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Toros

Pepe Luis: Sevilla vestida de luces

Carlos Crivell y Antonio Lorca reivindican la figura del gran diestro de San Bernardo

17 mar 2017 / 21:48 h - Actualizado: 18 mar 2017 / 19:29 h.
  • Pepe Luis: Sevilla vestida de luces
    El llamado Sócrates de San Bernardo fue uno de los toreros más importantes de los años 40. / Archivo A.R.M.

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El titular es prestado. Fue acuñado por el veterano informador taurino Carlos Crivell y define perfectamente la estela taurina del llamado Sócrates de San Bernardo, uno de los eslabones más nobles de esa larga cadena de lidiadores vinculados al vivero torero del antiguo matadero de Sevilla. El periodista Antonio Lorca y el propio Crivell han sido los encargados de poner en valor esta figura fundamental, dibujando nítidamente su particularísima personalidad, sus lazos familiares y, por supuesto, la trascendencia taurina de un matador que fue más, mucho más que un torero con gracia.

Pepe Luis: un torero de culto es el título de este libro escrito al alimón por ambos periodistas. La obra, que fue presentada en un multitudinario acto celebrado el pasado martes en la Fundación Caja Rural de Sur, atendía a la necesidad «de poner de relieve su auténtica dimensión en la historia del torero», tal y como señala Crivell apuntando que «todo el mundo sabía de su capacidad o su inteligencia torera pero no estaba bien contado». La idea tomó forma a raíz de una visita que los autores –en unión de José Luis López– cursaron a Pepe Luis en su propio domicilio. Pepe Luis ya había perdido la vista pero su cabeza permanecía intacta. Barruntaron que aquella visita iba a ser la última y el libro fue un paso natural.

«Pepe Luis siempre dijo que las escuelas no existían; él creía que se toreaba bien o se toreaba mal pero evidentemente ha pasado a la historia como un eslabón fundamental de la llamada escuela sevillana que se ha caracterizado por la valoración del adorno sobre el toreo fundamental», refiere el autor. Pero había que ir más allá y en este punto se recorta, una vez más, la reivindicación del hilo del toreo sevillano que tiene su piedra angular en Joselito El Gallo. En cualquier caso, precisa Crivell, «heredó de Chicuelo esa gracia natural para lucirse en los adornos; tenía esa facilidad y lo hacía magníficamente pero, tal y como dijo Marcial Lalanda, a los quince años ya lo sabía todo del toro». Esa faceta, la del conocimiento de las reses bravas, es una de las más olvidadas. El autor vuelve a citar a Lalanda, que llegó a ser apoderado de Pepe Luis Vázquez, para recordar un aserto muy difundido en la época: «Joselito tenía ciencia y valor pero le faltaba arte y Pepe Luis Vázquez tenía ciencia y arte pero le faltaba valor». Esta suerte de gregería taurina define al que sería llamado Sócrates de San Bernardo, «que fue un torero eminentemente técnico que siempre puso la razón por delante».

Pero hay que reforzar la línea gallista a la que tampoco es ajena la influencia de Marcial, otro heredero de ese tronco joselitista sin el que no se puede entender el toreo de Pepe Luis que, tal y como recalca Crivell, «no estaba bien estudiado». Se había concebido la figura de Pepe Luis como un espejo de Belmonte o Chicuelo «pero está claro que tiene también un porcentaje inmenso de Joselito, en especial en su inteligencia taurina pero también en algunas facetas de su toreo como el muletazo del kirikikí, que es idéntico», apostilla el autor que alude a una hipotética «transmisión oral» de los conocimientos pero, sobre todo, a la precocidad del niño que se bebe todo lo que presencia en la plaza de toros, en la que su padre ejercía como matarife.

En cualquier caso, el acercamiento a la figura de Pepe Luis Vázquez estaría incompleto sin aludir a su intimidad y su personalidad. Esos son lo terrenos en los que se ha movido Antonio Lorca, que destaca su condición de triunfador «siendo casi un niño» que le sirvió «para sacar adelante a sus padres y hermanos, retirarse con 32 años, casarse después con una joven de buena familia, tener siete hijos y, colgado el traje de luces, encerrarse en el campo, olvidándose de honores y siendo un hombre feliz entre los suyos».

Hay algunas facetas desconocidas que salen a la luz con el libro. Pepe Luis fue «amante de la poesía –disfrutaba con los Machado y Alberti– y amigo de pintores, escritores y músicos», desvela Lorca que retoma la discreción y humildad que presiden la trayectoria de un torero que nunca estuvo preocupado de alimentar su propio mito. En esa línea, apunta el autor, «por carácter sencillo y humilde y por su decisión de apartarse del mundo y de los homenajes, vio mermada su aureola de gran figura». Antonio Lorca, que ha contado con el testimonio directo de sus familiares –empezando por su viuda, Mercedes Silva– recalca que Pepe Luis «fue feliz en el silencio y la soledad».

LA ANÉCDOTA

Sonaba el teléfono en el domicilio familiar de los Vázquez, en el barrio de Nervión. No podían imaginar que era Esperanza Aguirre, ministra de Cultura entre 1996 y 1999, que anunciaba al maestro la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de 1998 que tenía que recibir en un solemne acto, presidido por los Reyes en Santiago de Compostela. «No se moleste usted, désela a otro que la merezca más; Santiago está muy lejos y yo estoy muy agusto en Sevilla». El lance, recogido por Lorca, refleja perfectamente la sencillez de un personaje que siempre huyó de homenajes. Eso sí, recibió la medalla.


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