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«La ley del silencio»: ¿Apología del chivato?

Una gran película requiere una intensa concentración de talento creativo por parte de director, guionista, intérpretes, etc. Partiendo de esa base, hay obras maestras a pesar de que ni sus propios creadores confían en ellas («Casablanca» es un buen ejemplo) y otras que son consecuencia de la profunda fe de sus autores en su proyecto. «La ley del silencio» («On the waterfront<, Elia Kazan, 1954) es uno de estos casos

22 jul 2020 / 09:35 h - Actualizado: 22 jul 2020 / 09:49 h.
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Nadie apostaba un céntimo por esta historia ambientada en los tristes muelles de mercancías neoyorquinos, cuyo protagonista era un estibador de pocas luces que se enfrentaba al sindicato corrupto que dominaba el puerto. El conjunto resultaba muy poco atractivo para las grandes productoras cinematográficas de Hollywood que en la década de los 50 y a raíz de la entrada del televisor en los hogares, no sabían qué hacer para atraer a los espectadores a las salas de cine. Los estudios querían ofrecer gran espectáculo, amplios espacios en formatos nuevos como el Cinemascope, musicales en technicolor, evasión para el público de la dureza de la vida cotidiana... En esas circunstancias, como dijo el gran jefe de la 20th Century Fox, Darryl F. Zanuck, ¿quién iba a comprar una entrada para ver a un estibador y a unos sindicalistas corruptos en blanco y negro?

Sólo Kazan y el guionista, Budd Schulberg, estaban convencidos del interés de una trama que reflejaba una realidad que estaba ocurriendo en ese preciso momento y se empeñaron con denuedo en pulir la historia y llevarla a la gran pantalla. Cuando ya les habían dado con la puerta en las narices los grandes estudios, tuvieron la fortuna de que Sam Spiegel, un productor independiente, zafio y tacaño, pero con gran olfato, creyera en el proyecto y consiguiera la financiación necesaria.

La película se grabó en los mismos muelles de Nueva York, de forma que el equipo necesitaba servicios de seguridad porque las mafias denunciadas en la historia les rondaban. Dichas mafias estaban infiltradas en todos los niveles de la operativa portuaria en la costa Este, de forma que aparte de obtener comisiones ilícitas por la entrada y salida de buques de mercancías, dominaban el sindicato de estibadores, obligando a los trabajadores a pagar parte de sus irrisorios salarios para poder acceder al trabajo. Imperaba entre el colectivo un código de silencio que trataba de vil chivato a aquel que osara denunciar la situación ante las autoridades. Así, se daba la incongruente situación de que los delincuentes campaban a sus anchas, sin temor de que las víctimas les pusieran en evidencia.

«La ley del silencio»: ¿Apología del chivato?
Eia Kazan. / El Correo

En ese contexto, la película relata el proceso de cambio del estibador Terry Malloy (Marlon Brando). Su hermano Charley (Rod Steiger) es la mano derecha del capo mafioso del sindicato (L. J Cobb) y utiliza a Terry para favores menores. Cuando se valen de él para atraer a otro operario llamado Joey a una encerrona, asesinándole a sangre fría, comienza la toma de conciencia del protagonista, que le llevará a enfrentarse a los criminales. Hay una serie de catalizadores clave en su proceso. Así, su enamoramiento de la hermana de Joey, Eddie (Eva Marie Saint), destrozada por la muerte de aquel, le hace darse cuenta de la gravedad de lo que ha hecho. Las escenas de ambos intérpretes están tan cargadas de sentimientos y hay tanta delicadeza en ellas, que resultan extraordinariamente conmovedoras. La otra voz de la conciencia de Terry y que contribuye a que haga lo correcto, es el sacerdote de la parroquia (Karl Malden) involucrado en la liberación del yugo que oprime a los obreros.

Más allá de un guión impecable y de la mejor puesta en escena en la filmografía de Kazan, lo que hace mítico este largometraje es la interpretación de Marlon Brando, que alcanzó un nivel que luego sólo volvió a repetir en «El Padrino».

