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Perera indulta y Roca sale respondón

El matador extremeño logró el perdón de la vida de un gran ejemplar de Torrealta en una tarde declinante que logró ser enderezada por el valor indeclinable del diestro peruano

04 ago 2018 / 23:05 h - Actualizado: 04 ago 2018 / 23:07 h.
  • El diestro Miguel Ángel Perera, durante la corrida de toros celebrada ayer en la Feria de Colombinas de Huelva. / Fotos: Julián Pérez (Efe)
    El diestro Miguel Ángel Perera, durante la corrida de toros celebrada ayer en la Feria de Colombinas de Huelva. / Fotos: Julián Pérez (Efe)
  • El diestro peruano Andrés Roca Rey, en un lance de la corrida.
    El diestro peruano Andrés Roca Rey, en un lance de la corrida.

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En los corrillos se evocaba el buen juego de la corrida de Torrealta lidiada el pasado año en esta misma plaza. Y la divisa de los Prado Eulate repetía este sábado en la Vega Larga con otro cartel de campanillas. La corrida, además, tenía el aliciente de enfrentar de nuevo a los dos gallos de la temporada. Hablamos de El Juli y Roca Rey que, ojo, tenían enfrente al matador –Miguel Ángel Perera– que el año pasado cortó cuatro orejas a estos toros de Medina Sidonia (Cádiz).

El maestro madrileño sorteó en primer lugar un precioso jabonero al que lanceó con más eficacia que brillantez. El Juli obligó al toro desde el primer muletazo. Esa sensación de dominio, llevando al bicho sometido y muy para adentro, se mantuvo en el cuerpo central de la faena, que transcurrió siempre en los medios. Sólo faltó, eso sí, otro relajo, mayor calma... aunque la traca final, enroscado al astado, terminó de desatar el entusiasmo. Con el remiso y soso cuarto hubo poco que hacer. Para qué vamos a contar más...

Y salió Perera, templadísimo y poderoso con el capote con un toro, el segundo, al que quitó por tafalleras. El animal, un punto rajadito al principio, sí anunció su calidad en el segundo tercio. Curro Javier lo bordó con los palos y el extremeño inició su faena rodilla en tierra formando el primer lío. A partir de ahí llegó el toreo ligado, hondo y templado que marcó una labor intensa, bien dicha y hecha, y sobre todo honda. Perera jugó con las distancias aprovechando la excelente clase del animal. Lo bordó, literalmente, por naturales, llevando media muleta enterrada en el albero pero el alboroto definitivo llegó por luquecinas. A partir de ahí comenzó el runrún del indulto, que el matador aprovechó para seguir toreando. No había dudas. El animal, de nombre Sereno, recibió el perdón de su vida en medio de una auténtica apoteosis. Perera volvió a apretar el acelerador con el quinto, jugándose el tipo en un quite por saltilleras antes de que Ambel animara el cotarro con los palos. Pero el toro, con ganas de marcharse, no quiso unirse a la fiesta a pesar de la entrega del matador, que lo sometió sin importarle sus protestas. Eso sí, se pasó de la raya cuando se había rajado sin remedio.

Roca Rey se hizo presente con la corrida lanzada y con un toro, el tercero, que brindó a David de Miranda. Y comenzó la traca: por delante y por detrás, mirando al tendido, cambiando el viaje... antes de ponerse a torear por el palo clásico templando las asperezas del animal. La firmeza fue la mayor virtud de una labor entendida como un ejercicio de poder que sólo tuvo un ganador: el torero. Estuvo muy, pero que muy por encima del toro. Pero el joven matador peruano quería más y salió dispuesto a comerse el sexto cuando la corrida había decaído por completo. El bicho, corpulento y grandullón, derribó al caballo. Roca comenzó muy firme antes de ponerse a torear en redondo. No faltaron los alardes y los efectos especiales en una faena con trasfondo técnico que tenía un problema que resolver: la falta de recorrido del toro, que acabó metido en la canasta. El final de faena, de infarto, amarró las orejas.


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