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«La Maestranza es un marco inmejorable para mi toreo»

Ruiz Muñoz ha vuelto. El novillero chiclanero afronta una nueva etapa de la mano de José Luis Peralta. Con unas maneras extraordinarias para interpretar el toreo y la seguridad de quien sabe que tiene el boleto para cambiarlo por el éxito, se prepara a fondo para encarar esta nueva temporada

Miguel Aranguren @miguelarangurn /
04 feb 2019 / 15:34 h - Actualizado: 04 feb 2019 / 15:38 h.
  • «La Maestranza es un marco inmejorable para mi toreo»

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Tiene un físico espigado, la piel morena y el porte de un torerillo de Zuloaga que desde el lienzo, con los brazos en jarras y las manos prendidas a la cintura, espera la llamada del mozo de espadas (Es la hora...) para bajar desde la habitación del hotel al automóvil que le conducirá a la plaza. En ese retrato a cuerpo entero lo imagino vestido de verde botella y oro, los bordados de la taleguilla y las mangas cuajados de dibujos clásicos, las zapatillas lustradas y la mirada tranquila de quien se guarda los miedos para vencerlos ante la cara del toro. Le bautizaron José, pero los cercanos lo llaman Pepe. Ruiz Muñoz en los carteles.

-Has crecido bajo la sombra del mito. Me refiero a tu tío abuelo, Curro Romero, a pesar de que, por tu edad, no hayas tenido la suerte de verlo torear en vivo. ¿Podrías explicarnos qué es el “tarro de las esencias”, esa chispa de los elegidos? Porque muchos aficionados aseguran que tú también lo llevas en el esportón.

Lo del “tarro” es difícil de explicar... Equivale a la inspiración que, de pronto, te llega para llenar los tendidos con el perfume del toreo. Pero uno no siempre tiene la facilidad, la habilidad o el sentimiento para expresar lo que lleva dentro. Para abrirlo necesitamos que se unan muchas variables, especialmente el toro. De ahí que no siempre se pueda destapar ese precioso “tarro”.

Ruiz Muñoz ha oído hablar, desde que era muy pequeño, de los sinsabores del toreo: del fracaso, el olvido, las cornadas... Pero también del éxito. Mientras me escucha busca su cajetilla de tabaco, coge un pitillo y lo enciende con cierta timidez.

-¿Cómo nació y se forjó tu afición?

Recuerdo la llamada del toreo desde que tengo uso de razón. Me crié en una casa en la que se hablaba de toros. Además, mis padres tenían vídeos de grandes figuras como mi tío Curro o Antoñete, que terminé por saberme de memoria (cada cite, cada pase, cada movimiento). Con ellos alimenté mi afición. Pero fue a los doce años, más o menos, cuando fui a ver a un compañero de la escuela taurina de Chiclana (se llama Francisco Montero), que actuaba en una novillada en la que, además, estuvo sensacional. Su triunfo fue el aliciente que necesitaba para dar el siguiente paso, que me llevó a inscribirme en esa misma escuela.

No da caladas largas. Podría decirse que aplica el temple incluso cuando fuma. De hecho, sus gestos son pausados y en ningún momento ofrece la sensación de que sea un hombre agobiado por las prisas.

«La Maestranza es un marco inmejorable para mi toreo»

-Tus padres son profesores; imparten Lengua y la Literatura en diferentes colegios. Por tanto, en tu casa se ha leído, se ha cuidado el gusto por saber y educar. ¿De qué manera te han influido ellos a la hora de entender el toreo?

José contesta sin pensárselo:

Mis padres me han ayudado siempre para que pudiera compaginar los toros con una buena formación personal y académica. Estoy muy agradecido a ellos porque me han inculcado con naturalidad, en las cosas pequeñas de todos los días, muchos principios que me están ayudando en mi corta carrera, sobre todo a la hora de afrontar los retos más difíciles, que son muchos tanto en lo personal como en lo profesional.

-¿Cómo reaccionaron cuando les dijiste que querías ser torero?

Era algo que venían intuyendo. Desde pequeño me habían visto jugar al toro. Después se dieron cuenta de que iba alimentando mi afición. Por eso, el día que se lo planteé me dieron su apoyo. Mi padre es mi primer seguidor. Me acompaña a la plaza y al campo siempre que puede. Mi madre, pobrecita, lo padece en casa.

