sábado, 17 agosto 2019
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Bajo la ley de Guerrita o el ‘efecto’ Pablo Aguado

El matador sevillano reventó la Feria en la única tarde que había contratado haciendo olvidar las cumbres que ya habían escalado otros matadores como Roca Rey y El Juli

13 may 2019 / 12:29 h - Actualizado: 14 may 2019 / 12:20 h.
  • Bajo la ley de Guerrita o el ‘efecto’ Pablo Aguado

Los milagros no son cotidianos. Pero los 10.500 afortunados que abarrotaban los tendidos y gradas de la plaza de la Maestranza el pasado 10 de mayo podrán contar a los suyos que estuvieron presentes en el día y la hora en los que el toreo se reveló como verdadero arte mayor. Pablo Aguado depuró el trazo, la expresión y hasta el halo de los lances y muletazos para cincelar una obra tan emocionante como inolvidable que ya crece con el tiempo y se instala en nuestros mejores recuerdos de aficionado. Cortó cuatro orejas; le abrieron la Puerta del Príncipe... todo eso es lo de menos. Al cuarto o quinto pase ya sabíamos que estábamos asistiendo a una auténtica revelación: la del toreo interpretado como tratado de armonía. Para qué darle más vueltas: Aguado acabó con el cuadro y reventó las costuras de la Feria sin apearse del palo más clásico. Dos toros y poco más de veinte muletazos bastaron para convertirle en figura del toreo.

El nuevo torero de Sevilla alternaba esa tarde con dos de los matadores base del ciclo, a los que dejó cavilando. Morante, que abría cartel, apretó el acelerador en el sexto y último toro que mataba en la feria dejando para el recuerdo el virtuosismo capotero y una faena plagada de detalles de torería. Eso sí: su definitiva despedida del ciclo la entonó instrumentando ese vistoso quite arqueológico –el galleo del ‘Bú’- ante el segundo ejemplar de Pablo Aguado. El diestro de La Puebla ya había levantado un auténtico monumento al toreo de capa el día de la Puerta del Príncipe de El Juli. En su segundo compromiso, con los toros de Juan Pedro Domecq, hizo un esfuerzo encomiable y dejó alguna de sus joyas capoteras...

Bajo la ley de Guerrita o el ‘efecto’ Pablo Aguado

Habíamos nombrado el ‘portazo’ de El Juli en la tarde de los ‘gracigrandes’. Es el sexto de su ya larga carrera aunque hay que matizar que se vio favorecido por un palco bizcochón que le regaló la primera oreja y concedería una insólita vuelta al ruedo al quinto de la tarde, que sí fue el mejor del envío de la familia Hernández. Julián ya había toreado con inédita clase en la tarde del Domingo de Resurrección pero dejó lo mejor para esa faena apabullante que cuajó de cabo a rabo al ‘garcigrande’. Eso sí, sorprendió verle tan espesito en esa mixta tan rentable como inevitable que dejó un extraño regusto.

No, no nos hemos olvidado de Roca Rey, aunque el peruano aún debe mascar el amargo sabor de boca de saberse casi triunfador de una feria que al final tuvo otro nombre. El joven paladín limeño había mostrado sus mejores credenciales de entrega y valor en la tarde del Domingo de Pascua pero el triunfo no llegó. Tuvo que esperar a la tarde de los ‘cuvillos’ para formar el definitivo lío por un faenón trepidante y demoledor para el que le pidieron el rabo. En ese momento pocos podían atisbar que Roca Rey acabaría siendo engullido por el efecto ‘Aguado’ en su tercera comparecencia, con los toros de Jandilla. Había puesto la plaza a hervir recibiendo al segundo de la tarde con seis largas y faroles. Después volvió a entregarse a tope; cortó una oreja pero en el siguiente toro la Feria estalló en las manos de Pablo Aguado. El quinto lo lidió mascando la derrota...

Incluimos en este primer apartado el desdibujado papel de Manzanares. Cortó una tibia oreja en Resurrección pero luego sorteó ejemplares más que potables para desempeñar otro papel en el ciclo. No hay que darle demasiadas vueltas ni poner paños calientes: está demasiado lejos de sí mismo. El idilio con el público sevillano comienza a desdibujarse sin remedio.

