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Yo soy taurino

Consejero del ‘mundo del toro’

Ramírez de Arellano siguió muchos años a Curro y ahora viaja para ver a Manuel Escribano

14 dic 2017 / 08:00 h - Actualizado: 14 dic 2017 / 09:12 h.
  • El consejero andaluz Antonio Ramírez de Arellano saluda montera en mano a su admirado Curro Romero. / Antonio Delgado-Roig
    El consejero andaluz Antonio Ramírez de Arellano saluda montera en mano a su admirado Curro Romero. / Antonio Delgado-Roig

Antonio Ramírez de Arellano lcono tiene muy claro: «Me gustaría ser consejero del Mundo del Toro». Así, de frente y por derecho. El actual consejero de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía lleva tres décadas recorriendo España y Francia siguiendo a sus toreros y ganaderías favoritas, una afición que comenzó en su casa cuando era niño pero que él ha ido cultivando y aumentando con el paso de los años.

Desde muy pequeño su abuelo le contaba que él iba de pequeño a la plaza madrileña de Las Ventas, y Antonio echa cuentas (es catedrático de Física de la Materia Condensada y licenciado en Economía) y rápidamente concluye de forma sevillano taurina que su abuelo entonces tuvo que ver a Pepe Luis.

La semilla taurina de Ramírez de Arellano la sembraron en Plasencia. Cuando tenía 13 años le llevaron por primera vez a una plaza y el veneno del toro ya se metió definitivamente en su sangre. No olvida que ese día se acartelaba Santiago Martín El Viti, cuya majestuosidad delante de los animales todavía le conmueve, y al que ha tenido la fortuna de conocer personalmente a través del torero del que se declara más ferviente seguidor: Curro Romero.

Al Faraón comenzó a seguirlo cuando a mediados del decenio de 1980 ya había terminado la carrera y con sus primeros trabajos comenzaba a ganar algo de dinerillo para poder ir a las corridas. Eran tiempos de gradas de sol, de tardes de abanico y de poca visibilidad en la plaza. Detrás del reloj de la Real Maestranza era también un buen sitio para ver los toros. El caso era estar ahí y no en casa. Antonio iba normalmente con los que considera su pandilla, los hermanos Miguel y Adolfo Cuéllar. Con los dos letrados, con quienes comparte también pasión y devoción por el Real Betis, recuerda los viajes que de jóvenes hicieron siguiendo a sus toreros, las tardes en las gradas maestrantes y los encierros de San Fermín que corrieron algún año, aunque en alguno de ellos tuviera que tirarse a la talanquera para salvar el pellejo y no protagonizar ninguna noticia en los periódicos.

De su admirado Curro, devoción que también le llegó por los hermanos Cuéllar, no olvida las faenas a Flautín y Soneto, y cómo un norteamericano le dijo en Chicago que había estado en los toros y aunque no recordaba el nombre del torero no olvidaba uno de los pases que había pegado. Le enseñó la foto que conservaba y la cosa no podía ser de otra forma. Era un kikirikí de Curro. Antonio recuerda el día que acompañó al Faraón a una corrida en Las Ventas y cómo la legión de seguidores, mayores y niños, casi no le dejaba andar por los alrededores de la plaza. Las siete puertas grandes del genio de Camas siguen presentes en la afición y corren de boca en boca de padres a hijos.

Aunque le gustan los toreros de arte, el consejero andaluz también se decanta por las ganaderías que se suelen denominar duras, y no pierde la oportunidad de ver corridas de encaste Victorino, Santa Coloma, Miura, etc. Por ende, se ha hecho también muy partidario de los toreros que lidian este tipo de encierros y desde hace unos años guarda muy buena relación y amistad con Manuel Escribano, un matador del que le gusta su profundidad y su entrega. Le encandiló con su famosa faena al Miura de nombre Datilero y un día le preguntó si no lo pasó mal los días previos a estoquear la corrida. «Cuando lo pasaba mal era cuando no me contrataba nadie», le respondió el bravo diestro de Gerena.

Conocer y tratar a los toreros durante su época como rector de la Universidad de Sevilla le hizo cambiar su visión de la fiesta, aunque no llega a entender cómo una persona cabal se pone delante de este animal. Y después de tantos años como aficionado asegura que ha llegado al «desconocimiento consciente». Es decir, sabe que no sabe de toros. Empero, sí tiene claro qué haría si algún tuviera el cargo de sus sueños. Como consejero del Mundo del Toro apuesta por un modelo de negocio global, saber qué quiere la Fiesta y, fundamentalmente, fomentar la afición. Mucho peor que la existencia de antitaurinos, sería que no hubiera taurinos.


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