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Luisa Roldán: La sevillana rebelde

Un matrimonio no deseado por su padre, nobles viviendo por encima de sus posibilidades que menospreciaban a los artistas hasta no pagarles los encargos, un carácter fuerte que le llevó hasta ser declarada oficialmente pobre y un talento descomunal para trabajar todo tipo de materiales al hacer esculturas, son algunos de los ingredientes que nos encontramos al repasar la vida de una sevillana que se ganó un puesto entre los hombres de aquella época. Y eso era muy difícil.

01 oct 2016 / 13:02 h - Actualizado: 04 oct 2016 / 17:36 h.
  • ‘La Roldana’ realizaba belenes de terracota de estilo italiano, trabajándolos de tal forma que hacía desaparecer su aspecto rústico. La destreza y delicadeza de su trabajo puso ese material y motivos de moda en Sevilla y Madrid. / El Correo
    ‘La Roldana’ realizaba belenes de terracota de estilo italiano, trabajándolos de tal forma que hacía desaparecer su aspecto rústico. La destreza y delicadeza de su trabajo puso ese material y motivos de moda en Sevilla y Madrid. / El Correo
  • Luisa Roldán fue nombrada escultora de cámara por dos reyes distintos: Carlos II y Felipe V. / El Correo
    Luisa Roldán fue nombrada escultora de cámara por dos reyes distintos: Carlos II y Felipe V. / El Correo
  • Detalle de Arcángel San Miguel con el diablo a sus pies. / El Correo
    Detalle de Arcángel San Miguel con el diablo a sus pies. / El Correo
  • A Luisa Roldán se le atribuye la autoría de la figura más emblemática de la Semana Santa Sevillana, la Virgen de la Macarena. / El Correo
    A Luisa Roldán se le atribuye la autoría de la figura más emblemática de la Semana Santa Sevillana, la Virgen de la Macarena. / El Correo

Luisa Roldán es la primera escultura española reconocida como tal. Nacida en Sevilla en 1652, fue la cuarta de los doce hijos del matrimonio compuesto por Pedro Roldán y Teresa de Jesús Mena Ortega y Villavicencio.

Pedro Roldán era un famoso escultor de la escuela sevillana, su negocio de tallas religiosas era uno de los más prestigiosos de la ciudad. Allí creció y se formaron Luisa y sus hermanos, como era habitual en talleres de escultura de madera característicos del arte sacro español. Normalmente a las hijas se les reservaba labores menos pesadas: dorar figuras, realizar policromía... Sin embargo Luisa no se conformó con esta actividad y comenzó diseñar y tallar por sí misma, hasta alcanzar gran maestría y colaborar con su padre. Así fue hasta 1671 ¿Qué sucedió ese año? Que Luisa quería casarse con Antonio de los Arcos, uno de los asistentes de su padre, quien se opuso a la celebración de este matrimonio de forma tajante (a pesar de que no había hecho lo mismo con ninguna de sus otras hermanas). ¿Por qué su padre se cerró en banda? Nunca lo sabremos, tal vez pretendía tenerla colaborando con él en el taller para siempre o no le gustase el novio, o entendiera que ella era la que mejor podría dar continuidad a su obra.

Lo cierto es que se negó de tal forma que los novios se vieron obligados a acudir a un Procurador que llevase su causa ante los tribunales eclesiásticos. Así se cursó una petición de matrimonio en la que Antonio de los Arcos manifestaba que se habían dado palabra de casamiento y solicitaban poder llevarlo a cabo, al tiempo que solicitaba que Luisa fuera conducida por un alguacil ante el Juez. Cuando ella compareció, declaró que nunca había estado casada, que era «moza doncella», que no era pariente de Antonio, ni tenía voto de castidad y que a pesar de haber prometido casarse no podía cumplir porque su padre se negaba. El Juez citó testigos para la causa, que acreditaron el compromiso y mandó llevarla a casa de otro artista hasta el día de la boda, el 25 de diciembre de 1671, en la iglesia de San Marcos. Acudieron muchos testigos y amigos, pero no el padre de la novia.

El matrimonio independizó a Luisa de la tutela de su padre y seguramente por su carácter y talento, le permitió serlo también de su marido, convirtiéndose en su propia jefa (aunque necesitase el asentimiento de su marido para muchas gestiones). Compitió con los diversos talleres de escultores sevillanos (también con el de su padre) y adquirió un gran reconocimiento.

Entre otros materiales trabajó el barro, un material que gozaba de poco prestigio entonces. Realizaba belenes de terracota de estilo italiano, trabajándolos de tal forma que hacía desaparecer su aspecto rústico. La destreza y delicadeza de su trabajo puso ese material y motivos de moda en Sevilla y Madrid.