Como dijo Kazan, la genialidad de Brando no se basaba tanto en la brillantez intelectual (como podría ser el caso de Laurence Olivier) como en una humanidad profunda y escindida. Como Terry Malloy, el actor era al tiempo brutal y tierno, simplón y sabio, bravucón y hambriento de cariño... y sabía proyectar su conflicto interno en la pantalla como casi nadie antes o después lo ha logrado.

La que muchos consideran la mejor escena de la película y una de las cumbres de la interpretación en el medio cinematográfico es el momento de la verdad que los hermanos Malloy comparten en un taxi. Charley tiene el encargo de convencer a Terry para que no delate a los mafiosos e incluso de matarle si es necesario. Ante sus amenazas, Brando le hace avergonzarse de sí mismo, echándole en cara que nunca le protegió y que le convirtió en un fracasado, cuando tiempo atrás le obligó a perder un combate de boxeo amañado: «Pude haber tenido clase. Pude haber sido un competidor. Pude haber sido alguien en lugar de un holgazán, que es lo que soy, afrontémoslo. Fuiste tú Charley». La suavidad con que Brando profiere estas duras palabras, la gentileza del gesto desencantado con el que aparta de su pecho la pistola con la que su hermano le apunta y el rostro resignado de Steiger aceptando su destino, se conjugaron para convertir la que podría haber sido una escena más de amenazas en una película de mafiosos, en un sobrecogedor retrato de amor fraterno y fracasado.

La película tuvo un éxito enorme de público y fue la gran triunfadora en la noche de los oscars de 1954, obteniendo ocho estatuillas (película, director, actor principal, actriz secundaria, guión original, fotografía en blanco y negro, dirección artística y montaje). Pese a ello, ha sido siempre duramente criticada porque se interpretó que era una apología del chivato. La razón es que durante la ignominiosa ‘Caza de brujas’ del senador McCarthy, que perseguía a todo lo que «oliera» a comunismo en el Hollywood de la postguerra, tanto Elia Kazan como Budd Schulberg actuaron de forma tan miserable que la comunidad cinematográfica aun no les ha perdonado. Delataron ante la Comisión de Actividades Antiamericanas a sus antiguos compañeros del partido comunista y provocaron que los denunciados fueran incluidos en la lista negra y no volvieran a conseguir trabajo en el medio. Fueron muchos los que consideraron que los autores de la película pretendían justificar con la misma su vil comportamiento.

«La ley del silencio»: ¿Apología del chivato?
Cartel de ‘La ley del silencio’. / El Correo

Sin embargo, despreciar tan magna obra por esa razón es injusto porque en nada se parece la conducta heroica de Terry Malloy, que denuncia jugándose la vida a unos mafiosos que viven de la extorsión y el asesinato, a la actuación cobarde de Kazan y Schulberg cuando delataron a colegas cuyo supuesto pecado era tener una ideología a la izquierda de los admisible en EE.UU en la primera etapa de la guerra fría. En todo caso, aun si el paralelismo que muchos establecieron fuera certero, estamos ante una obra maestra que hay que valorar en sí misma, sin que proceda restarle valía por las fallas morales de sus creadores. Otros grandes cineastas como Hitchcock o Polanski han cometido graves desatinos y no por ello menospreciamos su obra. ¿Por qué hacerlo con Kazan?

Este director no está considerado entre los más grandes, pero en algunos aspectos era uno de los más dotados. Pese a no tener el dominio del espacio cinematográfico de John Ford, ni el sentido del ritmo de Howard Hawks, Kazan les superaba en perspicacia psicológica. Esta cualidad le permitía retratar la complejidad humana, extrayendo a tal fin lo mejor de los intérpretes. De hecho, ha sido uno de los mejores directores de actores que ha habido. Marlon Brando, Eva Marie Saint y Rod Steiger dieron fe de ello.


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