jueves, 26 noviembre 2020
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Enriquito: Flamenco-Jazz o Jazz-Flamenco, el origen de la duda

Si el escenario congrega a músicos que piensan de distinta forma que el líder o si los músicos se encuentran separados por la técnica en exceso; todo se complica. Y los conciertos se quedan en apañados pudiendo ser excelentes. Las dudas no son buenas compañeras de viaje y las ideas hay que tenerlas muy claras para seguir adelante

21 nov 2020 / 10:01 h - Actualizado: 21 nov 2020 / 22:08 h.
"Flamenco","Música","Música - Aladar","Jazz"
  • Enriquito. / Fotografía: Álvaro López
    Enriquito. / Fotografía: Álvaro López

El jazz casa bien con cualquier otra música aunque con el flamenco la fusión se realiza sin empujones, sin tener que forzar las cosas, de forma natural. Seguramente, la razón la encontramos cuando despojamos a las dos formas de hacer música del aparataje estilístico e instrumental hasta encontrarnos con el blues. Ambas formas de explicar el universo beben de las aguas del blues y esta es una característica que se siente desde el primer compás. Fusionar flamenco y jazz no fue la idea de un loco, era obligado.

En la presentación del concierto, Enriquito se decantó por decir que ese iba a ser un concierto de flamenco jazz (normalmente nos referimos a este maridaje justo al contrario, jazz flamenco) y, aunque pudiera parecer un detalle sin importancia, lo cierto es que sobre el escenario del Fernán Gómez de Madrid sonó flamenco. Y jazz. Pero con una intensidad superior, flamenco. Si bien esto fue así, Enriquito logra con su repertorio que nadie olvide que la música es fusión y que, así, las raíces compartidas nos llevan a un tipo de música que, a miles de personas y al que escribe, les apasiona. Enriquito no hace flamenco con trazas de jazz; intenta la fusión real. Otra cosa es lo que pasó sobre el escenario.

Enriquito: Flamenco-Jazz o Jazz-Flamenco, el origen de la duda
Josemi Garzón y Paco Soto/ Fotografía: Álvaro López

El concierto tuvo algunos altibajos. De la belleza de «Luna de Madrid» hasta lo auténtico de «Pueblo minero», se pasó por lo anodino de «Tangos de Morente»; desde la versión de «Radha» de Jorge Prado a «Little Radha» se llegó a una divertida aunque algo desordenada y prescindible «La Verbena» que sirvió de bis. Gustaron mucho «Querido Tribunal» y «Candela».

Enriquito va construyéndose como músico y alcanza, ya, un nivel importante. Aunque tendrá que elegir formatos más estables y tendrá que elegir músicos para sus bandas que se acerquen más a su forma de entender las cosas. Por otra parte, no sé si es bueno tanto trajín en el escenario. Media docena de músicos entrando y saliendo (no solo del escenario sino del propio concierto) no parece lo más adecuado. Y, además, un músico se consolida no solo en el territorio de la estética. Ha de hacerlo en el de la narrativa, en esa zona en la que la música tiene la obligación de contarnos que diablos hacemos aquí.

El guitarrista Paco Soto estuvo estupendo y cuando se atreve a dejar claro que, en cada acorde, se impone su dibujo de la realidad (que es casi siempre) el conjunto gana mucho. Juan Carlos Aracil fue de menos a más; no parecía integrarse bien y hasta mitad de concierto no pareció estar dentro. Es un buen músico y su versatilidad es un cheque en blanco, pero ayer no tuvo su mejor tarde. El contrabajista, Josemi Garzón, fue capaz de soportar bien una base rítmica que se complicaba debido a algunas dudas del baterista David Bao. Y en los teclados escuchamos a un buen pianista, Juan Sebastián Vázquez, que está en lugares muy lejanos de la música que trata de hacer Enriquito. Cuando las cosas están así, se piensa en que, bien falta algo más de ensayo (que en estos tiempos es un problema muy habitual), bien falta una planificación más amplia y una búsqueda de la idea que ordene toda una forma de hacer.

Dicho todo esto, sería injusto no decir que el concierto estuvo bien. En general, los espectadores se divirtieron aunque aplaudieron menos de lo que hubieran estado dispuestos a hacer.

Qué pena esos «Tangos de Morente» que empezaron tan bien y se terminaron diluyendo entre intentos de diálogos entre instrumentistas que no cuajo. Y es que alternar sonidos en forma de solos no garantiza la necesaria comunicación entre unos y otros.

Qué pena de Covid-19; no deja ni que tengamos música en condiciones óptimas.


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