También trabajaba la madera y durante su estancia en Sevilla se le atribuye la realización de esculturas religiosas tan importantes como la Virgen de la Regla, conocida como Virgen de los Panaderos, o la Virgen del Carmen del convento carmelita de Santa Ana. Incluso el catedrático de historia del Arte y Alcalde de Sevilla José Hernández Díaz, llega a atribuir a Luisa Roldán, conocida como «La Roldana», la autoría de la figura más emblemática de la Semana Santa Sevillana, la Virgen de la Macarena (que me perdonen los que pertenezcan a otras advocaciones o cofradías, pero para los que no somos duchos en estas cuestiones, esa imagen es icónica).

Con el tiempo, Luisa se trasladó a Cádiz a trabajar para el cabildo realizando varios encargos importantes: el Ecce Homo, San Servando, San Germán... En todos estos encargos aparece su marido como mero colaborador de la escultura, mientras que «La Roldana» figura en los documentos como «insigne autora». Posiblemente esta sería una de las épocas en la que mayor reconocimiento económico recibió la artista pues su traslado a Madrid supuso, sin lugar a dudas, una hecatombe económica para la familia.

En 1688 se trasladó con su marido y dos de sus hijos a Madrid (allí nacería la más pequeña) en busca de reconocimiento oficial y una mejora en su situación económica. Es cierto que consiguió reconocimiento, su nombre se puso de moda entre la nobleza. Además fue nombrada escultora de cámara por dos reyes distintos: Carlos II y Felipe V, lo que evidentemente equiparó su nombre al de otros grandes artistas de la época. Sin embargo (¡qué cosa más extraña!) los mismos que encargaban sus obras, normalmente nobles, no abonaban los trabajos que realizaba para ellos. Incluso los años que estuvo al servicio de Carlos II apenas si llegó a cobrar los cien ducados anuales que tenía asignados como escultora de cámara del rey. No era este un problema exclusivamente de ella, pues muchos eran los artistas que veían que su arte no se remuneraba, eran víctimas de unos nobles envueltos en un halo de elitismo y falsedad que llevaban una vida que no podían sostener.

Luisa Roldán pasó graves apuros económicos, se vio obligada a pedir en varias ocasiones ayudas a la reina para poder sobrevivir, también pidió vivienda en las habitaciones vacías de las Casas del tesoro o el cargo de «ayuda de furriel» (criado) para su marido, cuya carrera como escultor no despegó nunca. Una curiosidad bastante divertida (entre tanto drama económico) es la leyenda que ronda una de sus obras más conocidas, el Arcángel San Miguel con el diablo a sus pies, (encargada por el rey para el monasterio de El Escorial). Pues bien, al parecer Luisa puso su rostro al Arcángel y el de su marido (postrado y vencido) al demonio.

Cuando en el año 1700 falleció Carlos II, sin descendencia ni herederos, Luisa solicitó de nuevo ser nombrada escultora de cámara Felipe V, aunque esta vez puso algunas condiciones: una casa para vivir y comida suficiente para toda su familia. Informaba al nuevo rey de su talento, de que podía trabajar madera, barro, bronce y cualquier material que le propusiera y presentó dos obras suyas un Nacimiento y un Entierro de Cristo. En 1701 fue nombrada para el cargo. Sin embargo no tuvo posibilidad de disfrutar de lo que podría haber sido una nueva etapa económica para ella, porque falleció en 1704, habiendo sido declarada pocos días antes, oficialmente pobre.

Lo cierto es que Luisa podría haber regresado a Sevilla, pues su padre, Pedro Roldán la había incluido en su testamento como heredera junto con sus hermanos, con todo lo que eso supone y que, evidentemente, ponía de manifiesto que el disgusto de su padre, por el matrimonio que había contraído, había pasado a la historia. Pedro Roldán estaba plenamente consolidado años antes de su muerte, era rico e influyente. Sin embargo Luisa prefirió continuar en Madrid sosteniendo su independencia personal y artística, lo que resultó no ser una decisión muy pragmática, pero fue la suya. «La Roldana» es una figura importante de la escultura española religiosa, acreedora del Concilio de Trento en los siglos XVI y XVII. Sus obras aún perduran, son exquisitas y muy cotizadas. Su mala fortuna se debió básicamente al estado en que España se encontraba durante el reinado de los últimos Austrias, un reino en el que la corrupción y el engaño campaba a sus anchas y en la que los artistas carecían de consideración suficiente para que alguien se dignase a pagar por sus obras. En realidad no hemos cambiado tanto.


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