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Domingo de Resurrección

Morante cuaja los momentos de mayor calado artístico

Mal juego de algunos de los ejemplares de Cuvillo, una estimable faena de Manzanares al quinto y la imposibilidad de Roca Rey con su lote

16 abr 2017 / 22:15 h - Actualizado: 16 abr 2017 / 22:29 h.
  • Morante cuaja los momentos de mayor calado artístico
    Morante, en el toreo de capa al toro que abrió plaza. / José Manuel Vidal (Efe)
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    José María Manzanares ejecuta un natural con la izquierda al segundo astado de su lote. / Efe
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    Toreo por saltilleras de Roca Rey a su primer toro de la tarde. / Efe
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    Morante de la Puebla brindó su segunda faena al escritor Mario Vargas Llosa, presente en los tendidos. / Efe
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    La infanta Elena y su hija, Victoria Federica, presenciaron la corrida. / Efe

La larga duración del espectáculo y el mal juego de algunos de los ejemplares de Cuvillo se aliaron en contra de la brillantez de un festejo en el que hay que anotar el virtuosismo de Morante de la Puebla y la estimable faena de Manzanares al quinto. Roca Rey estrelló sus ganas contra un lote sin posibilidades.

Se lidiaron seis toros de Núñez del Cuvillo, correcta aunque desigualmente presentados. Dentro del decepcionante envío sobresalieron el cuarto –blando y de excelente clase- y el quinto, más bravo y alegre. El primero resultó tan manso como inválido aunque no estuvo exento de nobleza. El segundo se movió sin calidad y el tercero se agotó y no tuvo recorrido. El sexto planteó muchas dificultades.

La plaza se llenó hasta la bandera en tarde muy calurosa. Se guardó un minuto de silencio en memoria de los matadores de toros Manolo Cortés y Pepe Ordóñez y del joven aficionado valenciano Adrián Hinojosa, recientemente fallecidos. La duquesa de Lugo asistió a la corrida desde el palquillo de convite de la Real Maestranza.

EXPECTATIVAS DEFRAUDADAS Y TIEMPOS MUERTOS

Morante de la Puebla es otra historia. Lo ha demostrado esta misma tarde oficiando los únicos momentos que permanecerán en la memoria. A la corrida no le faltó expectación pero sí le sobró ese exceso de metraje que se ha convertido en una de las taras de la corrida moderna. Con otro ritmo, sin tantos tiempos muertos, el espectáculo habría sido otro.

Pero no podemos dejar de recordar los pasajes felices que firmó el diestro cigarrero. Lo hizo en sus dos toros o quitando en el de los compañeros. Con el capote y con la muleta y, sobre todo, mostrando una calidad natural y diferenciada que le convierte en punto y aparte en el actual elenco de los matadores de toros.

En la faena a su primero, un podrido ejemplar de Cuvillo al que no le faltó nobleza, llegó a cincelar un mazo de verónicas de calidad inmarcesible. Se complicó y espesó la lidia de este ejemplar que llegó a la muleta con el motor al mínimo. No fue óbice para que Morante le acompañara primero y lo toreará después en una serie templada y natural que reconcilió con el toreo eterno. Pero no hubo más...

El de La Puebla había vuelto a enseñar que el toreo es suavidad quitando en el tercero de la tarde, un ejemplar de Roca Rey que replicó al maestro echándose el capote a la espalda con más arrojo que brillantez.

Pero Morante desplegó definitivamente su tauromaquia entendiendo perfectamente la medida clase del cuarto, al que toreó con técnica escondida, suavidad en los toques, sutileza en la colocación y las alturas y un rítmico sentido de la armonía, especialmente manejando la izquierda. La espada entró a la primera pero el descabello no le permitió redondear el triunfo.

Un triunfo que también estuvo a punto de acariciar José María Manzanares después de lidiar al quinto, seguramente el mejor toro del envío de la familia Núñez del Cuvillo. El acople sólo llegó después de un largo sobo pero rompió definitivamente en un gran pase de pecho que reveló los mejores registros del alicantino que se expresó más y mejor manejando la mano izquierda.

La espada, que había funcionado con contundencia en el segundo, se atrancó esta vez y escamoteó la oreja que ya tenía ganada. A ese segundo le había enjaretado un marchoso quite de chicuelinas de mano baja como respuesta a otros lances más corrientes de Roca Rey. Ese toro, que nunca quiso coger la muleta de verdad, acabó desplomándose. Ahí no pudo ser.

Cerraba la tarde la sensación del momento, el torero que más expectación levantaba. Hablamos de Roca Rey que, pese a su infatigable entrega, sorteó el lote de menores posibilidades. Fueron un tercero agotado y sin recorrido y un quinto de peligro sordo y teclas que tocar con los que nunca volvió la cara.

Roca había tenido que tragarse el excelso quite de Morante en ese tercero, un descarado melocotón al que toreó siempre muy metido entre los pitones y al que mató con perfección. Volvió a esforzarse a tope con el sexto, al que llegó a lancear rodilla en tierra. Cuando tomó la muleta pesaba demasiado la tarde y el festejo. Roca aguantó las coladas del animal y se jugó el tipo. A esas alturas ya era para nada.


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