Aunque tiene rasgos de niño, bajo el párpado del ojo izquierdo se le puede apreciar la cicatriz de un percance; un novillo a punto estuvo de arrancárselo.

-Entonces, ¿te dieron libertad para elegir tu camino?

Sí, por supuesto, aunque cuando llegaron los momentos difíciles intentaran que emprendiera otros, pero siempre respetando mi voluntad, lo que me demuestra todo su cariño.

-¿Recuerdas la primera corrida de toros a la que asististe? ¿Qué sensaciones te dejó?

¡Claro! –Ruiz Muñoz da un respingo, deja el cigarrillo en el cenicero y dibuja una sonrisa–. Fue la reaparición de Emilio Oliva (hijo), en Chiclana de la Frontera. Pude sentarme cerca del callejón, lo que me permitió percibir la respiración de los toros, el bufido cuando pasaban en el capote, el olor que traían desde el corral... Aquellos detalles me encogían el corazón, para ponérmelo a mil revoluciones. También recuerdo de esa tarde una voltereta muy seria que se llevó Alejandro Morilla, que se sobrepuso de una manera heroica. Y la manera tan natural y pura con la que el maestro Oliva hacía el toreo.

Los ojos del novillero son oscuros, como su cabello, que ahora luce ensortijado. Podría pasar por gitano, al juzgar por su piel de fragua. Tiene finura en sus movimientos y quienes le conocen aseguran que no le gusta que le den coba, que huye de los conciliábulos taurinos, que observa y escucha más que habla, y que por eso es un tipo prudente.

-Has nacido y te has criado junto al mar, pero también cerca de las marismas y las dehesas donde se cría el toro bravo. Me vienen a la cabeza muchos matadores que también traían aires de sal, como Paquirri, Galloso, la saga de los Litri... ¿Cómo es tu relación con el Atlántico?

El mar es una de mis pasiones. Me encanta navegar, sentarme en la popa y disfrutar del horizonte , pescar, pasear por la orilla... El Atlántico me ha ayudado a recuperarme en las horas bajas. En él me refugio de cuando en cuando. Me ayuda a desaparecer del mundo. De las mareas, del ritmo de las olas, he aprendido lo importante que son la sobriedad (la belleza del mar no necesita adornos) y la paciencia, imprescindibles para que un torero afronte sus retos.

-¿Y con el campo?

Es otro entorno muy especial para mí, aunque no he tenido la suerte de vivirlo tan de cerca como el mar. Pero desde que estoy en la profesión lo he descubierto y lo disfruto. Siempre que puedo me escapo al campo a caminar. Y si es posible, entre toros. La naturaleza me ayuda a pensar, a considerar muchas cosas, a encontrarme.

Tras una primera etapa en la que la gente del toro le trató con los detalles y cuidados que merecía la única posibilidad de ver prolongada la estela del Faraón de Camas, a Ruiz Muñoz no le quedó otro remedio que sacarse las castañas del fuego. Si antes le invitaban a los tentaderos (recibía a las vacas, las ponía al caballo, las exprimía en su muleta...) y se sentaba a la mesa del ganadero para recibir elogios, ahora, con tal de dar unos pases se ha visto obligado a hacer muchos kilómetros a pie, en autobús, haciendo autostop... como los viejos maletillas, con el capote y la muleta a la espalda, sin la compañía de un mozo de espadas ni la promesa de recibir un trato especial. Ha hecho de tapia, conformándose con dar un puñadito de muletazos después del torero invitado de la casa, cuando las becerras ya están cansadas. Pese a su estirpe, no le ha quedado otro remedio que esperar turno junto a otros chavales que también quieren torear.

-¿Duelen estos cambios? ¿Qué has aprendido de ellos?

Son duros. Sobre todo cuando no se tiene la posibilidad de pegar ese puñadito de muletazos. Pero he tenido la suerte de que en esa aventura me acompañen muy buenos amigos que también están en camino. Lo peor es no torear, no poder hacer ni siquiera de tapia. Así que sólo puedo dar gracias a Dios por lo vivido. El sufrimiento me ha enseñado a replantear mis aspiraciones más íntimas, reafirmarme en lo que quiero ser.

-¿Y en qué punto te encuentras?

Se dice que lo más bonito de una carrera siempre son los inicios. Pues, bien, en mi caso he vuelto a empezar. Pero soy un hombre y un novillero distinto: ahora me preocupo más del día a día, de sentir, vivir, aprender, indagar y evolucionar.

