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Yo soy taurino

La alegría de la fiesta

Más torerista que torista, desde niña acompañaba a su padre a los toros y le maravilló el ambiente de la Real Maestranza

10 may 2018 / 08:00 h - Actualizado: 09 may 2018 / 18:55 h.
  • Consuelo Barroso, en uno de los patios de la Venta La Romera, en la localidad sevillana de Osuna. / Antonio Delgado-Roig
    Consuelo Barroso, en uno de los patios de la Venta La Romera, en la localidad sevillana de Osuna. / Antonio Delgado-Roig

A Consuelo le cuesta entender que alguien nacido en Sevilla no sea, al menos, algo taurino. Ella, vitalista y alegre por naturaleza, comenzó a aficionarse a la fiesta de los toros cuando de niña acompañaba a su padre a la plaza y se quedaba maravillada con un espectáculo que conjugaba en una medida perfecta la luz, el color, el valor, la plasticidad del torero, los trajes de torear, la imponente figura del toro bravo, la banda de música del maestro Tejera, la singular arquitectura de la Real Maestranza, el brillo del piso plaza, las tablas pintadas, etc. En definitiva, una conjunción perfecta a la que quedó unida sentimentalmente desde que formó parte de ese espectáculo por primera vez.

El padre de Consuelo, el arquitecto Enrique Barroso, también ha sido culpable directo de que su hija saliera tan aficionada. Las visitas a la plaza de toros se incrementaron considerablemente cuando su progenitor fue socio del aparejador Ramón Valencia, hoy día máximo responsable de la empresa Pagés. También, por vía paterna recibió como legado la afición por el caballo. Con su padre, gran aficionado al acoso y derribo, ha tenido la oportunidad de asistir a numerosos tentaderos de machos donde, en la inmensidad del campo, se comprueba la bravura de los animales para decidir si se han ganado el honor de convertirse en sementales.


Consuelo Barroso, de grana y oro. / A. Delgado-Roig

La cantante y médico –en el orden que prefieran– se define más torerista que torista, y se decanta por ese tipo de ganaderías que dejan al torero expresar su arte y su forma de entender la tauromaquia frente a aquellas que obligan a que el torero se parezca más a un gladiador que debe doblegar a su enemigo sin poder componer la figura y sin poder pegar ni un solo muletazo por abajo. En definitiva, Consuelo siempre prefiere un ole en lugar de un uy.

Hablando de oles, no olvida Consuelo la tarde del 17 de abril de 1999. Una fecha que para la gran mayoría de los mortales pasa completamente desapercibida pero que muchos taurinos tienen grabada a fuego en el alma. Aquel día el maestro y hoy leyenda Curro Romero cortó las dos orejas a un toro de Juan Pedro que a la postre fueron sus dos últimos trofeos en la plaza de Sevilla. Entonces, y sólo entonces, Consuelo entendió por qué el Faraón es el Faraón y por qué tenía siempre detrás una legión de seguidores que le esperaba tarde tras tarde aunque las cosas no hubieran salido del todo bien. Emotiva también fue la despedida del maestro Manzanares, ese alicantino que encontraba la inspiración junto al Guadalquivir y que inesperadamente ordenó a su hijo que le cortara la coleta una tarde de mayo de 2006.

Hasta la fecha, la despedida del alicantino ha sido hasta la fecha la única tarde en la que esta mujer, que lleva por bandera estar alegre allá por donde vaya y a la que le cuesta un mundo posar sin sonreír a la cámara, haya llorado en una plaza de toros. Por cosas así uno se pregunta tantas veces: ¿qué tendrá el toreo?


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