martes, 12 noviembre 2019
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Anna Netrebko: Una voz preciosa rodeada de escombros

No son pocos los que defienden que el criterio nunca puede formarse a base de dinero. Consumir cultura no es lo mismo que participar de ella y ocupar localidades en un teatro no te convierte en aficionado a la ópera, la zarzuela, la obra de Lorca o cualquier otra cosa. Estás allí, pero no formas parte del conjunto aunque aplaudas rabiosamente

02 nov 2019 / 08:37 h - Actualizado: 02 nov 2019 / 20:43 h.
  • Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en el Teatro Real de Madrid. / Javier del Real
    Anna Netrebko y Yusif Eyvazov en el Teatro Real de Madrid. / Javier del Real

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La tarde del Día de Todos los Santos invitaba al refugio entre corcheas. Esas nubes teñidas de gris opaco y tristón que salpicaban el cielo de Madrid amenazaban con un otoño intenso que no acaba de llegar. Pero la invitación era clara.

El público, que ocupaba casi en su totalidad el aforo del Teatro Real, se lo quería pasar en grande; la mayoría quería poder salir del recinto y poder pensar que algún día diría ‘yo estuve allí’. Así que el objetivo era disfrutar sin control alguno. Aplaudir sin filtros en momentos inadecuados, hacer lo necesario para amortizar el precio de la entrada. El criterio fue el gran ausente del recital de ayer.

No estaba ni se le esperaba a ese criterio, pero si estaba de una manera forzada el marido de Anna Netrebko, Yusif Eyvazov, un tenor mediocre que se defendía como podía, abriendo y cerrando el diafragma a lo loco, para que se notase lo menos posible que no pintaba nada sobre el escenario. Si Anna Netrebko entusiasmó en sus tres arias en solitario (la forma de cantar el aria de Giacomo Puccini «O mio babbino caro» puso los pelos de punta a más de uno), si la diva era capaz de llenar el escenario con una voz perfectamente modulada, de una belleza descomunal en las zonas medias y altas; el tenor se difuminaba en cuerpo y alma cada minuto que pasaba.

Anna Netrebko: Una voz preciosa rodeada de escombros
El barítono británico Christopher Maltman en el Teatro Real de Madrid. / Javier del Real

El barítono británico Christopher Maltman, por su parte, estuvo acertado, valiente, arriesgando todo lo que tenía a mano. Fue capaz de superar con nota sobresaliente cada cosa que hizo, incluida una interrupción al saltar la alarma de incendios (¿?). Cantó muy bien y fue infinitamente generoso.

El repertorio se sustentaba sobre la música de Verdi. Toda la primera parte del recital sonaba su música. Los veristas coparon la segunda (Verdi también estaba, claro; y Franz Lehár se colaba de rondón). La orquesta, con un impetuoso Denis Vlasenko buscando matices predecibles de principio a fin, estuvo a la altura esperada aunque sin grandes alharacas.

Anna Netrebko es una cantante maravillosa y escuchar a esta mujer es un privilegio para cualquier aficionado. Es incomprensible que convierta sus recitales en conciertos de baratillo para conseguir notoriedad de un cantante que no brilla ni brillará nunca. Las voces pequeñas lo son por siempre jamás.


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