-¿Cómo fue tu primera experiencia con un animal bravo?

Tenía catorce años y estaba de tapia en la ganadería de Torrestrella. Tentaba, de invitado, el maestro Sebastián Castella. Tuve la fortuna de que me dejaran darle dos tandas a una utrera. Salí de allí con las emociones a flor de piel. No por lo acontecido en el ruedo sino por lo que había significado para mí el primer encuentro con un animal bravo.

Ruiz Muñoz no alardea de sus raíces. Si no le preguntas, no habla de Curro Romero, al que nombra con un respeto reverencial. Le digo que su tío comparaba el toreo con la caricia. Que para expresarse con esa suavidad necesitaba un animal concreto, bravo, que obedeciera a los toques y viajara con ritmo. Por eso no perdía el tiempo, como solía decir, con aquellos toros que carecían de esas características, aunque acrecentara su fama de torero miedoso. ¿Miedoso?... Una vez pasado el tiempo todo el mundo pondera el valor de Curro, porque sin valor hubiese sido imposible que toreara de luces hasta los sesenta y seis años.

-Y tú, ¿has sentido el miedo?

Claro que sí.

Se forma un denso silencio.

-¿Qué es el miedo?

Una emoción que convive con nosotros, los toreros, durante toda la vida. La clave está en saberlo superar. Para ello, me apoyo en la fe. El miedo, a mi parecer, es la incertidumbre ante lo malo que pueda sucederte. Es la inquietud de no poder controlar delante del toro todo lo que uno quiere.

-¿Podrías explicarnos qué es un toro bravo? ¿Cuál es el tipo de toro que necesita Ruiz Muñoz?

Una de las cosas que más me gustan del toro bravo es la variedad de su comportamiento. La bravura tiene muchas manifestaciones. Es decir, no hay dos toros bravos que embistan igual, aunque los toros bravos salgan en todos los encastes. En todo caso, ahora a Ruiz Muñoz le gusta cualquier toro que salga por la puerta de chiqueros. No obstante, de poder elegir me quedo con aquel animal que tenga la bravura suficiente para perseguir los vuelos de los engaños, con la humillación necesaria para pegarle muletazos lo más templados y largos posibles, enroscados alrededor de la cintura. Ese toro ideal debe demostrar una mayor entrega conforme vaya pasando la lidia.

-Los toreros de estirpe tenéis el riesgo de vivir bajo una perenne comparación con las figuras que os precedieron. En tu caso, el vínculo con Curro Romero, dado el carácter irrepetible del camero, puede llegar a ser muy pesado de llevar, sobre todo al considerar que el público espera descubrir en ti la sombra del Faraón. ¿Te gustaría que se hablara de ti como Ruiz Muñoz, sin referencias al pasado?

Ser sobrino de Curro lo llevo con mucho orgullo. Es un torero de leyenda que me ha dado muy buenos consejos. Bien es verdad que en el comienzo de mi carrera me supuso mucha responsabilidad esta vinculación, pero ahora comprendo que el torero siempre está solo, sin lazos, ni siquiera familiares, cara a cara con el toro. Pero sólo puedo dar gracias por la suerte que he tenido al poder beber y alimentarme de su fuente, que es la pureza y la hondura de un toreo inmortal.

Cuando torea de salón, Ruiz Muñoz se imagina en el ruedo de la Maestranza de Sevilla. En cada uno de sus pases escucha ese ¡Bieeeeeeennnn...! largo que entonan miles de aficionados que vibran con el toreo caro. Muchas veces cruza el puente de Triana y se acerca a ver el arco de su puerta del Príncipe.

-En la plaza de Sevilla has vivido emociones muy especiales. ¿Qué significa hacer el paseíllo en ese ruedo?

La Maestranza es un marco inmejorable para mi toreo. Es la plaza en la que todos los toreros queremos torear y triunfar. Además, su afición es entendida y sensible a la vez. Es un verdadero lujo pisar ese albero. Me une un vínculo especial con la plaza y con la ciudad: en Sevilla se respira el arte por todos sus rincones.

-¿ Y Las Ventas?

Madrid es la plaza que te lo da o te lo quita, la afición más exigente y, a la vez, más entregada a los toreros. Lucho todos los días con la cabeza puesta en conquistar a la afición de Madrid.

