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Cementerio de San Fernando: del ruedo a la eternidad

El impresionante mausoleo que labró Mariano Benlliure para José Gómez ‘Gallito’ resalta sobre el sorprendente catálogo de sepulturas de algunos de los toreros más célebres entre los que se encuentran Paquirri, Belmonte, Espartero o Manolo Vázquez

31 oct 2018 / 13:50 h - Actualizado: 01 nov 2018 / 18:47 h.
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EL ESPARTERO

“Más ‘cornás’ da el hambre”. Es la frase lapidaria que resume el desprecio por la muerte de Manuel García ‘Espartero’, el torero de la Alfalfa caído en la plaza vieja de Madrid el 27 de mayo de 1894, con solo 29 años. Encontró esa muerte en las astas de un toro de Miura llamado ‘Perdigón’ acrecentando la leyenda trágica de aquellas reses que aún pastaban en el Cortijo de Cuarto, a dos pasos de la ciudad. Su mausoleo del cementerio de San Fernando es obra de la casa Aixa de Valencia y está tallado en mármol blanco. La columna rota sobre un pedestal simboliza la vida truncada en plena juventud. En el fuste que está erguido –del que también pende un capote- puede leerse la inscripción “Nacido para el arte en 1885”. Fue el año en que tomó la alternativa.

GALLITO Y BENLLIURE

Pasaron 26 años para que una nueva tragedia sacudiera hasta sus cimientos a todo el país. Fue la muerte de José Gómez Ortega, Gallito, en la plaza de Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920. El traslado de cadáver hasta Sevilla congregó a una auténtica muchedumbre que le acompañó desde la estación de Córdoba hasta su domicilio de la Alameda antes de ser conducido al cementerio de San Fernando.

Pero el mausoleo definitivo se haría esperar. Su cuñado Ignacio Sánchez Mejías convino con la familia la necesidad de honrar su muerte contando con el mejor escultor del momento, Mariano Benlliure, que logró modelar una auténtica elegía fundida en bronce en la que figuran, entre otros personajes, el propio Ignacio, el duque de Veragua o el ganadero Eduardo Miura. El encargo se realizó algunos meses después de la muerte del coloso de Gelves pero el monumental mausoleo no estuvo listo hasta 1924. Aún hubo que esperar más para que fuera llevado a Sevilla y ser expuesto en el Palacio de las Bellas Artes, construido para la inminente Exposición Iberoamericana; es el actual Museo Arqueológico. El conjunto fue colocado en su definitivo emplazamiento en 1926 sin saber que, ocho años más tarde, tendría que abrirse de nuevo para recibir los restos de Ignacio, fallecido en Madrid después del agónico traslado desde el ruedo manchego de Manzanares. El torero que inspiró el espíritu de grupo a la Generación del 27 había sido corneado por un toro de Ayala la tarde ardiente del 11 de agosto de 1934. Si Benlliure había fundido una elegía en bronce, Federico García Lorca haría las veces con su ‘Llanto’ a la muerte de su amigo Ignacio. Rafael El Gallo, cuñado de ambos, les sobrevivió ampliamente. Fue sepultado junto a ellos en 1960.

Benlliure puso el impresionismo al servicio de un tipismo absolutamente regionalista, heredado del costumbrismo romántico. La Virgen de la Macarena, portada por el retrato escultórico de la mujer del cantaor Curro el de la Jeroma, se convierte en mascarón de proa de ese conjunto coral en la que destaca el perfil marmóreo de Gallito, diferenciado de la oscuridad del bronce. Llegó a circular una leyenda urbana en torno al incencio de San Gil, en julio del 36, que situaba el escondite de la Virgen en el panteón de Joselito, que no dejó de recibir un ramito de flores muy especial en cada uno de los aniversarios de su muerte. Lo colocaba Guadalupe de Pablo-Romero, aquella damita aristocrática con la que no se pudo casar, impedido por los convencionalismos sociales de la época.

JUAN BELMONTE

Belmonte sobrevivió a su amigo y rival Joselito más de cuatro décadas. Pero el llamado Pasmo de Triana, definitivo dueño de su destino, decidió acabar con su vida prematuramente por auténtico pánico a la enfermedad. La hipocondría de Belmonte fue la auténtica causa que desató el trágico final de aquel torero que, con Gallito, cambió para siempre los fines del propio arte de torear en los años fundamentales de la llamada ‘Edad de Oro’ del toreo. El matador trianero se disparó en la sien en su cortijo utrerano de Gómez Cardeña. Era el 8 de abril, a pocos días de la Semana Santa de 1962 y con el cardenal Segura pastoreando la archidiócesis sevillana.

