domingo, 16 febrero 2020
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«Existe el equilibrio, Juana»

Tras deslumbrarnos la pasada temporada con la continuación de «Casa de muñecas», Aitana Sánchez-Gijón regresa a Sevilla con un espectáculo multidisciplinar que da voz a cinco figuras históricas femeninas. «Juana», producido por Losdedae, combina teatro, danza y música ecléctica, y podrá verse hasta el domingo 9 en el Teatro Lope de Vega

09 feb 2020 / 01:47 h - Actualizado: 09 feb 2020 / 01:53 h.
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  • Aitana Sánchez-Gijón en una escena de ‘Juana’. / Fotografía Ramón Gómez
    Aitana Sánchez-Gijón en una escena de ‘Juana’. / Fotografía Ramón Gómez

Decía el escritor Lampedusa que «si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie», y no le faltaba razón. A estas alturas de la película —y valga el símil cinematográfico—, poco le queda por demostrar a Aitana Sánchez-Gijón, uno de los rostros imprescindibles de nuestra cultura. Nacida en el seno de una familia de profesores, bautizada con el mismo nombre que la hija de Alberti, y amadrinada por un icono comprometido como María Teresa León, parecía destinada a dejar huella en este mundo, como así ha sido. No en vano, su debut televisivo en la serie Segunda enseñanza, con apenas dieciséis años, fue la carta de presentación de una carrera en la que ha hecho prácticamente de todo. Muchos la descubrimos gracias a su papel en la cinta Bajarse al moro, de Fernando Colomo —su Elena daba fenomenal en cámara junto a Antonio Banderas—, y más tarde comenzamos a seguirla de cerca merced a Un paseo por las nubes, precioso trabajo de Alfonso Aráu. Su deslumbrante belleza y la capacidad para mimetizarse con los personajes que interpretaba le permitieron culminar los 90 con dieciséis películas, seis series de televisión y tres obras de teatro. Y por si fuera poco, en 1999 recibió la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián por Volavérunt, de Bigas Luna, rematando una década verdaderamente prodigiosa. No obstante, si tuviésemos que destacar un papel entre tantos buenos trabajos, ese sería sin duda el de Ana Ozores, la inolvidable protagonista de La Regenta. Y es que, gracias al personaje imaginado por Clarín en la segunda mitad del XIX —dicha novela es una de las cumbres de la literatura universal—, la actriz trascendió la profesión para convertirse en mito popular. Logro al alcance de muy pocos.

Explorando nuevas fórmulas

Los años pasaron, y con la llegada del nuevo siglo, Aitana Sánchez-Gijón volvió a repetir e incluso aumentar las cifras de la década anterior en materia televisiva y cinematográfica; y lo que es más importante, incrementar su presencia en los escenarios. Mario Gas, Tamzin Townsend, Ernesto Caballero, Juan Cavestany o Andrés Lima supieron sacar lo mejor de la actriz en producciones complejas como Las criadas, Un dios salvaje, Babel, Capitalismo o Medea. Esto le permitió ir más allá en su inmersión profesional, hallando otras vías de expresión y explorando nuevas fórmulas. Algo que pudimos comprobar la temporada pasada, cuando el espectáculo El regreso de Nora. Casa de muñecas 2, pasó por el Teatro Lope de Vega. Entonces calificamos su interpretación de «temperamental y sensible, poderosa y delicada, pasional e introspectiva»; o lo que es lo mismo, como un retrato a la altura del arquetipo ibseniano, que dejó unas magníficas sensaciones entre el público sevillano, confirmando que Aitana se encuentra en un momento dulce, pero sobre todo evolutivo.