Hay una plaza del norte que fue testigo de uno de sus éxitos más importantes. Fue una tarde especial al comienzo de su carrera, en la que Ruiz Muñoz toreó con la yema de los dedos.

-¿Qué recuerdas de Santander?

Santander celebra una feria de categoría. Es una plaza a la que le tengo mucho cariño, pues tuve la suerte de encontrarme con un novillo muy bravo de Juan Pedro Domecq que permitió expresarme. Además, aquella novillada la televisó Canal Plus, lo que me abrió hueco en muchos carteles.

-¿Y Francia?

En las actuaciones en el país vecino me he encontrado con una afición que demuestra el máximo respeto hacia el toro y los toreros. Allí saben hacer las cosas muy bien, desde la confección de los carteles hasta el silencio absoluto ante lo que acontece en el ruedo. Estoy deseando volver a esas plazas.

-Quisiera saber si hemos visto a Ruiz Muñoz en toda su plenitud.

No todas las tardes se juntan los factores necesarios para mostrar mi plenitud como torero. No obstante, ha habido tardes en las que he logrado mostrar mi concepto y en las que he recibido el calor del público. Me vienen a la cabeza algunas actuaciones en Francia que para mi carrera significaron mucho. En concreto, hubo una corrida en Riscle, con novillos del Conde de la Corte, con la que di un gran paso adelante.

-En los comienzos de tu carrera despertaste muchas ilusiones, especialmente en los aficionados de más edad. Después Ruiz Muñoz desapareció de los carteles. ¿Qué ocurrió?

La temporada de 2016 fue muy dura. Arrastraba unas cuantas lesiones que me impedían entregar lo mejor de mí. Entonces decidí tomarme un tiempo para recuperarme. Me recluí en el mar, donde pude reflexionar. Maduré y comprendí que he nacido para ser torero, que mi felicidad depende del toro.

Ruiz Muñoz se quedó solo, junto a su barquito y sus aparejos, mientras el ritmo ininterrumpido de las temporadas europea y americana se iba sucediendo. Algunos de sus compañeros tomaron la alternativa, otros colgaron los trastos y otros eligieron la plata. Fueron meses difíciles: José no tenía apoderado que le diseñara una nueva campaña. Había guardado los engaños y salía de madrugada a pescar.

-¿Cómo fue ese tiempo que los carteles no anunciaban tu nombre?

Tuve claro que no volvería hasta que me recuperara de las lesiones. Además, necesitaba llenarme otra vez de ilusión y prepararme a fondo para aguantar las dificultades del toreo. He pasado momentos muy complicados, pero he salido reforzado.

Ruiz Muñoz se fue a vivir a Madrid, donde aceptó unirse al lugar más difícil de la profesión: el de los aspirantes a toreros, el de los becerristas, el de los novilleros sin caballos que no encuentran mentor, el de los matadores que apenas firman contratos. Pero aprovechó el tiempo, escuchando a matadores y banderilleros, unos retirados y otros en activo. Con calor o con frío, con lluvia o con sol, muy de mañana partía desde el centro de Madrid hacia San Sebastián de los Reyes, donde entrenaba hora tras hora para rescatar lo mejor de su toreo y asimilar nuevas lecciones.

-Te volcaste en un entrenamiento sin pausa a pesar de que el teléfono no sonaba. ¿Qué te ha aportado esa etapa?

José no cambia el rictus, haciendo ver que en su corazón no cabe una sola gota de amargura.

Vivir en Madrid me ha aportado disciplina al tiempo que me ha ayudado a valorar la importancia de sentirse torero, de saberse torero las veinticuatro horas del día. Ha sido un volver a empezar, un indagar en mi modo de torear, un regreso a los inicios... Y he comprobado que estoy tan ilusionado como antes.

En julio de 2018 se anunció un festival en la sierra de Huelva, en Campofrío, pueblo que tiene el honor de conservar la plaza más antigua del mundo. El cartel iba a reunir a distintos toreros, desde el veterano Emilio Silvera, ya retirado, a Ruiz Muñoz, que hizo el paseíllo como un pincel, vestido con una chaquetilla burdeos y una calzona negra, pendiente de los detalles de la liturgia. La tarde fue suya, como suyo fue el torero eterno. Los aficionados que lo vieron sintieron que en su muletita (es pequeña) renacía en toreo despacioso, cadencioso, profundo, inspirado... Ruiz Muñoz parecía torear con un pañuelo, ajeno al público y al tiempo, dentro de sí mismo, parando los relojes. Fui testigo de las lágrimas de algunos espectadores, a las que uní las mías. Es cierto que el novillo del Parralejo fue extraordinario y que José lo indultó, pero lo que quedó para siempre fue su toreo.

