domingo, 22 septiembre 2019
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, última actualización

Acto final

Cristina Ramos Rodríguez nos entrega otro de sus excelentes relatos. Como cada fin de semana, nos invita a disfrutar de la literatura en formato de cuento

31 may 2019 / 22:25 h - Actualizado: 31 may 2019 / 22:42 h.
  • ‘Ninguno merecía seguir con aquella agonía. Por el amor que les tenía, debía ser valiente’. / Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘Ninguno merecía seguir con aquella agonía. Por el amor que les tenía, debía ser valiente’. / Imagen cortesía de @deVillamediana

Cuando Amalia entró en la habitación, la claridad del blanco sobre blanco que caracteriza a todas las salas de hospital la deslumbró en un principio. Sus cansados ojos se acostumbraron pronto al resplandor, entonces los vio esperándola con ansiedad. Hacía mucho que no se encontraban, pues, conforme la enfermedad avanzaba, cada vez se hacía más duro el mirarla cara a cara.

Aún recordaba el fatídico momento del diagnóstico, cuando el Doctor García Treviño acompañó aquella sentencia de muerte en vida con una frase que quedaría grabada en la mente de todos: «En las dolencias psiquiátricas no sufre sólo el enfermo, sino toda la familia».

Y qué gran verdad fue aquella. A partir de entonces su vida entera giraba entorno a aquella maldición. Los horarios se regían según las pautas de la ingente medicación, las citas con los médicos, los ingresos hospitalarios. El olor a desinfectante había invadido de tal modo su pituitaria que ya ni lo notaba.

Cuando se levantó aquella mañana supo que era el día indicado. Había decidido tomar las riendas y acabar con aquel sufrimiento. y pensaba hacerlo sin remordimientos, sabiendo que era lo mejor para todos.

Así que decidió despedirse de ellos bailando, algo que habían disfrutado juntos tantas veces y que tanto les gustaba a todos. Se había comprado un altavoz bluetooth para la ocasión y, después de sincronizarlo con su móvil, abrió el Spotify y seleccionó la lista de reproducción que había confeccionado pensando en cada uno de ellos, sabiendo sus distintos gustos musicales.

Con los primeros acordes del Cantajuegos, Luisete se acercó y, tomados de las manos, saltaron al ritmo del Tallarín que tanto había llegado a irritar a Amalia a base de escucharlo hasta la saciedad. Ahora, sin embargo, abrazada a su pequeño, le resultó dulce la musiquilla.

Javier la hizo reír mientras hacía cabriolas entonando la última canción trap tan de moda. En su honor subió el volumen a tope, arriesgándose a que el celador entrara para llamar la atención. Total, era su última vez, ¿qué le importaba?

Susana se contoneó al ritmo de la salsa que acompañaba sus clases diarias de zumba y Amalia admiró la coordinación de sus movimientos. La alegre Susana y su parloteo incesante.

Cuando llegó el turno de Andrés y, mientras se balanceaban al son de un bolero de los Panchos, recordó por qué se enamoró perdidamente hace ya tantos años. Y también se afirmó en su decisión de acabar de una vez con todo ese sufrimiento. Ninguno merecía seguir con aquella agonía. Por el amor que les tenía, debía ser valiente.

Desde el rincón más alejado Enrique se aproximó con mirada torva. A Amalia no le apetecía bailar con él, pero se había prometido que, una vez más, se recordaría que también era parte de su vida, al igual que los demás.

—Al fin te has dignado a venir— susurró a su oído mientras la hacía girar en un acelerado vals, sabiendo perfectamente cuánto la mareaba aquel tipo de baile.

—Sí, para celebrar que hace tanto que no nos vemos he traído un vino, así podremos brindar una vez más.

—Me apetece, hace mucho que no brindamos con vino con todo el tema de la medicación. ¿Nos dejarán beber?

—No tienen por qué enterarse— contestó Amalia sacando botella y copas de una bolsa.

Sirvió una para cada uno, brindaron y, tras el primer sorbo, se quedó observando su reacción.

—¿Qué has hecho, maldita? ¿Qué nos has dado?—gritó Enrique en su agonía.

—Mami, me duele la barriga.

—Tronca, no veas qué subidón me está dando el vino.

—Ay, Amalia, cuánto has tardado en decidirte, no puedo reprochártelo.

—Amor, gracias por hacer esto por mí—susurró Andrés mientras le acariciaba la cara. Has sido mi única razón de vivir desde que tuve el primer brote. No llores, lo entiendo, no te culpo.

Amalia les dijo adiós a todos, liberándolos de la prisión que suponía vivir juntos en un solo cuerpo y, con un último beso, remató la copa de vino. No le resultó tan amargo el sabor del cianuro como el amargor de los últimos quince años.


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