El flamenco que narra

Después de haberse estrenado en España en el Festival Flamenco On Fire 2015 de Pamplona, volvió ‘El encierro de Ana Frank’, de María Juncal, a los escenarios de España; en esta oportunidad a Madrid, al Teatro Fernán Gómez, y dentro de la programación de otro Festival: el Flamenco Madrid 2016.

21 jun 2016 / 16:53 h - Actualizado: 21 jun 2016 / 17:05 h.
  • Una obra universal que está acostumbrada (lamentablemente) a mostrarse mucho más fuera de nuestro país (Dinamarca, Holanda, Bélgica...) que dentro. Ahora en el Flamenco Madrid 2016.
    Una obra universal que está acostumbrada (lamentablemente) a mostrarse mucho más fuera de nuestro país (Dinamarca, Holanda, Bélgica...) que dentro. Ahora en el Flamenco Madrid 2016.

El encierro de Ana Frank es teatro, es danza; rebasa los elementos del flamenco, duplica, triplica..., incrementa la apuesta, y representa con total libertad de mezcla, técnicas, recursos, géneros, el encierro: paradoja que hace sentido, y se hace sentir el drama en el sentido.

En la música, no es sólo guitarra o cajón el instrumento, también violín y clarinete; ni es sólo martinetes ni el cante sino también el canto de la chanson alemana y hasta la canción en yiddish lo que suena y se baila.

María Juncal es Ana Frank. Los músicos a un lado y ella sola en el centro del escenario con una escenografía que es un biombo del que cuelgan dos atuendos: femenino y masculino, con la estrella de David. Otros elementos son: la radio y el diario. De la radio salen los discursos en alemán que aterran, que encierran, que asfixian; en el diario está la posibilidad del decir. Y en el cuerpo de María, que ya es Ana, el baile, que más que coreografía es puro movimiento que narra: dice desesperación como también ilusión y esperanza.

No todo el baile es flamenco y del flamenco resalta sobre todo el zapateado. Brutales momentos de clímax en los que el zapateado grita lo que el diario tarda más palabras. El flamenco también narra.

Ana sueña porque está viva y es joven. Mientras la guerra arrebata la posibilidad de existir, pensar y ser, la posibilidad de una identidad, ella se disfraza de diva y canta Lili Marleen, la canción popular de la guerra, como símbolo de la libertad y de las posibilidades del arte, es decir, de lo que no, mientras el fascismo sigue adelante.

María Juncal se deja el cuerpo y el alma sobre el escenario. Las voces de Mayte Maya y Juan Carlos Triviño hacen vibrar esta historia que desde el presente no puede ser entendida nunca como pasado, sino que debe ser escuchada, leída, bailada, ¡vivida!, como memoria.

María Juncal hace memoria. Se lamenta un poco que esa memoria tenga mucha mejor acogida en el extranjero que dentro de España, donde tuvo muy pocas oportunidades esta obra de ponerse en escena, y ninguna de hacerlo por fuera de la programación de un festival de flamenco. Hace cuatro años que la obra es un éxito, pero no precisamente en Madrid ni en ninguna ciudad de este país. Bravo que por lo menos el Festival Flamenco Madrid 2016 la haya acogido (aunque con la sala a medio llenar un viernes por la noche).


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