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«Blanco en blanco»: La maldad, la obsesión y el toque artístico

Ir al cine es muy seguro. Y es un lugar en el que podemos llegar a lugares improbables. Uno de esos lugares es el que propone el realizador Theo Court en ‘Blanco en blanco’, una película dura aunque bella en su violenta coherencia

02 ago 2020 / 19:15 h - Actualizado: 02 ago 2020 / 19:37 h.
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  • La película muestra muerte y mil razones para escandalizarse al pensar en la condición humana. / El Correo
    La película muestra muerte y mil razones para escandalizarse al pensar en la condición humana. / El Correo

Cuando el espectador se sienta en su butaca y puede ver la primera escena de «Blanco en blanco» sabe que se ha subido a un tren en el que las zonas más oscuras del ser humano son compañeras de viaje, sabe que va a asistir a un espectáculo en el que la belleza será protagonista aunque no suavizará el horror que se va a narrar, sabe que la estética de la violencia le va a revolver las entrañas.

Parece ser que un tal Julius Porter, un rumano que a finales del siglo XIX quería hacerse rico a base de encontrar oro en lugares inhóspitos, llegó a Tierra de Fuego y se convirtió en un gran latifundista. Fue uno de los mayores responsables del exterminio de la tribu de los selknam. Como de costumbre, el hombre blanco llegaba para arrasar con todo para imponer su orden. Y desde aquí arranca la película de Theo Court. Muerte y mil razones para escandalizarse.

A través de la lente de un fotógrafo que llega a Tierra de Fuego para fotografiar la boda de Porter, vamos a descubrir un genocidio y cómo la niñez se puede despojar de todo lo que representa para convertirse en un lugar en el que la perversidad acampa con naturalidad. Porque nos enseñan cómo mataban sin compasión a los indígenas y cómo las niñas indias eran tratadas como objetos, y como las niñas (indias y no indias) se convertían en esposas mucho antes de tiempo. El fotógrafo, encarnado por Alfredo Castro (excelente actor), se empeña en encontrar esa belleza que guarda la violencia y se encuentra con sus propias obsesiones.

«Blanco en blanco»: La maldad, la obsesión y el toque artístico
Las niñas tienen un papel protagonista en esta película de Theo Court. / El Correo

La película es, técnicamente, una maravilla. La fotografía y el sonido son espléndidos y estar frente a la pantalla se convierte en una experiencia única que envuelve por completo la consciencia. La dirección actoral es cuidadosa y logra que todo el reparto cumpla con facilidad.

Sin embargo, no hay forma de entrar de lleno en lo que nos cuentan; todo es hermético. No sabemos casi nada de nada y eso no nos permite querer ir más allá de lo que vemos. Ese es el gran problema de la película. El espectador puede sentirse incómodo porque lo que se le dice es que el ser humano es capaz de cualquier cosa y que cualquiera puede verse envuelto en una situación endiablada sin saber bien la razón; el espectador sufre imaginando la brutalidad, pero no puede acompañar a los personajes, ni sentir lo que ellos.

«Blanco en blanco» es una buena opción para este verano. Porque la película, a pesar de todo, merece la pena. Eso sí, no vayan un día que se sientan deprimidos. La película es dura.

«Blanco en blanco»: La maldad, la obsesión y el toque artístico
Cartel de ‘Blanco en blanco’. / El Correo

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