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Especial Alfred Hitchcock

El miedo, la muerte, el sexo: El perfil vital de Alfred Hitchcock

El tiempo y la paradoja que encierran la personalidad de Hitchcock han hecho que el cineasta más accesible por la simplicidad y la claridad de su trabajo sea, a la vez, un genio irrepetible, capaz de filmar las relaciones más sutiles y ocultas, reflejos de sus inconfesables obsesiones

12 jul 2020 / 18:08 h - Actualizado: 12 jul 2020 / 18:25 h.
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  • Alfred Hitchcock. / El Correo
    Alfred Hitchcock. / El Correo

Tercera Parte: La parte de final de una vida y una obra

Mucho antes de que aparecieran ni siquiera en la imaginación de los guionistas series hoy consideradas de culto como «Los Soprano», «A dos metros bajo tierra» o «Dexter», Alfred Hitchcock ya había inventado una personalísima forma de hacer televisión de autor. Como todo pionero, lo que más le atraía era la posibilidad de experimentar con nuevas formas narrativas. Ahora los cameos de sus películas se convertían en apariciones en la pantalla en toda regla, y su ego, siempre a la búsqueda de nuevos espacios interpretativos, encontraba el papel protagonista que siempre había deseado.

La televisión dio a Hitchcock la ocasión de ser conocido por el gran público no sólo por sus méritos como director de cine, sino por su propia personalidad. Ningún cineasta vivo o muerto es tan reconocible como Hitchcock por los espectadores, y la televisión, lógicamente, tuvo mucha culpa.

Entre 1955 y 1965, a los sones de la «Marcha fúnebre para un títere» de Charles Gounod, y con una silueta dibujada por él mismo como cabecera, el mago del suspense se abrió un hueco cada semana para presentar sus shows «Alfred Hitchcock presenta» y «La hora de Alfred Hitchcock». Se trataba de auténticas antologías de relatos de crimen y misterio seleccionados y dirigidos por él mismo o por realizadores solventes, y con actores de la talla de Steve McQueen, Peter Lorre o Vicent Price entre otros. Pero lo mejor de estas historias de suspense era la introducción y el epílogo que de ellas hacia el propio Hitchcock en pantalla, con delirantes presentaciones que rayaban el surrealismo y en las que el propio «Hitch» no solo no lo ocultaba, sino que hacía alarde de su imagen de señor inglés morboso, cínico y hasta socarrón.

El miedo, la muerte, el sexo: El perfil vital de Alfred Hitchcock
En la televisión, Hitchcock encontró el papel protagonista que siempre había deseado. / El Correo

También encontró Hitchcock en la televisión el sitio que buscaba para ser conocido por las masas, pero ello no le impidió seguir haciendo películas memorables y de paso, llevar su obsesión por las rubias al paroxismo.

En 1958 por fin pudo hacer la película que mostraba con precisión casi matemática lo que quería decir y cómo debía ser visto y oído. «Vértigo» está considerada hoy la mejor película de la historia del cine y la que más profundamente está enraizada en la personalidad del director. Como afirmaba Samuel Taylor, guionista del film, «fue su historia del primer fotograma al último, y cada instante de la película nos descubre cosas de él». Desde la música a los decorados, los diálogos, los silencios y la trama, las profundas debilidades y grandezas de la personalidad de Hitchcock podían palparse en cada plano. Y por supuesto, Kim Novak, la rubia elegida para ser la protagonista, encarna a la perfección sus obsesiones; es el mejor ejemplo de la búsqueda de la perfección de Alfred Hitchcock. Kim Novak fue un maniquí al que supo moldear a su antojo controlando desde el más mínimo detalle de su aspecto físico hasta la supervisión personal de las escenas, los ángulos y el montaje final.

«Vértigo» inicia también el período final y quizás más brillante del director, marcado por un creciente miedo a la muerte. El exceso de peso y su afición a la bebida empezaban a hacer estragos, pero también su mujer Alma comenzaba a sufrir problemas de salud que limitaban su actividad. Aun así, la imaginación de Hitchcock seguía lúcida y empeñada en encontrar nuevas formas para expresar, a través del cine, las pasiones y los sentimientos humanos más oscuros.

El miedo, la muerte, el sexo: El perfil vital de Alfred Hitchcock
Hitchcock pudo llevar su obsesión por las rubias al paroxismo. / El Correo

La Universal tenía todas las reticencias del mundo cuando el director les propuso rodar «Psicosis» (1960); el desorbitado presupuesto de la película, lo inusual e innovador de la trama y los problemas con la censura por la celebérrima escena de la ducha protagonizada por Janet Leigh, auguraban un fracaso absoluto de crítica y público. Sin embargo, el éxito de la película fue tan inmenso que con los beneficios obtenidos Hitchcock pudo comprar tantas acciones de la Universal como para convertirse en el tercer accionista de la compañía.

Inventaba así un nuevo género cinematográfico, el llamado thriller psicológico, donde la imposibilidad de evitar la muerte se convertía en axioma. Hitchcock pareció cogerle gusto a este nueva vía del suspense, y sus siguientes películas las dedica a ahondar sobre ese tema, pero sobre todo, a llevar al extremo su obsesión por las «nórdicas» con el descubrimiento, lanzamiento y destrucción de una nueva actriz y musa particular. Tippi Hedren, de la que se enamoró a primera vista tras su aparición en un anuncio de televisión, fue la única de todas las rubias del director que se atrevió a desmitificar al genio y rebajarlo al nivel de un hombre esclavo de sus obsesiones sexuales, acrecentadas por la edad y el egocentrismo.

Con ella rodó dos películas fundamentales en la evolución de su obra, «Los pájaros» (1963) y «Marnie, la ladrona» (1964). La relación entre Tippi Hedren y Hitchcock alcanzó tintes dramáticos; Hedren se negó a aceptar los avances sexuales del director británico, un comportamiento que como ella misma recuerda, iba más allá de un romance de rodaje. El director la seguía, analizaba su escritura y la acechaba a todas horas, hasta que, despechado y herido como nunca, decidió no volver a trabajar con ella. Según cuenta la actriz en su libro «The Dark Side of Genious», Hitchcock en venganza decidió arruinarle su carrera, manteniéndola bajo contrato, pero sin darle papeles ni permitirle que trabajara para nadie más.

En 1968 el director obtuvo por fin el reconocimiento honorífico de la Academia —estuvo nominado cinco veces al Oscar y nunca se lo dieron—. La década de los setenta fue la de los homenajes públicos y la del deterioro definitivo de su salud y la de Alma. Cada nuevo ataque de apoplejía de su esposa suponía una parada en su actividad cinematográfica y una recaída en el alcoholismo.

Tenía ochenta y un años y se hallaba preparando con su rigor y meticulosidad habituales un nuevo guión para su película número cincuenta y cuatro, cuando la tan temida Parca vino a buscarle. Este hombre, el genio que había filmado mejor que nadie el miedo, fue a su vez un miedoso compulsivo hasta el final de sus días. Su éxito estuvo estrechamente relacionado con este rasgo de su personalidad, y su personalidad marcada por sus obsesiones.

Hitchcock, afirmó siempre que su amor por el cine era más fuerte que cualquier moral. Los tiempos han cambiado y hoy ningún director se permitiría tratar a sus protagonistas femeninas con esa enfermiza obsesión. Ni tan siquiera a parar el rodaje a las cinco de la tarde para tomar un Martini, como hacia Hitch cada día.


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