miércoles, 17 octubre 2018
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Toros

Esperanza de San Gil: la que todo lo puede...

El juego del ganado empañó en parte el resultado artístico de un festejo montado con mimo y atención a los detalles que, más allá de las orejas cortadas, empezó y terminó siendo un auténtico acontecimiento para los anales de la ciudad

12 oct 2018 / 21:31 h - Actualizado: 12 oct 2018 / 21:58 h.
  • Foto: Arjona / Toromedia
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La hermandad de la Macarena ha vuelto a colocarse a la vanguardia. Ya lo hizo en la Edad de Plata convirtiéndose en musa de literatos, músicos, bordadores, toreros... Pero la imprescindible cofradía sevillana lo ha vuelto a hacer en estos tiempos que se viven tan a contrapelo abanderando este festival que ha marcado tantos caminos a seguir. La corporación de San Gil ha montado este gran acontecimiento –que ya figura en los anales de la ciudad- mirando a su mejor pasado, buceando en su rica historia para hacer un guiño al tiempo que se fue y un saludo al que está por venir. Ya lo dijo su hermano mayor: a la hermandad no le ha temblado el pulso a la hora de contar con el mundo del toro, el más solidario que existe, para poner en pie un festejo destinado a recabar fondos para sus obras sociales y asistenciales.

El éxito, favorecido por ese excelente catalizador llamado Eduardo Dávila Miura, estaba asegurado de antemano. El cartel de ‘no hay billetes’ ya era una garantía del trabajo bien hecho que, además, se alió a una meteorología casi veraniega. El pasacalles de la Centuria, el despeje de la banda de Tejera –deliciosa la Marcha Real en el mismísimo ruedo de la plaza el día de la Fiesta Nacional de España- o el exorno del coso maestrante terminaban de crear una atmósfera inmejorable.

Pero faltaba que saliera el toro, que no siempre se alió a los buenos propósitos de los matadores aunque, ojo, se vio torear mucho y bien. Rompía plaza Pepe Luis Vázquez, amparando un nuevo paso profesional de su sobrino Manuel. El veteranísimo diestro de San Bernardo sorteó un ejemplar de Núñez del Cuvillo con el que, ésa es la verdad, no terminó de encontrarse a gusto. El bicho había pegado una paliza a sus banderilleros y Pepe Luis, que enseñó su calidad en algún fogonazo aislado, tampoco se complicó la vida. Mucho más cantada y celebrada fue la labor de Francisco Rivera, entregado y animoso con un potable ejemplar de Jandilla al que templó con el capote, banderilleó con exposición y cuajó con la pañosa antes de emborronarlo todo con el acero.

El tercero de la tarde, marcado con el hierro de Daniel Ruiz, permitió que Dávila Miura –que se marcó una larga en el tercio- sacara la mejor de sí mismo en una faena variada, maciza y siempre sincera que apuró la calidad de su enemigo, al que Morante ya le había enjaretado dos y media de las suyas. Eduardo, que posiblemente estaba matando el último toro de su vida en Sevilla, llegó a relajarse y sentirse. Era el mejor premio para su entrega desinteresada a la Esperanza y sus obras. Las dos orejas y la vuelta al ruedo le debieron saber a gloria. En su cuerpo se lo lleva. Enhorabuena, matador.

Morante, ay, no pudo enfrentarse al ‘miura’ que había escogido en Zahariche. Sus escasas fuerzas forzaron su devolución y sustitución por un ejemplar de Torrestrella que no fue ni fu mi fa. Morante, que se ha cortado la melena y se vistió de torero regionalista, se esforzó a tope, dejando pasajes de auténtica calidad que se vivieron como sorbitos de champán. Fue una faena de orfebre, saludada por ese himno crepuscular que se llama ‘Suspiros de España’ y que duró lo que dejó el funo. Otra vez será.

Era el turno de Manzanares, que sorteó un ejemplar de Garcigrande que fue –a la postre- el más completo del variado combo ganadero. Chocolate le colocó un puyazo de libro y el alicantino cuajó series y muletazos de excepcional hondura en una faena que se partió por dos inoportunos desarmes. No importó. Josemari arregló cualquier bajón argumental recetando un estoconazo en la suerte de recibir recibir que puso en sus manos una oreja.

Aún quedaba Roca Rey, que se pegó el arrimón más impresionante –con o sin puntas- que se ha visto en una plaza de toros. El joven paladín peruano se metió al personal en el bolsillo gracias a esa entrega que reviste de calidad. No tuvo enemigo, un toro de Algarra que se había agotado al quinto muletazo, pero ahí queda su vocación de mando. El séptimo, de Juan Pedro Domecq, tampoco fue el material más propicio para saludar la presentación sevillana del último Manolo Vázquez, que brindó al novillo a la memoria de su abuelo. Quedaron las ganas, los detalles, lo que se hereda y no se aprende... Tendremos tiempo de verlo más y mejor.

La ficha

PLAZA DE LA REAL MAESTRANZA

Ganado: Se lidiaron, por este orden, siete reses –entre toros y novillos- de los hierros de Núñez del Cuvillo, Jandilla, Daniel Ruiz, Torrestrella, Garcigrande, Luis Algarra Polera y Juan Pedro Domecq. El anunciado novillo de Miura, que tenía que haber estoqueado Morante, fue devuelto por inválido. Los más potables del combo ganadero fueron los de Jandilla, Daniel Ruiz y, especialmente, el excelente ejemplar de Garcigrande.

Actuantes: Pepe Luis Vázquez, ovación
Rivera Ordóñez ‘Paquirri’, ovación
Eduardo Dávila Miura, dos orejas
Morante de la Puebla, ovación
José María Manzanares, oreja
Andrés Roca Rey, oreja
El novillero Manolo Vázquez, ovación

Incidencias: Se colgó el ‘no hay billetes’ en la taquilla. La banda de Tejera cumplió su 80 aniversario en la plaza de la Maestranza tocando una selección de marchas y pasodobles en el despeje de la plaza. El banderillero Alfredo Cavillas fue atendido en la enfermería de la plaza de “contusión en la fosa renal” de pronóstico “menos grave” según el parte firmado por el doctor Octavio Mulet


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