«Existe el equilibrio, Juana»
Chevi Muraday y Aitana Sánchez-Gijón. / Fotografía Ramón Gómez

De la Europa del siglo IX al movimiento feminista

En esta ocasión, la actriz nacida en Roma vuelve a reinventarse en Juana, trabajo inclasificable estrenado el pasado mes de diciembre en el Teatro Español de Madrid, donde la dramaturgia de Juan Carlos Rubio se funde con la coreografía de Chevi Muraday de un modo cuasi mágico. Y es que en sus 75 minutos, la intérprete de Yerma, La puta y la ballena o Velvet, consigue hacernos viajar hasta la Guerra de los Cien Años junto a la Doncella de Orleans; caminar por las cortes de Flandes y Castilla con el corazón cautivo; o adentrarnos en Nueva España de la mano de una monja convertida en musa. ¿Y qué tienen en común estas tres damas insertas a sangre y fuego en las páginas de nuestra Historia? Para empezar el nombre que da título al espectáculo, ‘Juana’. Detalle al que hay que añadir un espíritu indomable, una visión periférica de la vida y un modo de sentir y expresar que trasciende modas y épocas. Junto a estos tres personajes —Juana de Arco, Juana la Loca y Sor Juana Inés de la Cruz—, la obra, producida por Losdedae —una de las compañías de mayor relevancia dentro del panorama nacional, con 20 años de trayectoria en la danza y más de 40 producciones propias—, fija su atención en la Papisa Juana y Juana Doña, personajes más desconocidos para el gran público que los anteriores, que nos obligan a poner una mayor atención en el discurso, aun si cabe. La primera se ubica en el siglo IX, y pese a ser reconocida por la Iglesia en el quinientos, aún no ha podido sacudirse su etiqueta de legendaria. Por su parte, Juana Doña se halla en las antípodas de la anterior, uniendo a su filiación comunista y su vocación literaria una lucha en clave feminista que la convirtió en un referente del movimiento en nuestro país.

Luces y sombras

Tanto estas dos figuras históricas, como las «Juanas» mencionadas anteriormente, permiten a la Gijón modelar un personaje pentagonal y lleno de recovecos que nos impulsan a transitar por el tiempo de manera casi onírica. Ello se debe en gran parte al texto creado por Rubio, a las ganas de experimentar de la actriz y al esfuerzo en la dirección artística y coreográfica de Muraday. Y es que no cabe duda de que Juana es un sagaz trabajo de laboratorio y, como todo experimento que se precie, posee sus luces y sombras, sus adiciones y detracciones. A su favor, lo novedoso del formato y su magnífica envoltura; desde el lucido vestuario de Sonia Capilla y Chevi Muraday a la cautivadora iluminación de Nicolás Fischtel, pasando por la potente música de Mariano Marín y la extraordinaria escenografía de Curt Allen Wilmer —de lo mejor de este creador—. Aunque si hay que subrayar algo realmente positivo, eso es sin duda el modo en que los actores y bailarines dan lo mejor de sí en los momentos corales, logrando que la estrella principal alcance cotas inimaginables y a su vez contribuya al brillo de sus compañeros (el propio Chevi Muraday, Carlos Beluga, Maximiliano Sanford y Alberto Velasco). Por el contrario, todo vehículo fuera de los estándares tiende a crear confusión, máxime cuando el libreto parte de numerosas manos; a saber Marina Seresesky, Clarice Lispector, George Bernard Shaw, Alcuino de York, Emmanuel Royidis, Fiedrich Schiller, William Shakespeare o Juana Inés de la Cruz, a los que se suman textos extraídos de la Biblia. Un maremágnum de voces, preces y pensamientos que, si bien logran funcionar en su carácter evocador —especialmente con los personajes de Juana de Arco y Juana la Loca—, a veces naufragan por sus hechuras abstractas. Ese es quizás el talón de Aquiles de un trabajo generosísimo en el terreno físico —al que hemos de enfrentarnos con los cinco sentidos—, pero al que le cuesta conquistar al espectador más convencional. No obstante, al tratarse de una apuesta fresca, atemporal, y sobre todo genuina, no podemos sino felicitar a sus responsables.


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