-Y de pronto, Campofrío...

Fue la tarde que necesitaba. Venia de ese largo parón que, como dices, fue duro pero enriquecedor. Y se cruzó en mi camino Sacaperras, que me dejó expresar todo lo que siento. Puede que me haya supuesto un antes y un después, ya que me hizo comprobar que llevo muchas cosas para decirle al público con mi capote y muleta.

-Pero los frutos no han sido inmediatos. Quiero decir que el indulto y el toreo del que hablan tantos profesionales y aficionados no te ha puesto todavía en circulación. Has vuelto al entrenamiento y a las tapias de las plazas de tientas. ¿Has perdido la esperanza?

¡Qué va! -se revuelve con raza-. Campofrío fue la señal que esperaba, el triunfo que necesitaba. Desde entonces sigo entrenando, con más ilusión si cabe, aprovechando cada ocasión (hace unos días ha matado un toro a puerta cerrada), hasta que llegue el primer paseíllo.

-Has firmado un acuerdo de apoderamiento con José Luis Peralta, un profesional de prestigio que ha jugado un papel muy importante en el despegue de unos cuantos toreros. Además, ahora vives en La Puebla del Río y entrenas en la finca de Morante. Parece que las cosas han cambiado... ¿Qué te aporta tu nuevo apoderado?

José Luis es un profesional de primera, un hombre de gran intuición. Estamos indagando hasta dónde puede llegar mi concepto, buscando más profundidad, más naturalidad. Estoy muy ilusionado con él, y con muchas ganas de torear pronto y de seguir aprendiendo. Estoy convencido de que estamos realizando una buena preparación para afrontar los retos y las oportunidades que vayan viniendo.

-¿Quién es Jorge Alonso?

Jorge es un empresario ajeno al mundo del toro, un profesional de mucho prestigio con el que me unen lazos muy estrechos. Además, es una parte imprescindible en mi carrera, pues me ayuda desde el principio, de tal forma que permite que mi única ocupación y preocupación sea el toro. Le estoy muy agradecido por su confianza y por la fe que ha puesto en mi carrera.

-¿Qué significa para ti haber vuelto a Andalucía?

A Ruiz Muñoz le arde la mirada y sonríe.

Estoy eufórico con esta nueva etapa. Tenía muchas ganas de volver al Sur.

La situación actual de los novilleros con picadores es muy complicada. Si los festejos mayores se han reducido a la mitad respecto a las temporadas anteriores a la crisis, los menores son ahora casi una anécdota. Las ferias son más breves y los empresarios no cuentan con las novilladas. Bilbao, por ejemplo, una plaza de primera categoría, no da novilladas picadas. Madrid, por su parte, lidia un novillo grande, con trapío de cinqueño y sin garantías de embestir. Apenas hay puestos en los carteles, y por algunos pueblos se cierne la sombra de los “intercambios de cromos” junto a la leyenda negra del túnel (que los novilleros tengan que pagar por torear). El público, con estos desalentadores mimbres, no tiene la oportunidad de conocer a los nuevos valores, lo que hace muy complicado el remplazo en el escalafón de matadores y tira por la borda muchas ilusiones y la inversión de tiempo y dinero que exige la carrera de un novillero.

-Parece que haya una confabulación contra los novilleros y, por ende, contra la Fiesta. ¿Qué se podría hacer para que esto cambiara?

Es cierto que vivimos un momento complicado, pero tengo fe en que tarde o temprano la Fiesta remonte. Debemos involucrarnos todos (toreros, empresarios, ganaderos, aficionados y administración), unir nuestras fuerzas para cambiar la situación.

-¿Sentís los novilleros el apoyo de los matadores de toros a los que la afición considera figuras?

Por una parte, las figuras hacen una buena labor al ayudar a los novilleros que empezamos en la profesión, facilitándonos sitios donde entrenar y dándonos buenos consejos. Pero, por otra, a veces siento que les falta compromiso.