Segura hizo firmar a los familiares una declaración jurada de muerte natural para franquearle el suelo sagrado que aún estaba vedado a los suicidas. El traslado de su cadáver al cementerio de San Fernando constituyó una impresionante manifestación de duelo popular mientras, en voz baja, se hablaba de las verdaderas causas de la muerte. El mausoleo del cementerio de San Fernando –de líneas sobrias y geométricas- aún tuvo que esperar algunos años. El escultor fue José Luis Sánchez Fernández que contó con la colaboración del arquitecto Antonio Delgado Roig. Fue terminado en 1969.

MANOLO GONZÁLEZ

La muerte de Manolo González, aquel grandioso artista de la calle Sol, es más reciente. Su vida taurina fue corta pero su trascendencia aún perdura. Manolo González, casado con la aristócrata Socorro Sánchez-Dalp falleció el 25 de diciembre de 1987. Era un apoderado de éxito, prestigioso ganadero y pionero del boom inmobiliario de la Costa del Sol. También fue enterrado en el cementerio de San Fernando en un enigmático mausoleo en el que no faltan figuras alegóricas y dos frisos escultóricos con sus seres queridos, obra del escultor Miguel García. El proyecto es obra de los arquitectos Antonio Julio Herrero y Rafael Casado. Lo que más llama la atención es la escultura de un niño que sostiene un estoque. Su funda, unas zapatillas de torero y un capote de brega fundidos en bronce reposan en un extremo. Especialmente curioso es el bajorrelieve del propio matador, recostado en un sofá, con el torso desnudo y cubierto por una toalla mientras fuma en compañía de su perro. En los lados.

PAQUIRRI

La muerte de Paquirri, corneado por el toro ‘Avispado’ de la ganadería de Sayalero y Bandrés el 26 de septiembre de 1984, causó una auténtica consternación en la sociedad del momento. Aún quedaban lejos estos tiempos del vale todo en el que la muerte de los lidiadores es saludada con gravísimos insultos de los que se tienen por defensores de los animales. Aquella brava agonía grabada por la cámara de Antonio Salmoral en la precaria enfermería de Pozoblanco sacudió todos los hogares. Después llegaría la agonía en la ambulancia por aquellas endiabladas carreteras del momento y la certificación de su muerte en el viejo Hospital Militar, a la entrada de Córdoba. Su cadáver fue trasladado a Sevilla antes de ser velado en el domilicio familiar de Carrero Blanco. El mausoleo vendría después, encargado por Isabel Pantoja, que contó con el escultor Víctor Ochoa para fundir en bronce un desplante inconfundible del grandioso torero de Zahara de los Atunes.

MANOLO VÁZQUEZ

Pero Paquirri no ha sido el último torero en ser sepultado en el cementerio de San Fernando. Una de las últimas figuras en hacerlo ha sido Manolo Vázquez, fallecido el 14 de agosto de 2005. Su sepultura no prescinde de la parafernalia taurina, presente en el capote de bronce o el propio busto del matador vestido de luces que, en su parte trasera, retrata al diestro de San Bernardo citando a un toro en su pose más genuina: de frente y al natural en la plaza de la Maestranza, en la que se retiró triunfalmente el 12 de octubre de 1983. La obra escultórica del panteón de Manolo Vázquez es del escultor Paco Parra.

FUERA DE SAN FERNANDO

El Cristo de la Salud de la hermandad de San Bernardo vela el último sueño de Curro Cúchares, aquel torero que prestó su nombre al arte de torear y murió lejos de la Giralda. La enfermedad del vómito negro -la fiebre amarilla- lo despachó para el otro mundo en La Habana. Corría 1868, el nefasto año de aquella revolución mal llamada Gloriosa que supuso un auténtico zarpazo patrimonial para la ciudad. Los restos del mítico torero sevillano no pudieron ser trasladados a su ciudad natal hasta 1885. Desde entonces reposan a los pies de los sucesivos crucificados de la Salud en la parroquia de San Bernardo. Tras la mesa de altar, por un hueco practicable, se puede llegar hasta la lápida del legendario matador. Una inscripción escrita a mano reza que “dichoso aquel que fuera llorado sin dejar en la tierra un enemigo”. Parece escrita para Pepe Luis Vázquez que aún espera para unirse a él en la eternidad


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