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Apisonadora ‘Die Soldaten’

El Teatro Real acoge, a partir del 16 de mayo, siete funciones de la única ópera de Bernd Alois Zimmermann, composición fundamental de la vanguardia del siglo XX que sube a escena con el firme deseo de estremecernos y emocionarnos

12 may 2018 / 09:00 h - Actualizado: 13 may 2018 / 18:32 h.
  • A la izquierda, imagen de la producción de Die Soldaten firmada por Calixto Bieito que podrá verse en el Teatro Real de Madrid. A la derecha, fotografía del compositor Bernd Alois Zimmermann, autor de la ópera. / El Correo
    A la izquierda, imagen de la producción de Die Soldaten firmada por Calixto Bieito que podrá verse en el Teatro Real de Madrid. A la derecha, fotografía del compositor Bernd Alois Zimmermann, autor de la ópera. / El Correo
  • Apisonadora ‘Die Soldaten’

¿Qué ópera esperar de Bernd Alois Zimmermann (1918-1970)? ¿Qué ópera aguardar de quien fue obligado a alistarse en el ejército con 21 años para participar en la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué música pudo concebir quien regreso de la contienda con los pulmones llenos de plomo y la mente trastornada? ¿Qué ópera pudo componer quien cinco años después de su estreno acabaría suicidándose? Die Soldaten (Los Soldados) es la respuesta. La ópera más importante del siglo XX después de Wozzeck llega al fin a España con siete funciones que, entre el 16 de mayo y el 3 de junio, ofrecerá el madrileño Teatro Real en una producción, firmada por Calixto Bieito, y proveniente de la Komische Oper de Berlin y la Opernhaus de Zúrich.

«¿Hay razones para esperar? No, solo la muerte». Así reza el epitafio de Zimmermann. Fue su último alarido. Atrás dejó una vida marcada por el dolor y por la opresión que el compositor volcó en un conciso legado de obras de profundo pesimismo y austeridad (Ekklesiastische Aktion, Photoptosis) y con una gema de feroz radicalidad, diferente a todo lo que los más implacables vanguardistas habían compuesto hasta la fecha, el abrasivo Réquiem por un joven poeta (1969). Pero Die Soldaten es otro mundo, en el que no existe resquicio para la belleza, solo para el dibujo sonoro de un mundo destripado por la guerra y los totalitarismos. Escrita para 16 cantantes, diez actores, bailarines, coro, una orquesta con más de 100 músicos –que incluye banda de jazz y 13 percusionistas–, además de utilizar sillas y mesas como percusión, banda magnética, sonidos de guerra y proyecciones, no es de extrañar que la Ópera de Colonia (Alemania), de donde surgió el encargo de su composición, la juzgara irrepresentable. Un mazazo. Otro más para Zimmermann. Quien había ido demasiado lejos incluso en una época de aguerridos vanguardistas. El compositor, además de sus enormes demandas, buscó aniquilar el tiempo y la narratividad, negando las tres unidades dramáticas clásicas (acción, lugar y tiempo), proponiendo una simultaneidad de situaciones.

Pero su momento ha llegado. O eso parece. En Colonia, allí donde acabaría estrenándose en medio de una enorme polémica y con la partitura reducida, hace semanas vio la luz una nueva producción de Los Soldados, confiada a La Fura dels Baus y cumpliendo escrupulosamente los deseos de Zimmermann de un teatro específico (redondo) para mostrarla. En el Real, con Pablo Heras-Casado en el foso, Bieito, en la dramaturgia, hace lo que mejor sabe hacer, sacudir al espectador con una brutalidad descarnada. Solo que aquí tiene carta blanca, la que le propicia el autor de Ommia tempus habent, pero también la que alberga el propio relato homónimo de Jakob Lenz (1751-1792). Nos habla acerca de la degradación de una mujer, Marie, en manos de soldados; un descenso abismal en la escala social, desde su frívola inocencia cuando es novia de Stolzius, hasta convertirse en una prostituta vejada por los militares y, finalmente, en una mendiga que ni su propio padre logrará reconocer al verla.

«¿Cuáles son las exigencias de una ópera moderna? Ópera significa teatro total, ese el camino para afrontar hoy la ópera, para lo que se requiere una concentración de todos los medios dramáticos disponibles con el fin de lograr la comunicación en un espacio creado especialmente para tal fin. En otras palabras: arquitectura, escultura, pintura, teatro musical, teatro hablado, ballet, cine, micrófonos, magnetófonos y técnicas sonoras, televisión, música electrónica, música concreta, circo, el musical y todas las formas del movimiento teatral combinadas para articular el fenómeno de la ópera pluralística», así argumentó Zimmermann las razones formales para construir Die Soldaten. Y, en este afán de pluralismo, es donde el compositor va a asentar su insobornable personalidad, muy diferente de la de dogmáticos rupturistas que hicieron de la investigación la única razón de su quehacer sonoro. Como en tantos otros creadores (Duchamp, Cage, Nono, Vostell...) el binomio arte y vida deviene en una conjugación fundamental. «El fin propuesto en esta ópera no es solamente mostrar el fin de la humanidad, entendida como piedad, la de Zimmermann es la ópera del Apocalipsis», consideró el director de orquesta Hans Zender, quien presentó la obra en Lyon en 1983. Y en su afán totalizador (no lejos, por cierto, de la Gesamtkunstwerk wagneriana, de la obra de arte total), el compositor utilizó todo lo que tenía a su alcance, desde luego que empleó la rigidez de las series dodecafónicas, pero también recurrió a corales de Bach, al jazz, al singspiel, al cabaret, a la electrónica; todo con la pulsión de aplastar a las voces –no por nada en la producción de Madrid veremos a la orquesta ubicada en un andamio sobre los intérpretes–. Los cantantes se expresan en un tono furibundamente crispado, allá donde el canto comienza a confundirse con el grito. Todo es excesivo en Die Soldaten, donde se aspira, como puede que en ninguna otra ópera, a superar los límites históricos del género; dilapidando ese burgués concepto de lo lírico como sinónimo de la belleza. En el conglomerado de Zimmermann ahogaremos nuestros oídos en un baño de realidad que nos vuelve a demostrar que la ópera es un artefacto que puede conectarnos con nuestros más terribles fantasmas.


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