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Obituario

Manolo Cortés: pigmalión de toreros

El artista gitano de Gines falleció en la noche del pasado sábado a los 67 años de edad

27 mar 2017 / 08:27 h - Actualizado: 27 mar 2017 / 08:29 h.
  • Manolo Cortés: pigmalión de toreros
    Manuel Cortés, el diestro sevillano fallecido que pasado sábado. / El Correo

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sevilla{La noticia, por esperada, no ha dejado de caer como una losa en todos los rincones del planeta de los toros. Manolo ya había perdido la batalla contra el maldito cáncer y el final era irremediable. Tenía 67 años y, seguramente, muchos proyectos en la cartera. Los locos del toreo siempre andan dándole vueltas a la cabeza, soñando con toreros por forjar... ése era el sueño definitivo del gran matador de Gines, que había proyectado en sus últimos pupilos todo el poso del conocimiento y, definitivamente, su alma de artista. Cortés no fue una figura del toreo pero sí logró esa rara catalogación de torero de toreros, de espejo de formas y modos, esa difícil naturalidad que adornaba su tauromaquia luminosa.

Manolo era un sabio del toreo que supo poner su conocimiento enciclopédico del arte de torear al servicio de la preparación y formación de toreros en trance de forja. Le pueden preguntar a Manuel Escribano pero, especialmente, a dos diestros sevillanos a los que supo sacar sus mejores registros. El lanzamiento del camero Alfonso Oliva Soto -que tomó la alternativa delante de todo un Rey de España- se basó en las enseñanzas y la mentalización del veterano maestro. Esa sabiduría, su experiencia de catador de toreros, se pondría a prueba en el largo ostracismo de otro matador, el palaciego Pepe Moral, que resucitó taurinamente en una tarde de Corpus de 2014 en la que reverdeció el toreo de su maestro en aquella maciza faena –la mejor de todo el año en la plaza de la Maestranza– que le colocó de nuevo en el mapa del toreo.

No es difícil recordar –esperando entrebarreras– la sonrisa del viejo matador en aquella tarde que despedía la Primavera. Moral fue su último proyecto. En 2016, con la enfermedad acechando, se anunció el apoderamiento de Salvador Vega pero la inesperada retirada del diestro malagueño impidió concretar nada. Habían pasado muchos años, muchísimos, desde que aquel gitanito de Gines de extracción humilde se embarcara en la aventura de las sedas y los oros. Dicen que Manolo Cortés se destapó en un tentadero en Los Alburejos, el laboratorio campero de Álvaro Domecq. Después llegaría la confianza de Camará y el apoderamiento de Alberto Aliaño que le llevó a debutar con picadores en la placita serrana de Cortegana. Corría el año 1966. Quedaban dos para su alternativa valenciana de manos del que fue su ídolo y espejo, el gran Antonio Ordóñez, que también le confirmaría en Madrid unas semanas después. Aquel mismo año, en una segunda tarde, cuajó la que seguramente es su mejor tarde madrileña. Fue el 25 de mayo de 1968 al inmortalizar al toro Inglés, marcado con el hierro de Antonio Pérez.

Carlos Abella diría de él en su Historia del Toreo que «ha unido a su majestuosidad y elegancia una gran facilidad lidiadora, combinando el embrujo con un toreo eminentemente técnico». Esa suma de arte y ciencia le serviría para solventar con eficacia su adscripción a las llamadas corridas duras. No hay que olvidar la gran faena instrumentada en la feria de San Jaime de Valencia –uno de sus cosos talismán– a un toro de Eduardo Miura llamado Laneto al que cortó dos orejas delante de Dámaso González y Julián García. Pero los aficionados más veteranos dicen que cuajó su mejor actuación en Sevilla el 17 de abril de 1972 a un ejemplar de Samuel Flores llamado Cotorro. Antes, en 1969, había llegado a cortar cinco orejas en una misma feria en la que llegó a ser sacado en volandas por la Puerta del Príncipe en dos días consecutivos cuando el raro privilegio no se sometía a la dictadura matemática. No se puede concluir este repaso a la vida profesional de Manolo Cortés sin evocar su relación con la plaza de Madrid en la que brilló en sendas actuaciones con toros de Cobaleda, Campos Peña y Los Bayones. Algunos lustros después de su doctorado venteño recibiría en el mismo ruedo la última de muchas cornadas que quebraron su regularidad e impidieron su ascenso a la primera fila. Fue en una tarde veraniega, el 3o de julio de 1995, después de confirmar la alternativa a Marcos Sánchez Mejías. Dos años después decía adiós definitivo al traje de luces en la Feria de Abril de 1997 alternando con su paisano y epígono Fernando Cepeda –un matador que bebió de su ancho venro– y el diestro cigarrero Vicente Bejarano. Después llegaron las facetas de apoderado, del preparador y mentalizador de nuevos matadores y siempre, el torero de toreros. Descanse en paz. ~

