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Lamentable y oceánica naumaquia

Rafa Serna cortó la única oreja de un interminable espectáculo que nunca debió comenzar. El palco erró al devolver el sexto cuando aquello no iba a ningún lado

09 may 2016 / 09:12 h - Actualizado: 09 may 2016 / 09:12 h.
  • La plaza se convirtió por momentos en una piscina. LLovió con fuerza a lo largo de las tres horas que duró la novillada, que comenzó con retraso. / Inma Flores
    La plaza se convirtió por momentos en una piscina. LLovió con fuerza a lo largo de las tres horas que duró la novillada, que comenzó con retraso. / Inma Flores
  • El debutante Rafa Serna se llevó el único trofeo de la interminable función.
    El debutante Rafa Serna se llevó el único trofeo de la interminable función. Plaza de la Real Maestranza

¿Por qué se demoró la recogida de la lona más allá de las siete y media? ¿Por qué intrincada e inalcanzable razón se devolvió el sexto cuando aquello no podía ir a ninguna parte, con la noche cerrada y cayendo el enésimo diluvio? ¿Para qué salió un picador después de que el animal se negara a volver a los chiqueros y resultara imposible apuntillarlo? ¿Alguién consultó los clarísimos partes meteorológicos? Y definitivamente, ¿para qué se dió la novillada en esas condiciones? La oreja cortada por Rafa Serna gracias a la cadencia y el temple de su mano izquierda -también por la contundencia de su espada y el cariño de la parroquia- difícilmente puede hacer olvidar un espectáculo lamentable que nunca fue tal. El festejo comenzó tarde y terminó mal, con el reloj apuntando a las once de la noche y unos cuantos irreductibles manteniendo el tipo -como los últimos de Filipinas-, impasible el ademán en los tendidos chorreantes.

El caso es que la novillada, después del numerito de la lona y los tractores, había logrado burlar la meteorología en los tres primeros novillos. Pero había llovido con fuerza antes de los toros y se sabía de sobra que lo iba a hacer de nuevo a la caída de la tarde. Cuando Serna tomó la oreja se desató el cielo. Lo iba a hacer no sé cuantas veces más. ¿Qué podemos contar del resto de despropósito? Comenzaremos por el final. Después de la alucinante decisión de la presidenta Anabel Moreno pasó casi media hora antes de que el novillo titular volviera a los corrales. El número posterior ya se lo hemos contado. Serna, finalmente, se enfrentó a un alegre sobrero de Cayetano Muñoz mientras arreciaba el diluvio. La lidia se sucedió sin lucimiento mientras la plaza se vaciaba de público. Eso sí: el chaval anduvo queriendo hacer las cosas bien y hasta le robó alguna tanda notable antes de que se pusiera a la defensiva. Pero a esas alturas se le habría agradecido brevedad.

Había abierto plaza el novillero levantino Varea, que sorteó en primer lugar un ejemplar un punto desigual pero cargado de posibilidades al que enjaretó una faena larga y monocorde en la que hubo más cantidad que calidad y nula apuesta. Se esperaba mucho más de él aunque hizo un esfuerzo con el orientado cuarto, que salió con el ruedo convertido en una piscina. Varea escenificó un interminable arrimón que tampoco obtuvo rendimiento. Se queda en el limbo.

El segundo del cartel era Curro Durán, que tampoco logró levantar el inicial tono gris del festejo. Su primero fue un novillo con teclas que tocar, progresivamente rajado pero con una emotividad inicial que el novillero utrerano, algo atenazado por los nervios, no logró doblegar. Sí se peleó con sinceridad y estériles resultados con el durísimo quinto, que embistió a puñetazos, queriéndole arrancar la cabeza en cada embroque. El toro había llegado a cogerle de fea manera en un quite aunque, afortunadamente, todo quedó en las taleguillas rotas. Durán puso voluntad pero era imposible. La faena fue un combate de esgrima.


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