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García Lorca era maricón ¿Y bien?

¿Puede alguien ser tan estúpido como para valorar a una persona por su condición sexual? Sí. ¿Puede alguien valorar a otra persona sin saber quién era, qué hizo o qué pensaba? Sí. Alguien que resume la figura de García Lorca con un insulto es que está enfermo de ignorancia

19 oct 2020 / 16:09 h - Actualizado: 19 oct 2020 / 16:27 h.
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  • García Lorca era maricón ¿Y bien?

El día que se celebra la ‘V edición del Día de las escritoras’ voy a hablar de un hombre, de un escritor, de Federico García Lorca. Ya sé que debería decir cosas sobre mis lecturas de las novelas de Agatha Christie (¡qué apasionante resultó lerr «Diez negritos»); sobre lo que representó para mí descubrir a una autora con nombre parecido, Agota Kristof, que me hizo temblar en la silla con «El gran cuaderno»; debería nombrar a Susan Sontag por la que sentí una enorme fascinación o a Sylvia Plath con la que me revolví con cada uno de sus poemas. Podría llenar cuartillas y más cuartillas hablando de emociones, de la sensibilidad especial al describir de Jane Austen o de los poemas robustos y quirúrgicos de Alejandra Pizarnik; pero no lo voy a hacer. Son miles de personas las que están inundando las redes de fragmentos de novelas escritas por mujeres, de poemas inolvidables, de comentarios sobre la incontestable labor de una escritora. Me sumo al homenaje aunque creo que debo escribir sobre Lorca.

Ya lo he contado otras veces. Siendo yo un adolescente bastante estúpido y arrogante, un profesor me castigó por mi chulería. Sin patio. Treinta días. En la biblioteca.

El encargado de aquella biblioteca era un fraile mal encarado que gastaba, además, un mal genio extraordinario. En aquella biblioteca no se movía nadie durante esa media hora que duraba el castigo diario. El primer día que cumplí pena, las mesas estaban abarrotadas. Cuando acabé, sesenta días después, estaba yo solo. Más tarde supe que el fraile pidió a los profesores que no mandasen a cumplir condena a un lugar tan entrañable como era aquella biblioteca porque los alumnos relacionaban ya lectura con castigo. El caso es que pasé la mitad del castigo en soledad. Y sume otros treinta días de forma voluntaria.

La mesa que elegí al llegar por primera vez estaba junto a la ventana y justo dónde acababa una de las estanterías en las que reposaban los libros. Me senté y al rato elegí un volumen al azar. Las tapas eran flexibles, de piel. El papel era finísimo. Era un volumen grueso. «Obras completas» de Federico García Lorca. Abrí el libro sin ton ni son y me encontré con una página de «La casa de Bernarda Alba»:

Mujer primera: Los pobres también sienten sus penas.

Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.

Muchacha: Comer es necesario para vivir.

Bernarda: A tu edad no se habla delante de las personas mayores.

Mujer primera: Niña, cállate.

Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse (Se sientan. Pausa. Fuerte). Magdalena, no llores. Si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?

Cerré el volumen y lo volví a abrir por la primera página. Y pasaron los días, y las páginas, y los poemas, y los personajes, y las emociones, y la rabia o la desolación o un dolor insoportable. Todo pasó en esos dos meses que estuve leyendo mañana tras mañana las obras completas de Lorca. Y ya quería ser escritor a toda costa.

Hoy veo que debajo de la placa que anuncia el nombre de la calle dedicada al poeta, alguien ha escrito con un espray encarnado la palabra MARICÓN. Una sola palabra para dejar claro lo que es el odio, lo que es la falta de tolerancia, lo que supone ese deseo irrefrenable del ignorante por querer destruir la inteligencia y la belleza de la palabra. Siento un enorme desconsuelo porque en pleno siglo XX quedan mentes perversas que siguen discutiendo una virilidad que solo sirve para dañar a las personas. Siento pavor pensando que esta gente anda suelta por las calles de España y me espanta intuir lo que estarían dispuestos a hacer en nombre de un dios inventado por su propio odio, por una patria desfigurada en la falta de sentido del que quiere defender sin saber qué es eso por lo que tanto valor gasta.

MARICÓN. Menuda cosa. Y es todo lo que se le ocurre decir de él. Que atrevida es la ignorancia.

Otra anécdota. He sido testigo de cómo un hombre se ha referido a los maricones (echando espuma por la boca) y les ha deseado desde la muerte a padecimientos de todo tipo. Su hijo es gay; jamás lo confesó a su familia. Y dejó su casa hace años. No ha vuelto a aparecer. Cuidado con escupir hacia arriba.


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