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Cuento para el verano: Fin de mes

31 ago 2021 / 00:02 h - Actualizado: 30 ago 2021 / 14:56 h.
"Literatura - Aladar"
  • Cuento para el verano: Fin de mes

Lo bueno de este martes, para Eustaquio Ventolín, era que coincidía con fin de mes. Saldría de trabajar, iría a su cajero y se encontraría con sus 1.435 euros contantes y sonantes, más los 15 euros con los que había conseguido llegar sin endeudarse. Él sabía que era un breve espejismo porque a la mañana siguiente la hipoteca, el garaje de su coche, la luz, el agua, el móvil, la tele, y un par de cuotas más, lo iban a dejar con menos de la mitad, pero el 31 por la tarde siempre era un día feliz, una tarde y noche para soñar. Y para gastar. Tenía ganas de sacar 90 euros y caminar por la calle con su cartera llena, como un hombre pudiente, y tomarse un arroz en paella en La Casa de Valencia.

Cuando salió de su trabajo a las tres, caminó sólo unos cien metros y llegó al cajero de su banco. “Fuera de servicio”. Leer ese mensaje en la pantalla le enfadó. Esto era una gran incomodidad porque la siguiente sucursal estaba bastante lejos, como a veinte minutos andando. Y ya tenía hambre y si iba hacia esa sucursal se alejaría de su paella soñada. Probó en el cajero de otro banco. Sabía que algunos habían llegado a un acuerdo recientemente. El cajero del otro banco le avisó de que le cobraría cuatro euros y medio por darle 90. Pulsó violentamente el botón de “Cancelar” y se dispuso a caminar 20 minutos bajo el sol de primavera.

Caminando empezó a fantasear con otros lugares a donde ir a comer que estuvieran más cerca: la pizzería Il Calabrese; el argentino “Bifecito”; o la Salchichería de Gunter. Cuando por fin llegó al cajero, una chica estaba golpeando la pantalla: “¡Estafadores!, ¡ladrones!”, gritaba. “No lo rompa”, acertó a decir Eustaquio. “Me cobran cuatro euros y medio por sacar cincuenta euros”, dijo la chica. “Creo que a mí no, porque es mi banco. Pero me acaba de pasar y la comprendo”. “Saque, saque usted”, le dijo. Y Eustaquio metió su tarjeta y antes de poner el pin salió un mensaje en la pantalla: “Tarjeta caducada. Consulte con su sucursal”. Y no se la devolvió. Fue ahora Eustaquio quien empezó a golpear la pantalla. La chica, al oír los ruidos se volvió. La pantalla se rompió produciendo un gran sonido y Eustaquio echó a correr a sus cincuenta y tres años disimulando y con pasitos pequeños. Ella empezó a reír y se puso a su la lado. “Malditos bancos, ¿no?”, le dijo. “Es MI dinero” dijo él. “Y ahora no tengo ni para comer”. “¿Y qué va a hacer?”, le preguntó ella. “Ir a mi casa y buscar la VISA, esta era una Master. Yo quería darme un paseo con mi cartera llena, sin agobios, sabiendo que lo estaba haciendo bien, pero todo está demasiado tecnificado y deshumanizado”. “Pero me ha conocido a mí”. “Claro, encantado. Si soy un tonto, no sé para qué quiero darme ínfulas si no le importo a nadie”. “Eso lo hacemos todos”, dijo ella. “No te preocupes”. Y él se dio cuenta de que ella le tuteaba por primera vez. “Te acompaño a por la VISA”. Pero ya no le hizo falta en toda la tarde: subieron a su casa, él le preparó pasta, tomaron un buen vino y él le enseñó las plantas de su terraza. Escucharon la radio sentados al atardecer y oyeron un cuento de una pareja que se parecía a ellos: él había querido sacar dinero del cajero porque era fin de mes y ella había golpeado el cajero porque le cobraba una gran comisión. Se rieron al verse reflejados. El cuento terminaba con ellos en una terraza viendo el atardecer y haciendo el amor después. Entonces se miraron expectantes.


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