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El corazón de las tinieblas, el pez plátano y Marie

Programar una ópera como ‘Die Soldaten’ de Bernd Alois Zimmermann es una apuesta arriesgada, una apuesta que la dirección artística del Teatro Real ha asumido como propia y, con toda seguridad, sabiendo que supone llevar todo cerca de los extremos. No se representa una obra así sin hacer un enorme esfuerzo por parte de todas las personas implicadas

26 may 2018 / 08:35 h - Actualizado: 25 may 2018 / 12:24 h.
"Ópera"
  • La soprano Susanne Elmark logra una interpretación notable en todos los sentidos. / El Correo
    La soprano Susanne Elmark logra una interpretación notable en todos los sentidos. / El Correo
  • La distribución del músicos y cantantes es verdaderamente compleja. / El Correo
    La distribución del músicos y cantantes es verdaderamente compleja. / El Correo
  • El horror y la degradación de las personas son protagonistas en la ópera de Zimmermann. / El Correo
    El horror y la degradación de las personas son protagonistas en la ópera de Zimmermann. / El Correo

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J. D. Salinger publicó nueve relatos el año 1953 dentro de un mismo volumen. Uno de ellos lo tituló Un día perfecto para el pez plátano (A Perfect Day for Bananafish). En ese texto se habla de un personaje mítico de este autor, de Seymour Glass, el mayor de los hermanos de una familia creada por Salinger. Seymour ha pasado por el campo de batalla puesto que fue reclutado para participar en la II Guerra Mundial; Seymour ha sido capaz de aprender el idioma alemán para poder leer la poesía de Rilke en su idioma original; Seymour es un artista con cierto talento que no soporta el entorno puesto que le parece hostil y un espacio imposible de ocupar sin acabar muerto poco después. Salinger no sabía que estaba escribiendo un relato que podría servir de biografía parcial del compositor Bernd Alois Zimmermann. Los finales de ambos son idénticos.

Es evidente que alguien atormentado dibujará un universo alejado de la belleza, de la alegría y de las florecillas que crecen en el campo y parecen dibujadas con primor. Es evidente que lo que salga de una mente atormentada tenga mucho que ver con el horror (el horror que tiene que ver con Kurtz, personaje de de El Corazón de las tinieblas, la excelente novela que escribió Joseph Conrad).

Y con estas premisas llegaba, el que escribe, al Teatro Real. Madrid se ha empeñado en hacer del refranero un valor seguro y parece querer obligarnos a llegar hasta el cuarenta de mayo sin que podamos quitarnos el sayo, pero no deja de ser agradable y emocionante caminar en busca de sensaciones que solo pueden encontrarse sobre un escenario.

Alguien debería tratar de explicar cómo fue, qué pasó, por qué dejamos que ocurriera que la importancia de los músicos, de los cantantes y del director musical, dejase de ser fundamental. Parece que ahora eso no es lo más importante. Y tratándose de ópera la cosa es, por lo menos, sorprendente. Parece que, ahora, lo que importa es que el director de escena se luzca, haga una lectura única, original, inverosímil o demoledora. Cualquier cosa menos una lectura ajustada a lo que el compositor pensó en su momento. Y digo esto porque Calixto Bieito resulta aburrido. Nos deja sobre el escenario más de lo mismo. No escandaliza, no causa perplejidad. Ni siquiera aporta nada a lo que ya dice la partitura o el libreto. Excesivo, injustificable. El final de la ópera se desarrolla entre un exceso de sangre y líquido pastoso que produce náuseas que nos hace pensar en la película Carrie. Y entre mazazos sobre las paredes del escenario que nos hacen pensar en un concierto de The Who. Nada que ya no hubiera pasado durante las dos horas y media de ópera. Pero, por si acaso alguien no se ha enterado, más sangre y más violencia. Antes uno de los personajes se ha guardado las bragas de una mujer dulce e inocente. Detalles que ya vimos o intuimos en producciones anteriores dirigidas por Bieito. Ya nos sabemos esta forma de hacer las cosas y si no hay cambios la cosa se pone aburrida.

Pablo Heras-Casado dirige con tesón la Orquesta Titular del Teatro Real. Ciento veinte músicos distribuidos en unos andamios que descansan sobre el escenario del Teatro Real. Los cantantes se colocan sobre las tablas que cubren el foso. Heras-Casado queda de espaldas a ellos y un ayudante dedica su esfuerzo a dirigir a los cantantes (muy bien y de forma tan vistosa como atractiva para los que no están familiarizados con el mundo de la ópera). Aunque cualquier otra distribución del conjunto parece complicada, habría que preguntar al director musical si le hizo mucha gracia no poder hacerse cargo de esos cantantes, de algunos percusionistas y de los músicos que forman una banda de jazz. En cualquier caso, los músicos hacen un esfuerzo mayúsculo y sacan adelante una partitura realmente complicada por su aspereza. Pablo Heras-Casado hace un trabajo francamente bueno. Otra cosa es valorar la distribución de los músicos sobre los andamios. Algunas secciones quedan alejadísimas y el sonido tiende a difuminarse de forma grosera. Pero, en esta ocasión, hay que comprender que la cosa era difícil y que bastante han logrado hacer en un teatro como este que tiene sus limitaciones espaciales que son, además, ineludibles.

La obra de Bernd Alois Zimmermann tiene vocación de obra de arte total. Para ello, busca una dramaturgia seria y con sentido, mezcla elementos musicales improbables (del jazz a las series dodecafónicas pasando por la música de cabaret). Habla del destino como imposible puesto que Zimmermann, buen conocedor de la filosofía escolástica que no es otra cosa que una relectura de la griega clásica, parte de una paradoja que los filósofos más antiguos construyeron con el tiempo como protagonista. El pasado ya no está, el futuro está por venir y el presente se nos escapa antes de poder pensarlo. Parte de ese territorio y destroza el tiempo, el espacio, el entorno. El mundo salta por los aires porque el mundo no puede ser el mundo.

Todo esto nos lleva a una partitura exigente con los cantantes que se mueven en la frontera entre canto y grito. La soprano Susanne Elmark se pasa la obra entera subiendo y bajando entre tonalidades imposibles. El resto de cantantes se somete a una forma de interpretar peligrosa y que, si la técnica de canto no es adecuada, te puede destrozar. Un cantante de corte más verdiano, está perdido. El caso es que todos los cantantes están francamente bien y que el arco interpretativo que les toca defender lo convierten en un logro más importante que otra cosa dada la dificultad que tienen todos. Destacan Reinhard Mayr, Hanna Schwarz con un papel muy corto y, como ya he dicho, Elmark.

Bernd Alois Zimmermann no deja títere con cabeza. La degradación de las personas hasta que son destruidas, un mundo imposible, los tonos grises con los que se decoran cualquiera de las épocas en las que el hombre ya pisaba el planeta Tierra, son algunas de las cosas con las que el espectador se encuentra. No es extraño que algunos se levantaran a los diez minutos y que otros escapasen en el descanso (un tiempo que nos podían haber ahorrado puesto que no era necesario parar). No todo el mundo quiere que le coloquen frente al horror. Pero lo que nos quedamos asistimos a un espectáculo que sin ser maravilloso resultó más que interesante.


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