martes, 12 noviembre 2019
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El borracho que acabó bebiendo agua con gas

12 may 2019 / 00:35 h - Actualizado: 12 may 2019 / 01:09 h.
  • ‘No bebemos porque queremos, si no porque no sabemos hacer otra cosa’./ El Correo
    ‘No bebemos porque queremos, si no porque no sabemos hacer otra cosa’./ El Correo

John y Mary a menudo se reunían en el bar de la calle más céntrica cercana a sus casas, ambos vivían ciegos y estaban desesperados, salvo eso tenían pocas cosas en común. El camarero Alfred sabía que a las siete en punto de la tarde esas dos almas solitarias entraban en su local. De alguna forma era la manera de ponerse a punto, de prepararse para trabajar la noche a plena luz. Siempre que, tras pedir su copa y charlar un rato sobre la vida, conseguían irse a sus casas, el local se le llenaba a Alfred de gente extraña aunque gente al fin y al cabo, lo cual era una alegría; ver entrar gente, después del solitario día de aburrimiento al que solía estar sometido aterido de frío y solo, era una alegría.

Pero ese día, la cosa iba a ser distinta. John se lo iba vaticinando pues amenazaba al barman con llenar de mendigos el local. Aquel día fue peor porque los designios del divino son inescrutables y porque todo está sujeto al más profundo cambio cuando menos te lo esperas; quiero decir que en un bar pasan cosas, y con gato encerrado o sin haberlo, a veces basta un trago de agua con líquido lavavajillas para tener el esófago jodido una buena temporada. De eso sabían John y Alfred, quienes por estar sometidos a un régimen que sólo le permitía tomar agua con gas al primero, y por oficio al segundo, veían peligrar su vida amorosa el primero y su trabajo el segundo.

Mary trabajaba de dependienta en una tienda del centro. Su vida eran los guantes, los vendía con mucha soltura y además la casa a la que representaba le regalaba diez pares cada Navidad. Antes de conocer a John, se paseaba por el local con bolsas de plástico llenas de guantes que regalaba a quién quería. Mary era agradable y elegante, solía vestir una americana y llevaba corbata fina de cuero que le dividía su escote prominente. John era más tímido, aunque a pesar del agua con gas, sentía abultada la entrepierna cada vez que la veía; en cierto modo era su sueño hecho realidad, algo que sin buscar, tenía a mano, sin compromisos ni ataduras; de algún modo, ni John era de Mary, ni Mary de John.

Y digo que ese día no fue como los demás porque el primer habitual de la noche que llegaba siempre que la pareja había marchado, ese día, llegó justo en el momento en que ambos conversaban. El tipo en cuestión era un borracho común que se empezó a meter con John porque no bebía alcohol, además parecía estar obsesionado con que todo el mundo le miraba, pues desde que había conseguido publicar una novela (que más de tres veces repitió, merecía un Pulitzer) sentía la paranoia de hombre acosado. El tipo siguió dando un discurso sobre lo que es un verdadero escritor y su adscripción gremial a un oficio, como resorte inexistente; además decía que para ser escritor había que haber nacido en un barrio pobre, haberlas pasado canutas en la infancia y merecerlo; vaya que además de ser escritor, el tipo se afanaba en decir que no basta con leer «Los tres mosqueteros» a los diecisiete años, sino que el escritor es carne de suburbio, debe haber coqueteado con las drogas y si ni adivina a lo que sabe el Campari, es que no tiene ni puta idea de lo que es la vida.

- Ya lo dijo el poeta, donde hay vino beben vino, donde no hay vino, agua fresca.

Entonces John se decidía a no tomarse en serio y le ofrecía parte de su botella de agua con gas.

Durante un tiempo, la figura del escritor les pareció enigmática, por lo que John y Mary siguieron yendo allí; había días en que realmente el tipo estaba inspirado de sí mismo y su elocuencia, atribuible en otras ocasiones al alcohol, parecía tan medida y meticulosamente estudiada como lúcida. El tipo denostaba a los intelectuales y decía que ellos tampoco sabían lo que era la vida.

Fue otro día cualquiera cuando el tipo entró en el bar mendigando y vendiendo poemas a cambio de la voluntad. Como Alfred lo conocía, le dejaba entrar, pero fue cuando empezó a robar carteras y llevarse dinero de la caja mientras él se metía en la cocina, cuando el camarero decidió tomar medidas. Cada vez bebía menos y hablaba más, de algún modo su incontinencia verbal parecía no sólo deberse a los efluvios del alcohol.

Mary, más por piedad que por pasión, empezó a sentirse atraída por él, lo que hacía que John sintiese unos celos extraños que le llevaron a beber cerveza.

Fue entonces cuando el filósofo Alfred sentenció:

- No bebemos porque queremos, si no porque no sabemos hacer otra cosa.

John se cabreó, aquella frase oída en una película sobre Bukowski le sonaba remotamente, y descubrir que el tipo en realidad era un farsante, no le llevaría mucho tiempo, al fin y al cabo el tiempo le había convertido en un experto de cómo otros eran capaces de levantarle a mujeres como Mary.

Para ello, preguntó al barman cual era ese líquido inframundano que le hacía tan lúcido a aquellas primeras horas de la noche, que a Alfred tenía subyugado, al fin y al cabo, los que jamás bebimos o tuvimos la mala suerte de que al pedir la cañita no nos pusieran ni siquiera una tapa, necesitábamos de estos reductos de conocimiento de la propia inconsciencia.

Apareció Mary con su bolsa llena de guantes, pero el escritor que estaba filosofando a una botella de ron vacía sobre las alegrías de la absenta, no le hizo el más mínimo caso. Lo mejor de un hombre y de una mujer se vieron interrumpidos por una botella de Perrier de menos de medio litro, lo que a Mary le hizo tirar con fuerza los guantes al suelo y maldecir al ser humano en general y al oficio de escritor en particular por los restos. Media vida leyendo a los llamados poetas y escritores malditos, y todo para que prefiera a Alfred antes que a una mujer de verdad, de las de rompe y rasga, que diría su madre. El escritor que demostró tantas ínfulas con las citas más oportunas en su momento, se fijó en la estrategia de seducción de John, ese agua con gas, por el que pasó directamente a la abstinencia o a beber siquiera una copita de cerveza (con tapa eso sí). Por otro lado, John se hizo cuentista, oficio que hasta el momento gozaba de mala reputación.


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