domingo, 22 septiembre 2019
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La silla coja

Un sábado más y un relato más firmado por Cristina Ramos. Unos minutos de lectura relajada, divertida y necesaria

06 jul 2019 / 13:09 h - Actualizado: 06 jul 2019 / 13:17 h.
  • ‘Aparecen como los carroñeros que son, al olor de mi carne muerta. Hablando de olores, ni siendo un fantasma me libro yo de ese batiburrillo a perfumería de grandes almacenes que caracteriza estas reuniones familiares’. / Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘Aparecen como los carroñeros que son, al olor de mi carne muerta. Hablando de olores, ni siendo un fantasma me libro yo de ese batiburrillo a perfumería de grandes almacenes que caracteriza estas reuniones familiares’. / Imagen cortesía de @deVillamediana

Ni él mismo podría haber ideado un escenario mejor para su gran puesta en escena. El viento y la lluvia habían hecho un trabajo inmejorable en el funeral consiguiendo que su mal llamada familia luciera ahora despeinada y empapada. Los peinados de peluquería eran ahora masas amorfas de laca pegajosa, y los abrigos de piel iban a necesitar una buena tintorería. En consecuencia, el mal humor se apoderó de tan selecta reunión, tal y como a él le hubiera gustado, es fácil imaginarle frotándose las manos con deleite. Habían ordenado disponer todo para el reparto de la herencia cuidando hasta el mínimo detalle: la mantelería de hilo bordada; la cubertería de plata, gran protagonista de las pesadillas del personal de servicio encargado de bruñirla; las copas de cristal de Bohemia, o, al menos, las que habían sobrevivido a sus habituales arrebatos de ira; y, ante todo, la joya de la corona, la vajilla de la Cartuja, presidida por la oronda sopera, capitana de tantas hirvientes comidas con que les deleitaba, carcajeándose como el demonio cada vez que se escaldaban la lengua. Todo en perfecto orden de revista, como a él le gustaba. ¿O no? Porque, ¿no era la silla coja que tanto odiaba la que presidía la mesa en el lugar que solía ocupar para hacerles sentir inferiores?

Piensas que al fin podrás descansar después de tantos años de asquerosos maleducados sorbiendo tu contenido cual habitantes de la más vil cochiquera, y aquí estás, prestando servicio una vez más antes de que te repartan como si de cualquier mísera vajilla del Ikea te trataras. Tú, que has presidido tantos ágapes de postín, que has sido admirada por tu finura y tu elegancia cada vez que has ejercido tu oficio. ¡No en vano eres la más bella sopera que ha pertenecido a una vajilla de la Cartuja! Si él te viera ahora, con esta sopa tibia que te han vertido encima, insulsa. No te van a dejar ni el consuelo de verles gesticular mientras se escaldan sus glotonas lenguas, tal y como a él le divertía. ¡Cuánto le vas a echar de menos! Desde luego, él no hubiera permitido que la cochambrosa silla coja presidiera la mesa en su lugar preferido.

¡Válgame Dios y la Virgen del Carmen! ¡Menos mal que no está el señor presente, porque volvía a morirse del disgusto! Después de tantos años cumpliendo tan solo una vez al año, por Navidad, a recibir el aguinaldo, y aquí están todos, hasta el último mono ha venido para el reparto de la herencia. ¡Qué poca vergüenza tienen! El único consuelo que me queda es verles hechos unos adefesios despeinados por el viento y mojados como perros por la lluvia. Entre el olor a laca y gomina mojada y el litro de perfume que se han echado cada uno se puede masticar el aire en el comedor. Sin embargo, el aroma del señor predomina, hasta me parece olerlo. Olor a limpio y no este mejunje de colonias caras que no tapan el hedor a podrido de todos estos buitres. ¡Hasta la vajilla de la Cartuja han sacado los muy ruines! Pero el colmo ha sido lo de la silla: «Sebastián, queremos guardar a nuestro tío, Dios lo tenga en su Gloria, su sitio favorito. Eso sí, por favor, ya que nadie va a sentarse, pon la maldita silla coja en su lugar, que ya estamos hartos de sufrir sus chanzas cada vez que averiguamos cuál de nosotros ha sido agraciado por la suerte de la “silla mala” al trastabillar cuando nos sentamos».

¡Míralos! ¡Han venido todos, me cago en su estampa! ¡Sin ser Navidad! Aparecen como los carroñeros que son, al olor de mi carne muerta. Hablando de olores, ni siendo un fantasma me libro yo de ese batiburrillo a perfumería de grandes almacenes que caracteriza estas reuniones familiares. Para mí que se perfuman tanto para que no trascienda el tufillo a rata de alcantarilla que exhalan. Al menos las muy loros llevan ahora nidos de laca en la cabeza. Ahí están todos frotándose las manos de anticipación ante la herencia que esperan. Que, te digo una cosa, porque estamos en el país que estamos y no me quedan más narices que dejarles la legítima, que, si no, iban a heredar cada uno un Siseñor y un Mandeusted con las Patas Verdes. ¡Hasta la vajilla de la Cartuja han sacado! Y han llenado mi sopera de un caldo insulso y tibio como meados, ni comer bien saben los desgraciados. Los muy mierdas, pensando que no los veo, me han puesto la silla coja. ¡La de buenos ratos que me ha hecho pasar la bendita silla! ¡Me escacharro! Me pregunto qué pasaría si ahora la muevo como si me estuviera sentando en ella...

(Escena final: gritos, carreras y espanto)


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