viernes, 24 noviembre 2017
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Simbiosis de Ferrera y Victorino

El diestro extremeño retornaba a la plaza de Sevilla después de un año en barbecho y logró cuajar a un complejo e interesante cuarto que dio la medida de un encierro lleno de matices

29 abr 2017 / 22:59 h - Actualizado: 30 abr 2017 / 00:03 h.
  • Ferrera remata con una revolera una de sus intervenciones con el capote, guinda de su completa actuación en todos los tercios. / Reportaje gráfico: Manuel Gómez
    Ferrera remata con una revolera una de sus intervenciones con el capote, guinda de su completa actuación en todos los tercios. / Reportaje gráfico: Manuel Gómez
  • Manuel Escribano saludó con esta larga cambiada al toro de su vuelta a la plaza de Sevilla.
    Manuel Escribano saludó con esta larga cambiada al toro de su vuelta a la plaza de Sevilla.
  • Montoliú saluda al cielo con Ferrera evocando a su padre.
    Montoliú saluda al cielo con Ferrera evocando a su padre.
  • Antonio Ferrera pasea la valiosa oreja que cortó al cuarto ‘victorino’ de la tarde.
    Antonio Ferrera pasea la valiosa oreja que cortó al cuarto ‘victorino’ de la tarde.
  • Paco Ureña pasa sobre la mano derecha a su primer toro.
    Paco Ureña pasa sobre la mano derecha a su primer toro.

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La corrida había despertado la lógica expectación. El aura de la vacada cacereña y la memoria reciente del indulto de Cobradiezmos había predispuesto –para bien- al público de este nuevo Sábado de Alumbrado para sacar la mejor punta a la lidia de todos los ejemplares.

Si hay que venir con las ideas preconcebidas es mejor que sea en positivo. Esa predisposición, y la especial sensibilidad del público sevillano, es la que sacó a saludar a Manuel Escribano después de romperse el paseíllo, que fue ilustrado con las notas del solemne pasodoble Manolete en el año que se cumple un siglo de su nacimiento, 138 kilómetros río arriba. Su papel de oficiante del famoso indulto y el calvario inhumano que siguó a la espantosa cornada de Alicante merecían el honor..

Pero la corrida tenía más argumentos previos, como la vuelta de Ferrera a la plaza que mejor le ha visto. El diestro extremeño, no se olvide, fue el autor de las mejores faenas de las ferias de 2014 y 2015, instrumentadas a sendos toros de Victorino Martín. Su encaje en la corrida, al igual que el de Escribano o Ureña, era de cajón.

Y fue Ferrera, a la postre, el definitivo protagonista de una tarde que se vivió siempre de parte del toro con razón... o sin ella. El torero de Badajoz había sorteado en primer lugar un ejemplar que sembró ciertas esperanzas. Eso sí, salió desangrado de un primer puyazo en el que derribó al piquero y la faena que pudo ser no fue. Ferrera, que ha restaurado la lidia total, se puso a torearlo en redondo sin demasiados preámbulos. En los medios arreaba el aire y el extremeño movió terrenos antes de comprobar que el animal, completamente acobardado, había echado la marcha atrás. Pero Antonio Ferrera sabía que en Sevilla tenía que ser y puso toda la carne en el asador con el cuarto, que saltó a la arena pasadas las ocho de la tarde. El bicho regateó en el capote, que Ferrera manejó con solvencia pero también con sentido de la escena. El matador sabe vender la brega, que convierte en espectáculo sin perder un ápice de su eficacia. De la misma forma, ha recuperado el sentido y la naturalidad de los quites, toreando desde el primer lance, en las mismísimas bambas del peto.

Pero lo mejor estaba por venir. Ferrera tuvo el detalle de invitar a banderillear a José Manuel Montoliú, que forma en sus filas. Su padre, el gran Manolo Montoliú cayó en esta plaza. Mañana, precisamente, se cumplen 25 años de tan infausto suceso. El hijo del maestro de plata, que ya peina canas, hizo honor a su casta aunque perdió pie a la salida del par. Ferrera le replicó al quiebro y la plaza echó humo. Aún iba a echar más cuando el matador supo convertir la faena en una riña preliminar, en un combate de esgrima después y en una postrera lección de torería que recordó -con otro aire y formas- los mejores tiempos de Paco Ruiz Miguel con esta misma ganadería. Ferrera atacó al toro -que embistió como un puma en los primeros compases del trasteo- y acabó cuajándolo e cabo a rabo en una labor trepidante, siempre emocionante en la que llegó a torear relajado por el pitón izquierdo. La espada entró atrás pero la muerte se demoró. Estaba rozando las dos orejas y cobró una. Es la de más peso que se ha cortado en la Feria. Enhorabuena, matador.

Otra cortó, mucho más endeble y precipitada, el murciano Paco Ureña después de acertar a atacar a otro toro, el tercero, que tenía la virtud de humillar pero no terminaba de romper hacia delante. Ureña lo sobó y le consintió hasta hacerlo romper en un trepidante fin de faena en el que no faltaron naturales a pies juntos. Funcionó el acero y la presidenta no se lo pensó demasiado para sacar el pañuelo. Pero Ureña iba a dejar una impresión desdibujada de sí mismo con el sexto, un toro de cierto fondo y embestida humillada por el pitó derecho con el que nunca se entendió. Ni en el quite estropajoso que respondió a otro brillante y oportuno de Ferrera ni en el deslavazado trasteo posterior. Ojo...

El bombón del encierro fue un quinto que se dejaba el morro por el suelo con temple mexicano aunque le faltó despedirse en los embroques. Escribano le cuajó excelentes tandas de muletazos sin terminar de redondear con la espada. El segundo había sido la clásica alimaña y no le dio opciones. Ah, la corrida duró más de tres horas. El asunto empieza a ser inaguantable.

Plaza de la Real Maestranza

Ganado: Se lidiaron seis toros de Victorino Martín , bien presentados. El primero, acobardado y manso no sirvió; el segundo, orientado y avisado, fue un auténtico regalito; el tercero, que humillaba sin terminar de desplazarse acabó sacando buen fondo. La fiereza inicial del cuarto se acabó trocando en cierta entrega. El quinto sacó clase y humillación aunque le faltó despedirse en los embroques; el sexto de la tarde también se dejó el morro por el suelo por el derecho.

Matadores: Antonio Ferrera, de cielo y oro, ovación y oreja.

Manuel Escribano, de nazareno y oro, silencio y ovación tras aviso.

Paco Ureña, de periquito y oro, oreja y silencio.

Incidencias: La plaza casi se llenó en tarde fresca y un punto ventosa. La banda de Tejera interpretó el pasodoble Manolete en el centenario del monstruo cordobés.


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