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Manzanares: esplendor en la hierba

La faena de la Beneficencia abrió una nueva época en la trayectoria del alicantino

11 dic 2016 / 15:13 h - Actualizado: 11 dic 2016 / 14:27 h.
  • Manzanares cerró su temporada por todo lo alto en la feria de San Miguel de Sevilla. / Raúl Caro Cadenas (Efe)
    Manzanares cerró su temporada por todo lo alto en la feria de San Miguel de Sevilla. / Raúl Caro Cadenas (Efe)

La recentísima faena de José María Manzanares a un toro de Matilla en el cierre de la feria limeña del Señor de los Milagros ha vuelto a revalorizar el papel del diestro alicantino. El trasteo, de altísimo nivel artístico, ha trascendido más allá del bicentenario coso de Acho pero tampoco ha estado exento de polémica. El jurado del preciado Escapulario de Oro decidió otorgarlo a una figura en ciernes, el peruano Andrés Roca Rey, que había ganado a los puntos en el patio de su casa. Pero Manzanares había convencido al poso y al recuerdo.

De alguna manera, la temporada del alicantino ha pivotado entre dos faenas que revalorizan su papel de gran intérprete. Conviene retroceder para situarnos a las puertas del 1 de junio, fecha de aquel trasteo madrileño que marcó un antes y un después en el desarrollo de su temporada e incluso en la trayectoria reciente del torero. La discusión de su auténtico fondo profesional –que acompañaba al diestro alicantino en las últimas temporadas– se convirtió en un coro de alabanzas después de rozar el cielo en aquella tarde venteña. En los madriles tenían la sensación de haber asistido a la faena del año. Y es que lo fue... El matador quiso y pudo; pero también supo enhebrarse a la perfección a la embestida de un ejemplar excepcional de Victoriano del Río que posibilitó el milagro manzanarista. Josemari buceó en su interior para arrancar sus mejores registros desde que se abrió de capote. El trasteo, revelador, nos reconcilió con el toreo concebido como tratado de armonía. El sentido de la medida o la administración de los tiempos –sin olvidar su fiel espada triunfadora– fue fundamental para cincelar un prodigio que ya andaba corriendo de boca en boca antes de que montara el acero... ¿Qué había pasado? Volvemos a rebobinar.

Manzanares había llegado a Madrid tocado del ala. Es una verdad irrefutable. El diestro levantino volvía a vestirse de oro en 2016 después de un año ataviado con sedas negras y alamares de azabache. Fue la manera de guardar luto por su padre, fallecido prematuramente en octubre de 2015. La muerte del gran Manzanares destrozó el ánimo del hijo que, sin felicidad en la cara del toro, había ido acumulando críticas por la falta de compromiso en los cites; la ausencia de ajuste en los embroques y la superficialidad de una puesta en escena que, a pesar de todo, no le impedía seguir navegando con desahogo en la estadística apoyado en sus incuestionables tablas, arropado en el porte de su fachada y salvado por la contundencia de su estoque. ¿Había vuelta atrás?

En Sevilla, el patio de su casa y su plaza talismán, se encendieron todas las alarmas. Manzanares iba a cumplir con más pena que gloria la peor Feria de Abril de su vida: el Domingo de Resurrección –con toros de Garcigrande– no se atrevió a meterle mano a un lote con posibilidades. En su segundo compromiso se acercó a sus fueros pero fue incapaz de navegar al nivel que le planteaba un bravo juampedro. Le quedaba una, la de Núñez del Cuvillo, en la que volvió a sortear un excelente lote al que cortó dos orejas que debieron ser cuatro. ¿Se había roto el hechizo? Aún quedaba septiembre para aprobar.

Pero antes hay algunas cosas que contar. En Jerez –el mismo día de la reencarnación tomasista– mejoró el tono pero persistieron las dudas. En la crónica de aquel día hablábamos de «buenos modales y bonitos momentos» pero también de falta de apuesta. No era la mejor decoración para cumplir su único compromiso en Madrid, ese 1 de junio, en el que volvió a mirarse en el mejor espejo posible: el que le prestaba el poderoso modelo paterno. Y no falló.

A partir de ahí la temporada fue otra aunque es verdad que ha logrado contadas faenas del altísimo nivel de Madrid aunque su eco cambió. El trasteo de Las Ventas había logrado cambiar las lanzas por cañas y, sobre todo, crear un estado de expectación distinto a los ceños fruncidos de no hace tanto. Ese rosario de recitales puntuales –podemos apuntar Valladolid– aún viviría una guinda por San Miguel. Se lo debía a Sevilla aunque el absurdo rigor de los sectores más reglamentistas de la plaza y la cerrazón del palco dejaron en una solitaria oreja lo que debió ser un triunfo de apoteosis. ¿Qué más da? La faena de José María Manzanares, la mejor del año en la plaza de la Real Maestranza, invita a pensar en nuevos recitales en el escenario que más y mejor le ha visto. Aquí estaremos para contárselo.


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