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«Magna Mater»: El flamenco, la familia y el feminismo

Amaya Jiménez comparte su biografía a través de la danza, uniendo el flamenco y un discurso feminista sobre el escenario

01 may 2021 / 14:49 h - Actualizado: 01 may 2021 / 15:01 h.
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  • Un momento de ‘Magna Mater’. / Fotografías cortesía de la artista
    Un momento de ‘Magna Mater’. / Fotografías cortesía de la artista

Aproximadamente 50 personas -no más- habremos asistido a Magna Mater en la Sala Jardiel Poncela del Centro Cultural de la Villa Fernán Gómez de Madrid. Y digo 50 personas y no más porque de por sí el espacio de esa sala es de tamaño medio, y el aforo, por la situación que atravesamos, está considerablemente reducido. Se agradecen las medidas adoptadas, que no dejan al público desarropado y además permiten que la cultura siga viva, haciéndolo todo más fácil.

No tiene sentido decir todo aquello que no es Amaya Jiménez. Amaya Jiménez no es Lola Flores ni La Truco -tampoco pretende serlo-. Amaya tampoco es cantante ni ha demostrado tener un chorro de voz melódico ni afinado. Amaya no ofrece un espectáculo hipnótico donde resalte lo técnico y lo perfecto. Pero como decía, de poco sirve decir todo lo que no es. Sin embargo, Amaya es un torbellino. Es artista con todas las letras. Y su zapateado, especialmente el del principio y el del final, sí denotaban una técnica perfecta. Sus zapatos, que se pone y se quita a lo largo del espectáculo en numerosas ocasiones con tanto salero como facilidad, mostraban unos clavos pulidos por horas y horas de práctica, sudor y baile, mucho baile.

Se puede apreciar a simple vista que el baile flamenco lo tiene dominado. Pero lo importante de Magna Mater, es entender que Amaya no va a que la veamos bailar flamenco, sino a contar su historia. Y en el fondo, creo que es lo más bello y puro que puede hacer un artista. Expresar, sin importar cómo, lo que le pertenece, lo que es.

Concretamente, sus piezas reflejaban su biografía. Para contar su vida, escenifica hasta el preciso momento en el que ella vino al mundo escenificando lo que se entiende que es un parto, que queda representado con la bata de cola de colores rosáceos, morados y naranjas colgada del techo y ella asomando la cabeza por el centro de la falda, hasta ponérsela.

«Magna Mater»: El flamenco, la familia y el feminismo

La obra en sí, es la forma que tiene de contar al mundo su propia historia, pero además es la vía que tiene de homenajear a toda su familia y en especial a las mujeres que la conforman. Esta estructura de piezas de danza superpuestas o más bien descompuestas -porque podrían ser flamenco o en ocasiones salsa o hip hop-, son su mayor fuente de expresión y de gratitud. Ella se siente agradecida por poder dedicarse a la danza. Además, micrófono en mano, explica que se siente orgullosa por dedicarse al baile porque hace todo aquello que su madre, su abuela y muchas otras mujeres de su familia nunca se pudieron permitir.

Durante unos minutos la madre participa en la obra de manera peculiar: con audios de Whatsapp que retumban en la sala, contando sus orígenes acerca de cómo llegaron a Vallecas sin un duro y cómo salieron adelante. Mientras tanto, ella baila. Interpreta el dolor de su madre y transforma sus palabras en movimientos. Se arrastra por el suelo, taconea, se tambalea, gira sobre sí misma, pega gritos mudos, etc.

La pieza no sólo es feminista por los mini-discursos que da entre pieza y pieza, que no tienen desperdicio; sino por la crítica que hace a la sociedad respecto de la maternidad y cómo a pesar de todo ello, ahí está, haciendo lo que quiere y lo que le gusta.

Una vez le dijeron «¿para qué vas a llevar a tu hijo a la guardería?, si total, para lo que te dedicas...». Qué terrible ser mujer y que menosprecien tu trabajo y te enjareten la maravillosa tarea de tener que encargarte de tus hijos a todas horas. La propia protagonista dice que ser madre implica perder libertad y autonomía. Y que, además, en el momento en que se es madre, te vienen dudas y con las dudas, culpa y con la culpa más dudas... Y así hasta que se vuelve a arrancar a bailar.

«Magna Mater»: El flamenco, la familia y el feminismo

Uno de los motivos por los que haber asistido esta tarde al teatro ha sido un placer, era el acompañamiento de David Vázquez. Para quien le guste el buen cante flamenco, el cante jondo o una voz profunda proyectada por una cara y cuerpo especialmente expresivos, escuchar a este artista es de lo mejor que esta obra tenía que ofrecer. Alberto Muñoz a la guitarra y Jesús Mañeru al teclado han creado el ambiente perfecto con cada melodía. Y finalmente, muy destacable el papel de Ye Xin, que tiene un gran talento para el violín y sorprendía a todos entrando en escena para cantar una canción en chino con una voz particularmente dulce. Dudo mucho que alguno de los presentes estuviera entendiendo la letra en chino o por qué de pronto una mujer cantaba en chino en mitad de la obra, pero estoy segura de que a más de uno, como a mi acompañante y a mí, el hilo fino de su voz ha calado en lo más sensible de todos nosotros.

En definitiva, Amaya baila porque dice que no sabe estarse quieta y que cuando está quieta se aburre. Y porque siente -igual que Billy Elliot- que cuando baila, sus pies flotan. Y los que la han visto esta tarde, querrían que sus pies nunca dejaran de flotar.


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