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La solemnidad del dibujo

Catorce obras cuelgan de las paredes de la galería hispalense. El autor ha huido de su formación como escultor y explora la tercera dimensión desde su creación ficticia

11 ene 2016 / 15:25 h - Actualizado: 11 ene 2016 / 15:27 h.
"Arte","Artes plásticas","Arte - Aladar"
  • ‘La cueva vertical’. Tinta china y acuarela.
    ‘La cueva vertical’. Tinta china y acuarela.
  • ‘Espacio ahumado’. Técnica mixta y papel.
    ‘Espacio ahumado’. Técnica mixta y papel.
  • ‘La cueva nº 3’, la pintura quizá más impresionante.
    ‘La cueva nº 3’, la pintura quizá más impresionante.

Llevábamos demasiado tiempo sin disfrutar una individual de Antonio Sosa con obras nuevas. Desde principios de la temporada 2008-09 el artista residente en la Puebla del Río no realizaba una muestra que recogiese sus últimas creaciones. Bien es verdad que ha habido exposiciones que han incluido parte del bagaje de tiempos recientes, como la celebrada en la Casa de la Provincia en 2012 o el año siguiente en el Museo de Alcalá de Guadaíra pero, salvando esas excepciones y algún proyecto en particular como Tú eres un teatro, en la galería Begoña Malone, o el mural homenaje a Martínez de León, realizado junto a Ricardo Cadenas, solo ahora podemos pararnos en la puerta de Cavecanem y decir que estamos ante una exposición de Antonio Sosa que recoge obras desde 2013 hasta el presente.

Hace más de una década que Sosa abandonó la escultura y se centró en la obra sobre papel. Antonio siempre ha dibujado y lo que podemos ver denota todo el conocimiento acumulado con la práctica escultórica. Sosa nunca ha rehuido de su formación como escultor, el papel le ha otorgado un nuevo campo para explorar la tercera dimensión mediante la creación ficticia de la misma. El volumen generado y la escasa concesión al color nos remiten una y otra vez a esta disciplina. Cuando las tonalidades se alejan del blanco, el negro y la escala de grises es para focalizar o resaltar algún elemento sobre las tramas, velos, que se interponen entre los diferentes planos que componen las creaciones, a modo de tejidos urdiendo un solo elemento. Capas que forman parte de un mismo todo y que juegan con el simbolismo de la creación artística como analogía de la existencia humana. Siempre en constante evolución, siempre con apariencia inacabada por el propio proceso creativo del artista, que va superponiendo los diferentes motivos, ya sea realizando impresiones de tinta con porexpan tallado o dibujando directamente sobre el papel.

Entre las catorce obras que cuelgan de las paredes de la galería sobresale La cueva nº 3, un monumental dibujo en el que el horror vacui contribuye a vertebrar una especie de retablo en el que cada mirada ofrece una nueva perspectiva o detalle recogido. Al pasear la vista resulta difícil no pensar en los tímpanos de algunas iglesias románicas o el detallismo de la pintura de El Bosco o Brueghel, pero Sosa tiene la habilidad de sugerir a través del uso de la simbología. Conocemos el lenguaje, o al menos nos suena, pero no somos capaces de abarcar la totalidad de su significado porque sencillamente no podemos.

Vemos una línea de continuidad entre el Padre, el Hijo y todos los personajes que se arremolinan, como buscando un consuelo o protección. Podemos interpretarlo, pero no contemplarlo como alguien que se pusiese por primera vez ante una obra de estas características hace cientos de años. Cómo podríamos hacerlo si, parafraseando a Juan Antonio Ramírez, nuestro imaginario colectivo se hallara alterado por la tecnología, que forma una pantalla que nos impide llegar a la esencia primigenia de las cosas.

La cueva vertical viene a aglutinar la inmediatez del pequeño formato, la complejidad del proceso de gestación que Sosa utiliza actualmente y el uso del color en algunos momentos, lo que da lugar a una inquietante vorágine visual que nos empuja a preguntarnos hacia donde debemos dirigir nuestra atención para poder captar todos los elementos que nos lanza el papel.

El encuentro con las diferentes obras no deja nada al azar: desde su situación en el espacio, al utilizar parte de la galería como una suerte de cueva, al poder de remisión a etapas creativas anteriores, véase Espacio ahumado y su semejanza con algunos rasgos distintivos de aquellos dibujos primigenios del autor, conocidos a la postre como germinales.

Sosa ha venido utilizando el dibujo en su expresión más elemental como un campo de pruebas en el que podía dar rienda suelta a sus inquietudes de una manera más primaria, al lograr una inmediatez en la expresión que dista del artificio que le suponen las obras de un formato mayor, en las que tanto el tiempo de elaboración como el detallismo y el acabado abarcan procesos de trabajo más largos. A través del pequeño formato es cómo podemos atisbar los caminos por donde transitan sus hermanas mayores y comprobar cómo ha cambiado la forma de trasladarnos sus inquietudes, pero conserva parte de su característica iconografía para que nos cuestionemos delante de sus obras todos aquellos misterios a los que ni el campo de la ciencia ni el paraguas de la cultura ha conseguido dar explicación. Por eso los símbolos, que a lo largo de toda la trayectoria profesional del artista se han venido asociando con los arquetipos, están y son necesarios aunque su significado haya perdido fuerza y vigencia.

Recuerdo haber leído más de una vez como se relacionaba, casi insistentemente, la obra de Sosa con la fuerza natural del río Guadalquivir. Partiendo de la veracidad de esa afirmación, no podemos entender una parte importante de la obra del artista sin la inspiración producida por ese coloso natural; pero a día de hoy, si existe alguna reminiscencia fluvial en su obra, es por el mero hecho del tránsito, del fluir.

La obra se ha ido transformando a lo largo de los años, volviéndose más compleja y acumulativa para darnos una idea del paso del tiempo, del continuo proceso de acumulación al que estamos expuestos por aquello que conocemos como cultura y nuestra mera existencia. En otra publicación de hace tiempo leía como Antonio Sosa se había hecho barroco frente a su etapa como escultor. Sería un error calificar estas obras como barrocas sin verlas como fruto del proceso vital del artista y entendiendo lo barroco, siguiendo la estela de Omar Calabrese, como una evolución, un paso natural hacia la complejidad.


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