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Toros

El Cid: veinte años después

El diestro de Salteras repasó su trayectoria en los ruedos en la segunda sesión de las XVIII ‘Lecciones Magistrales’ organizadas por Aula Taurina en el Salón de Carteles de la plaza de la Maestranza

20 feb 2019 / 10:56 h - Actualizado: 20 feb 2019 / 11:23 h.
  • Manuel Jesús Cid durante las ‘Lecciones magistrales’. / El Correo
    Manuel Jesús Cid durante las ‘Lecciones magistrales’. / El Correo

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Dos décadas pueden ser poco. Pero lo son todo en la vida de un torero. Así lo demostró este martes Manuel Jesús Cid, El Cid de los carteles, dando un completo repaso a su historia taurina y su propia intimidad personal en la segunda sesión de las ‘Lecciones Magistrales’ que organiza la asociación Aula Taurina para calentar la pretemporada. El torero de Salteras cumple en 2019 su vigésimo aniversario como matador de toros. Ha sido el año elegido para decir adiós a una profesión que le ha dado todo y a la que él mismo ha entregado los mejores años de su vida. La charla, conducida y presentada por el veterano informador taurino Carlos Crivell, se acercó a sus inquietudes, sus recuerdos, sus éxitos... Fueron casi dos horas hablando de toros que se quedaron cortas.

Crivell supo pivotar la trayectoria profesional de Manuel en torno a dos hitos fundamentales que marcan el comienzo y el final de su lustro prodigioso. Hay que recordar que El Cid cimentó su condición de figura en torno a dos cumbres que pusieron lindes a un lustro prodigioso en el que nadie le regaló nada: los postes que limitaron aquellos cinco años que le mantuvieron en la primera línea de la guerra del toreo fueron el rabo cortado en Bayona en 2002 a un toro de Victorino Martín y la encerrona bilbaína de 2007, antología definitiva de la recia y clásica tauromaquia del matador sevillano.

Antes, mucho antes, fue la dura forja por los pueblos de la Meseta junto a tantos y tantos chicos que dejaron los mejores años de su vida en el empeño sin salir de aquel valle de terrores. Y El Cid ya era un muchacho curtido al que algunos hacían demasiado talludo para poder abrirse paso en una profesión que se aprende mejor sin espolones. Su hermano mayor, El Paye, había intentado antes la aventura del toreo sin éxito pero la determinación de Manuel era tan firme como duro el camino que se abría delante de ese trozo del Aljarafe que había servido de pasto a las vacas de la lechería familiar.

Él mismo había destripado con su tractor aquella tierra hermosa, cuna de tantos toreros, sabiendo -ésa fue la primera lección que aprendió en la vida- que no hay que esperar que nadie te regale nada. El aspirante a torero creía en sí mismo y muy pronto supo que los talentos había que ir a buscarlos lejos de Salteras, más allá de Despeñaperros. Manuel dejó a los suyos y lió el petate camino de Madrid para vivir en torero. “Yo tenía algo que no tenía mi hermano: afición”, advirtió el torero en la sesión celebrada este martes en el Salón de Carteles de la plaza de la Maestranza. Sabía que sólo encontraría el rumbo definitivo curtiéndose de oficio y miedo en los ruedos del cinturón de la capital, entrenando en la Casa de Campo, espiando la gloria desde los tendidos de granito de la plaza de Las Ventas, un ruedo que también se iba a revelar fundamental en su carrera.

Estaba empezando a ser yunque para aprender a ser martillo. La alternativa, en Las Ventas, fue el colofón a ese largo tramo de forja que le sirvió para no alejarse de la cara del toro. Podía haberse doctorado antes pero la dura escuela de los pueblos castellanos le sirvió más: en la lidia de las reses bravas y en la propia vida. Aún había que escalar muchas cumbres pero estaba preparado para ello. Pechó con todo lo que le echaron y los profesionales pronto supieron que había torero. En Bayona, al estrenarse el mes de septiembre del año 2002, le esperaba un encuentro que cambiaría todo y le colocaría en el disparadero al cortar un rabo a un excelente ejemplar de la ganadería de su vida. Los toros de Victorino Martín se iban a convertir en sus mejores compañeros de baile y en la plataforma de sus triunfos más resonantes.

Consolidado en la primera fila, El Cid consigue cuajar definitivamente en figura en 2005, una temporada que gravita en torno a las Puertas del Príncipe conseguidas el Domingo de Resurrección y en una tarde abrileña en la que, una vez más, encontró la mejor pareja de bailes en los toros de Victorino Martín. Fueron las mismas reses que le iban a permitir subirse a la cima en la temporada posterior en una encerrona en solitario -no había podido ser el año anterior por una inoportuna lesión en el codo- que culminó abriendo por tercera vez esa puerta que se mira en el Guadalquivir. En 2007 llega la definitiva reválida, vis a vis con un fiero ‘victorino’ llamado Borgoñés que se llevó todos los premios de la Feria y enseñó la quintaesencia de El Cid, el torero que mejor ha toreado a los antiguos albaserradas. Aún había que escalar una última cumbre y viajar de Salteras a Bilbao. Era la tarde de su vida y el torero sevillano afrontaba la prueba definitiva, una encerrona trascendental –proyectada y comentada por el propio torero durante la sesión- con la ganadería que le había dado casi todo. El Cid marcó un techo alto, muy alto, que –posiblemente- no volvió a alcanzar.


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