Gratas impresiones

Son las que han dejado un puñado de matadores que cayeron de pie en la plaza de la Maestranza. Podríamos empezar por la faena, rabiosamente clásica, que hizo ‘entrar’ a Urdiales en el corazón de la afición de Sevilla. Si seguimos por ese palo del clasicismo hay que subrayar especialmente la actuación de otro torero emergente como Emilio de Justo, al que la espada le privó de firmar un triunfo mayor con los ‘victorinos’. El cacereño enseñó su gran concepto en una jornada que sí tuvo su oreja: la cortó Ferrera, reconvertido en un torero escénico y un punto sobreactuado que dista mucho de ese intérprete armónico que enamoró a esta misma plaza en las ferias de 2014, 2015 y 2017.

No nos olvidamos de la valiosa faena de Perera, única luz nítida en la estupenda corrida de Santiago Domecq con la que Paco Ureña retornó al coso sevillano con toda dignidad. También fue positiva la impresión dejada por Álvaro Lorenzo ante las reses de la familia Fraile. Rafa Serna, por su parte, también se llevó un trofeo. Lo cortó a un ejemplar de La Palmosilla en la corrida dominical de intermedio. Medido por el mismo rasero, a Luis Bolívar debieron darle otro. Fue un festejo largo y aburrido, condicionado por la invalidez del ganado, que dejó inédito al mexicano Luis David. Y ya que andamos con el acento internacional, hay que recordar el buen papel jugado por otro peruano, Joaquín Galdós, que pinchó una meritísima faena al mejor toro de Torrestrella. Poco más hay que contar, más allá de las buenas vibraciones de Cayetano con ambiente a favor o el tibio papel que este año ha desempeñado Escribano. No se nos olvida la más que positiva impresión de Octavio Chacón, solvente y hasta brillante con una áspera miurada en la que se ha ganado la repetición. También puntuó –no suele fallar en Sevilla- el granadino Fandi con uno de los tres excepcionales ejemplares de Ricardo Gallardo, definitiva guinda ganadera de una feria en la que gustaron las corridas de Torrestrella, interesó la de Victorino, encantó la de Santiago Domecq y brilló la de Jandilla. También hubo toros sueltos –más o menos ya se lo hemos contado- en los envíos de Garcigrande, Núñez del Cuvillo o Juan Pedro Domecq.

Bajo la ley de Guerrita o el ‘efecto’ Pablo Aguado

Las decepciones

También las hubo. Y no pocas. La más evidente fue el desperdicio de un lote de Puerta del Príncipe por parte de López Simón, tercer espada de la gran corrida de Fuente Ymbro. Tampoco anduvo demasiado entonado El Cid con el estupendo encierro debutante de Santi Domecq. El papel de Ginés Marín también queda notablemente estancado. Se enfrentó al decepcionante envío de El Pilar. Ése fue también el primer compromiso de Pepe Moral, más espeso con los toros salmantinos que con el único ejemplar potable de la áspera miurada que cerró el ciclo. La espada le privó de cortar una oreja. Y hablando de ‘miuras’ hay que recordar que Castella se había anunciado con la temida divisa sin que nadie se lo pidiera. No pudo dar ni un pase. Tampoco había podido con el peor lote de Núñez del Cuvillo. Debe dejar su sitio a otros...

Pero no guardamos la manguera que aún hay que regar. Si tomamos la feria por el principio hay que anotar otras decepciones, como la extraña bipolaridad taurina de José Garrido, que es el doctor Jekyll con el capote y Mister Hyde con la muleta. Después de bordarlo con el percal, dejó escapar uno de los mejores ejemplares de Torrestrella sembrando nuevas dudas sobre su definitiva dimensión. Lo de figura en ciernes, ésa es la verdad, le viene cada vez más largo. Los toros de Álvaro Domecq también le vinieron largos a Alfonso Cadaval, que mataba la segunda corrida de su carrera.

Dejamos para el final el breve apartado ecuestre. La fiestecilla familiar que se habían montado los Hermoso de Mendoza quedaba coja desde su anuncio. Faltaba la única competencia posible: la de Diego Ventura, que hizo el mejor rejoneo de la feria en la triste y rentable mixta sin remachar con el acero definitivo. Debe volver al cartel de la especialidad. Es su espacio natural.

Algunas consideraciones finales

No debemos alargar más este resumen como tampoco se deberían demorar tanto las corridas de toros, sumidas en una parsimonia general de la que participan toreros, autoridad y hasta los alguaciles y areneros. Ese mar de pausas, añadido a los paseíllos demorados, ha convertido en tormento la estancia en los incómodos escaños maestrantes. También hay que llamar la atención sobre la nube de fotógrafos, cables y empleados de la plataforma televisiva –vestidos de cualquier manera- que ensucian el paseíllo. La Maestranza –garante de tantas cosas- debería tomar cartas en el asunto. Y felicitamos a los médicos. No tuvieron trabajo. Mejor así.


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