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Ópera

«L’elisir d’amore»: La diversión antes que la decepción

Una de las mejores óperas bufas de la historia es «L’elisir d’amore» de Gaetano Donizetti, una obra que se estrenó el 12 de mayo de 1832 en el Teatro Cannobiana de Milán. Es una ópera divertida, descarada y enternecedora al mismo tiempo. Una magnífica opción para dar lustre al otoño que no termina de llegar

05 nov 2019 / 13:21 h - Actualizado: 06 nov 2019 / 11:04 h.
  • Foto: Javier del Real
    Foto: Javier del Real

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Los espectáculos hay que disfrutarlos. Una vez que finalizan, una vez que has rebañado lo bueno que tenían, ya puedes ponerte a analizar en profundidad, ya puedes pensar en esos detalles que hacían ruido durante todo el tiempo.

Tocaba ópera bufa en Madrid. «L’elisir d’amore» de Gaetano Donizetti. Una ópera conocidísima, de esas que conviene disfrutar y con las que dejarse llevar hasta la carcajada. El que escribe así lo hizo. Las dos cosas, disfrutar hasta la carcajada y, luego, analizar.

La producción del Teatro Real de Madrid, en coproducción con el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia, es divertida, burbujeante y sugerente. Tanto como hortera, extravagante y simplona. Ya la pudimos disfrutar (después de pensar sobre ella es más exacto decir sufrir) hace unos años, en 2013 concretamente. El movimiento en el escenario es excesivo, el ruido de tanta gente yendo y viniendo, es muy molesto. Los personajes principales quedan atrapados por una puesta en escena que busca más agradar que encontrar las claves de la obra.

El escenario se convierte en una playa llena bañistas. Con respecto a lo que vimos en 2013, han cambiado algunas cosas. La más importante de todas es la tarta gigante hinchable que aparece en el segundo acto en medio de las tablas que sustituye a un tobogán gigante creo recordar. Vuelve la espuma, los bañadores, las latas de bebidas que ‘dan alas’ y esas cosas que tienen las playas fingidas sin demasiada gracia.

«L’elisir d’amore»: La diversión antes que la decepción
Foto: Javier del Real

Damiano Michieletto, director de escena, se olvidó de los cantantes. Tal vez pensó que las voces de la soprano Sabina Puértolas (su interpretación como Adina es sosa, plana), del tenor Rame Lahaj (un Nemorino de voz pequeña y frágil en los tránsitos, poca gracia y cierto histrionismo; enfrentándose a un aria famosísima, Una furtiva lacrima, y de gran exigencia para pasar desapercibido), del barítono Borja Quiza (el Belcore de Donizetti merece algo más) y del bajo Adrian Sampetrean (incomprensible cómo puede destrozarse un personaje tan divertido como es Dulcamara con una voz vacía y siempre en el límite de lo soportable al sobreactuar), tal vez pensó Michieletto, decía, que era mejor llenar el escenario de cosas y gente porque era mejor que las carencias pasasen desapercibidas.

El Coro Intermezzo que es el Titular del Teatro Real, como de costumbre, estuvo a la altura que se espera de un coro en un teatro como es este. Magnífico todo lo que tenía que ver con los cantantes. Cantan de maravilla, se mueven de maravilla, entienden muy bien lo que dice el libreto y la partitura. Fenomenal.

El director musical, Gianluca Capuano, intentó proteger a los cantantes aunque no lo consiguió del todo. Es posible que los problemas que presentaba la puesta en escena se lo impidiesen al hacer que el sonido de la orquesta estuviera con frecuencia por encima de las voces. Capuano leyó la partitura ajustándose a lo que esté escrito, sin buscar algún matiz que sonase a interpretación y no a mecánica musical.

Al salir del Teatro Real, el frío que se ha instalado en Madrid y se deja sentir al caer el sol contrasta mucho con ese escenario convertido en una playa alegre, divertida, la mar de hortera y lejana. Porque ahora las playas se encuentran muy lejos de Madrid. Tan, tan, lejos...


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