sábado, 21 septiembre 2019
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‘Capriccio’: Ver las cosas. Entender esas cosas

El Teatro Real de Madrid se encuentra sitiado desde hace unos días. Los aficionados al fútbol han ido tomando posiciones, las emisoras de radio han instalado todo lo necesario para contar cómo se va a a desarrollar todo lo que rodea una final de Champions League. Pero de puertas hacia adentro, en el Teatro Real todo huele a ópera, a tranquilidad, a una forma exacta de entender las cosas desde un pentagrama

01 jun 2019 / 08:45 h - Actualizado: 01 jun 2019 / 09:02 h.
  • La soprano Malin Byström logra un trabajo extraordinario. / Javier del real
    La soprano Malin Byström logra un trabajo extraordinario. / Javier del real

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Capriccio es la última ópera compuesta por el magnífico Richard Strauss, es una ópera que se arma sobre un libreto firmado por Joseph Gregor, el propio Strauss y Clemens Krauss. La idea original fue de Stefan Zweig, el gran autor judío que se suicidó antes de que la obra se estrenase en la Staatsoper de Múnich el año 1942. Es ese libreto un texto más que interesante en el que se indaga en lo que representa la música, la palabra y cualquier elemento que influya en la construcción de la obra. ¿Se arma sobre el libreto, como he apuntado antes, o sobre la partitura? ¿Qué es más importante? Strauss no desvela con nitidez qué es lo que piensa aunque escuchando la parte final de Capriccio parece que se inclina por la música (qué emocionante y qué bella). Dado que el ejercicio intelectual que propone Strauss es exigente, el compositor tira de relaciones amorosas que sirven de metáfora (tampoco el personaje femenino principal puede decidirse entre los dos hombres a los que ama de forma simultanea), tira de fina ironía y de guiños divertidos y evocadores a la ópera clásica francesa e italiana, a la música de Mozart...

‘Capriccio’: Ver las cosas. Entender esas cosas
La escena de los ocho mayordonos está resuelta magistralmente. / Javier del Real

La puesta en escena de Christof Loy es tan cuidadosa con los detalles como con la dirección actoral. Los arcos dramáticos de todos los personajes se amplifican y desarrollan con cada nota que sale del foso y con cada gesto que hace el artista. Todos los cantantes, las bailarinas, los ocho criados, todos sin excepción, están fantásticos. Loy no deja nada en manos del azar y el espectador siente que le regalan algo único y de gran valor.

En el foso, Asher Fisch saca lo mejor de la Orquesta Titular del Teatro Real de Madrid. Y la música envuelve con sumo cuidado el trabajo de los cantantes. Delicado, Fisch hace una lectura seductora y preciosa de la partitura. Los músicos solistas sobresalen como pocas veces.

La soprano Malin Byström, mostrando un dominio técnico de su voz en todos los registros y comodísima en unos medios suaves y acogedores, factura un personaje (condesa Madeleine) con solvencia absoluta. El barítono André Schuen, de voz robusta y arranques sólidos, alejados de cualquier duda vocal posible, agrada mucho trabajando los altos con precisión. Norman Reinhardt se tiene que defender abriendo el diafragma más de lo deseable ante una partitura correosa para su papel. Encanta Christof Fischesser que interpreta el papel de La Roche; encanta por su voz asentada y por ser el personaje más redondo de la obra. El resto muy, muy, bien. Sin excepción.

Es una maravilla cómo se desarrolla todo sobre las tablas, en un escenario casi espartano en el que el espejo opaco nos recuerda la paradoja del tiempo que ya dictaron los griegos clásicos. El pasado es inasible porque el tiempo no existe. El pasado ya no es; el futuro todavía no es; el presente deja de ser antes de poder pensarlo porque se convierte en pasado instantáneamente. Lo que quedan son las dudas sobre el arte, los amores que todo lo ordenan aun estando sin resolver por siempre jamás. Con Capriccio el público se siente aludido de forma expresa durante una representación preciosa y esa alusión es la guinda del pastel.

Los aplausos fueron muchos, cariñosos, persistentes y muy merecidos.

Una enorme copa de plástico luce en el centro de la plaza de Oriente de Madrid. Los aficionados a la ópera nos encontramos con los hinchas de los equipos ingleses que disputarán la final de la copa de Europa. Beben cervezas y cantan bastante peor que los que acaban de bajar del escenario del Teatro Real. Aunque he de reconocer que tienen su atractivo porque beben y cantan como si no hubiera mañana.


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