lo coja ese no pisa más el cementerio».

Hay quien se lo toma con más calma y comprensión y echa mano de la moral cristiana, eso de te perdonaré porque no sabes lo que haces o lo de poner la otra mejilla, incluso de algo de filosofía senequista, y entonces escribe: «No me robes, ten piedad de mí, no estoy aquí porque quiero lo que a mí me robes no te lo agradeces [supongo que querrá decir agradecen] tus muertos. Cómpralo».

La última palabra parece una sentencia o tal vez una advertencia antes de cambiar el tono y pasar a asumir el del anterior mensaje que aquí se ha mentado. Y es que se trata de que volvamos al verso de Quevedo: «Polvo serán, mas polvo enamorado», en lugar de tener que decir: «polvo serán, mas polvo ultrajado». Ellos solitos se murieron pero, caramba, los estamos rematando entre todos. Y vuelvo a la canción de Mecano porque, como esto siga así, habrá que entonar: «No es serio este cementerio».


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