La noticia, por esperada, no ha dejado de caer como una losa en todos los rincones del planeta de los toros. Manolo ya había perdido la batalla contra el maldito cáncer y el final era irremediable. Tenía 67 años y, seguramente, muchos proyectos en la cartera. Los locos del toreo siempre andan dándole vueltas a la cabeza, soñando con toreros por forjar... ése era el sueño definitivo del gran matador de Gines, que había proyectado en sus últimos pupilos todo el poso del conocimiento y, definitivamente, su alma de artista. Cortés no fue una figura del toreo pero sí logró esa rara catalogación de torero de toreros, de espejo de formas y modos, esa difícil naturalidad que adornaba su tauromaquia luminosa.

Manolo era un sabio del toreo que supo poner su conocimiento enciclopédico del arte de torear al servicio de la preparación y formación de toreros en trance de forja. Le pueden preguntar a Manuel Escribano pero, especialmente, a dos diestros sevillanos a los que supo sacar sus mejores registros. El lanzamiento del camero Alfonso Oliva Soto -que tomó la alternativa delante de todo un Rey de España- se basó en las enseñanzas y la mentalización del veterano maestro. Esa sabiduría, su experiencia de catador de toreros, se pondría a prueba en el largo ostracismo de otro matador, el palaciego Pepe Moral, que resucitó taurinamente en una tarde de Corpus de 2014 en la que reverdeció el toreo de su maestro en aquella maciza faena –la mejor de todo el año en la plaza de la Maestranza– que le colocó de nuevo en el mapa del toreo.

No es difícil recordar –esperando entrebarreras– la sonrisa del viejo matador en aquella tarde que despedía la Primavera. Moral fue su último proyecto. En 2016, con la enfermedad acechando, se anunció el apoderamiento de Salvador Vega pero la inesperada retirada del diestro malagueño impidió concretar nada. Habían pasado muchos años, muchísimos, desde que aquel gitanito de Gines de extracción humilde se embarcara en la aventura de las sedas y los oros. Dicen que Manolo Cortés se destapó en un tentadero en Los Alburejos, el laboratorio campero de Álvaro Domecq. Después llegaría la confianza de Camará y el apoderamiento de Alberto Aliaño que le llevó a debutar con picadores en la placita serrana de Cortegana. Corría el año 1966. Quedaban dos para su alternativa valenciana de manos del que fue su ídolo y espejo, el gran Antonio Ordóñez, que también le confirmaría en Madrid unas semanas después. Aquel mismo año, en una segunda tarde, cuajó la que seguramente es su mejor tarde madrileña. Fue el 25 de mayo de 1968 al inmortalizar al toro Inglés, marcado con el hierro de Antonio Pérez.

Carlos Abella diría de él en su Historia del Toreo que «ha unido a su majestuosidad y elegancia una gran facilidad lidiadora, combinando el embrujo con un toreo eminentemente técnico». Esa suma de arte y ciencia le serviría para solventar con eficacia su adscripción a las llamadas corridas duras. No hay que olvidar la gran faena instrumentada en la feria de San Jaime de Valencia –uno de sus cosos talismán– a un toro de Eduardo Miura llamado Laneto al que cortó dos orejas delante de Dámaso González y Julián García. Pero los aficionados más veteranos dicen que cuajó su mejor actuación en Sevilla el 17 de abril de 1972 a un ejemplar de Samuel Flores llamado Cotorro. Antes, en 1969, había llegado a cortar cinco orejas en una misma feria en la que llegó a ser sacado en volandas por la Puerta del Príncipe en dos días consecutivos cuando el raro privilegio no se sometía a la dictadura matemática. No se puede concluir este repaso a la vida profesional de Manolo Cortés sin evocar su relación con la plaza de Madrid en la que brilló en sendas actuaciones con toros de Cobaleda, Campos Peña y Los Bayones. Algunos lustros después de su doctorado venteño recibiría en el mismo ruedo la última de muchas cornadas que quebraron su regularidad e impidieron su ascenso a la primera fila. Fue en una tarde veraniega, el 30 de julio de 1995, después de confirmar la alternativa a Marcos Sánchez Mejías. Dos años después decía adiós definitivo al traje de luces en la Feria de Abril de 1997 alternando con su paisano y epígono Fernando Cepeda –un matador que bebió de su ancho venro– y el diestro cigarrero Vicente Bejarano. Después llegaron las facetas de apoderado, del preparador y mentalizador de nuevos matadores y siempre, el torero de toreros. Descanse en paz.


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