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El germen de los cuentos

¿Cuándo surgió la literatura infantil? ¿Qué obras del Barroco solían incluir un cuento de hadas entre sus páginas? ¿Quién fue el autor del primer libro multimedia de la historia?

15 sep 2019 / 15:09 h - Actualizado: 15 sep 2019 / 15:19 h.
  • Ilustración de John Tenniel para ‘Alicia en el País de las Maravillas’./ El Correo
    Ilustración de John Tenniel para ‘Alicia en el País de las Maravillas’./ El Correo

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha dejado volar su imaginación con múltiples intenciones. No hay más que echar un vistazo a las primeras manifestaciones gráficas de la historia, el Arte Rupestre, cuyas muestras más antiguas datan del Paleolítico Superior —y se han localizado en Europa, Asia y África— para percibir su carácter mágico y religioso. Si bien, el primer y más extendido modo de comunicación humana es, sin lugar a dudas, la literatura oral. Esta comprende mitos, leyendas, canciones y, por supuesto, relatos populares. Como es lógico suponer, a día de hoy resulta imposible rastrear el origen del primer cuento infantil. Esto es debido a que muchas culturas vieron a los niños como personas que ya estaban en camino a la edad adulta; es decir, no percibieron la infancia como su propio tiempo sagrado, el cual debían valorar por su experiencia. Más bien se trataba de una mera preparación. De hecho, antes de la Revolución Industrial del siglo XIX, las historias destinadas a los más pequeños consistían principalmente en principios morales y/o perspectivas realistas del mundo, y ello pese a que en el Renacimiento ya se había explorado el tema infantil dentro de obras generales, como El Libro de los Mártires de John Foxe y El progreso del peregrino de John Bunyan, cuyas aventuras e imágenes atraían poderosamente a los niños. Dando un salto en el tiempo, durante el surgimiento del Puritanismo, las filosofías de John Locke —médico inglés del siglo XVII y «Padre del Liberalismo Clásico»— acerca de la mente de un niño como una pizarra en blanco, se volvieron extremadamente populares. Esto provocó que, por primera vez en la historia, se comenzase a ver a los menores en una etapa de vida diferente a la de los adultos, dando lugar, lentamente, a unos padres más preocupados por lo mental y espiritual de sus hijos. De hecho, si los escritores escribían pensando en los niños, era frecuente usar el «infierno» u otros castigos para asustarlos e impulsarlos a obedecer.

El germen de los cuentos
Interior de ‘A Little Pretty Pocket-Book’. Fotografía Brenda Gervais. / El Correo

La aportación de John Newbery

Una de las primeras formas de literatura a las que tuvieron acceso los niños del Barroco europeo fue el «libro de capítulos», volumen pequeño y engrapado que generalmente incluía un cuento de hadas, así como poemas y almanaques. La popularidad del mismo se debió a que resultaba bastante asequible para el ciudadano medio del Siglo de Oro. Ya a finales del XVIII, surgirían los primeros cuentos impresos propiamente dichos, como el del Jack y las habichuelas mágicas, al que siguió A Little Pretty Pocket-Book (Un Pequeño Libro de Bolsillo Bonito) del británico John Newbery en 1744, primer libro multimedia de la historia, destinado tanto al disfrute como al enriquecimiento de los niños. Además de esto, Newbery desarrolló completamente la faceta infantil de su editorial con objeto de que imprimiera aún más obras en esa línea, lo que lo llevó a ser considerado el «Padre de la Literatura Infantil», y un precedente directo de la edad de oro del género, desarrollada durante el siglo siguiente. A medida que la sociedad fue creciendo en respeto y consideración a la infancia —lo que puede atribuirse en parte a la creciente clase media y los servicios que brindó la Revolución Industrial— la literatura infantil fue floreciendo más y más. Surgen entonces escritores fundamentales para el género, como Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas, Robert Louis Stevenson y su Isla del tesoro o Mark Twain y su Huckleberry Finn. Dichos autores destacaron por alejarse del estricto moralismo de producciones anteriores y dedicarse a escribir piezas imaginativas con el único objetivo de entretener.

El germen de los cuentos
‘El progreso del peregrino’ de John Bunyan. / El Correo

Una mirada al futuro

Sin embargo, y pese a su riquísima aportación, la literatura decimonónica destinada a la infancia no solo no condenó los estereotipados roles de género, sino que los reforzó. Baste como ejemplo el clásico Mujercitas, de Louisa May Alcott, donde la hermana mayor y heroína principal, Meg, pese a abrazar brevemente su independencia, termina casándose con el protagonista varón y convirtiéndose en una esposa sumisa. Hoy, la literatura infantil es más extensa y diversa que nunca, abarcando géneros propios como la ficción histórica, la fantasía o la ciencia ficción, y desarrollando historias de lo más variopintas. Así, lo que una vez existió únicamente para el desarrollo moral, ahora explora una enorme cantidad de temas, que van desde la preservación del medio ambiente a la innovación tecnológica y la orientación sexual. Ahora bien, ciertas formas antiguas como el cuento popular continúan existiendo, fundamentalmente en sociedades complejas que aún no tienen un sistema de escritura, pues pocos instrumentos resultan tan poderosos y hermosos como la literatura oral.


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