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Yo soy taurino

Las raíces de la inspiración

La diseñadora de moda flamenca Rocío Peralta se crio en el campo ayudando a su padre y a su tío en sus entrenamientos

21 mar 2018 / 09:29 h - Actualizado: 22 mar 2018 / 00:06 h.
  • Rocío Peralta simula la suerte de la rosa que practicaban su padre Rafael y su tío Ángel. / Fotos: Antonio Delgado-Roig
    Rocío Peralta simula la suerte de la rosa que practicaban su padre Rafael y su tío Ángel. / Fotos: Antonio Delgado-Roig

Sólo hay que estar unos minutos en su tienda de trajes de flamenca para comprobar que es un terremoto. Al mismo tiempo que toma las medidas de una clienta, atiende una llamada de teléfono y está ya pensando el traje de otra señora que acaba de entrar en el local para que se lo suban del taller al tiempo que estudia qué mantoncillo le combinará mejor.

Ella misma reconoce que es así desde pequeña, como un potro desbocado. No puede poner otro ejemplo porque el apellido Peralta no se entiende si no va ligado a un caballo. Y tampoco si no se ubica en las marismas de la Puebla del Río. La conjunción de esos tres elementos dieron como resultado una niña que siendo hija y sobrina de dos figuras del rejoneo –su padre Rafael y su tío Ángel– desarrolló una afición desmedida por el mundo del toro y el caballo. Es su vida. Aprendió a montar a antes que a caminar y viendo cómo los hermanos Peralta daban todas las temporadas la vuelta a España llenando plazas y cosechando éxitos. Y cómo veía a su padre todo el día montar a caballo en el campo al final ella terminó haciendo lo mismo, e incluso le montaba a su padre los animales con los que toreaba. Y si no era esta faena campera, siempre había otras cosa que hacer. Apartar unas vacas o salir a la marisma a caballo para cualquier otra cosa. Y los veranos, qué mejor plan que subirse al coche del mozo de espadas con su hermano Rafael y viajar y viajar viendo en primer persona cómo los Peralta volvían loco al personal con su toreo a caballo.

Esa habilidad y destreza de Rocío con las riendas, y su inquietud innata, le hicieron en algún momento plantearse que por qué no podía ser ella la siguiente generación de los Peralta que se anunciare en los carteles de las plazas de toros. Siempre que podía hacía sus pinitos y toreaba alguna vaca brava con una de esas joyas equinas mientras ayudaba a su padre en los entrenamientos. No se le daba nada mal, pero su madre vio que la niña cada día tenía más afición y decidió que era necesario poner tierra de por medio. Unos cursos en Irlanda le sirvieron, más allá de lo puramente académico, para alejarle esa idea de la cabeza pero seguir siendo una gran aficionada al rejoneo.

Rocío también es una apasionada del toreo a pie. Si le preguntas cuál es su torero, antes de que termines la pregunta ya está pronunciando la eme de Morante. No olvida tampoco el día que José Tomás le hizo llorar en Jerez tras cortar un rabo, una tarde en la que se formó tal manicomio en la plaza que la salida a hombros del torero le transportó a una de las narraciones de Chaves Nogales en las que contaba cómo Sevilla enloquecía con Juan Belmonte.

Dedicada por completo a la moda flamenca, se escapa al campo cada vez que puede. Allí en las marismas de la Puebla del Río, en la puerta de Doñana, se encuentra a sí misma. Allí están sus raíces, sus caballos y su inspiración para cabalgar a galope en la vida y en la moda. Siempre flamenca. Siempre torera. Siempre Peralta.


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