-¿Qué piensas de los “aficionados prácticos”? ¿Son una ventaja o una desventaja para la Fiesta? Algunos toreros se quejan de que, como aquellos pagan las becerras que torean, a los ganaderos no le les quedan animales para tentar.

Todo debe mantener su justa medida. Si en la relación entre toreros, ganaderos y aficionados prácticos hay respeto, tienen cabida en la Fiesta.

-¿Cómo torea José Ruíz Muñoz con el capote?

Intento enganchar los toros desde delante y llevarlos templados, acompasados a la cintura, acompañándolos.

-¿Eres variado en quites?

No. Suelo torear por verónicas, chicuelinas y, en un momento dado, con algún quite por alto.

-¿Cómo torea Ruíz Muñoz con la muleta?

También intento engancharlos por delante y llevarlos hasta atrás. Y todo despacio, muy despacio, y con ritmo, expresándome con todo el cuerpo. Me gustan mucho los remates, salir de la cara del toro con naturalidad, dejarme llevar por la inspiración y que toda la faena sea parte de un conjunto desde mi amor y respeto por el toro.

-¿Y con la espada?

Busco todos los días la regularidad, pero es una suerte complicada. Ha habido tardes en las que he matado los toros muy bien y otras que los he matado peor.

-¿Con qué cartel de alternativa sueñas?

Vuelve a sonreír y se queda un rato pensativo.

Cualquier cartel y cualquier plaza con encanto sería, para mí, el cumplimiento de un sueño. Puestos a nombrar a algún torero, quiénes mejor que Morante de la Puebla, Alejandro Talavante, Curro Díaz...

-¿Cuáles son los toreros que ya no están en activo con los que te sientes más identificado?

Con Curro Romero, por supuesto. Y con Antoñete. Después, con José María Manzanares y Salvador Vega, que siempre me ha llegado muy adentro.

-¿Qué te gustaría decirle a tu novia el día que te conviertas en matador?

Le daría las gracias por estar siempre a mi lado. Y por transmitirme todo su apoyo en esta nueva etapa. Ella sabe que mi apoyo es recíproco, pues ambos conocemos la dureza de la vida.

«La Maestranza es un marco inmejorable para mi toreo»

-¿Y a tus padres?

Ese día me gustaría agradecerles el haberme permitido que me dedicase a lo que verdaderamente amo, con su apoyo incondicional. También les diría que esto acaba de empezar y que todo lo que venga se lo dedico a ellos.

-¿Crees en Dios?

Sí, creo.

-¿De qué manera actúa en tu vida?

Es el pilar fundamental, el que me da la fuerza, el amor y la esperanza para afrontar el camino de mi existencia.

-¿Qué imágenes viajan en tu capilla?

Llevo estampas que me han ido regalando mis mejores amigos. Soy muy devoto de la Virgen de la Esperanza de Triana, de la Virgen del Rocío y de mi Cristo de la Sangre, de la Hermandad de los Estudiantes de Huelva.

-¿Cuál es para ti el vestido de luces más bonito?

Me gustan muchos vestidos y colores, especialmente las tonalidades verdes. Y por elegir, un verde botella y oro.

-¿Cómo vives el día que vas a torear, desde que te despiertas y hasta que apagas la luz por la noche?

Me gusta vivirlo en torero desde que me levanto hasta que me acuesto. Suelo desayunar temprano y algunas mañanas acudo al sorteo. Después almuerzo algo ligero y me doy un corto paseo para estirar las piernas y, si es posible, me acerco a una iglesia. Posteriormente suelo descansar en la habitación hasta la hora de vestirme.

Después de torear me gusta pegarme una buena ducha, descanso un poco en la habitación y bajo a cenar. Eso sí, pase lo que pase en el ruedo siempre me cuesta conciliar el sueño por las emociones vividas. Suelo darle muchas vueltas a lo acontecido.

-¿Alguna manía?

No me considero un torero maniático. Sí de costumbres, como las que acabo de contarte.

-¿Tienes otras aficiones además del toro?

Me gustan deportes como el frontón y el fútbol. Me encanta el senderismo, pues así también disfruto de la naturaleza, y la vela ligera y la pesca.

-Es sabida la pasión de tu tío Curro por el flamenco. Y tú, ¿qué relación tienes con el cante?

Me gusta mucho el flamenco, aunque no tengo facultades para cantar. En casa celebramos las cosas buenas con música y cante. Mi padre toca la guitarra como aficionado y echamos muy buenos ratos.


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