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«Nadie saldrá vivo de aquí»: Lo que a muchos nos gustaría contar

Auténtico género de suspense/terror con un original toque Azteca

15 oct 2021 / 06:11 h - Actualizado: 06 oct 2021 / 07:24 h.
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A mí todos las películas que se distribuyen bajo el sello de Netflix me parecen un producto a medio acabar. Me queda como un quiero y no puedo, un algo indefinido al que se le nota la rémora de estar realizado para TV cuando las producciones para televisión actuales no tienen nada que ver con los telefilms de antaño.

Este largo (que creo que ya habría que llamar a estos metrajes «medios»), en cambio, me ha convencido. Puede ser porque sea la adaptación de una novela y eso casi siempre ayuda. Tiene ritmo, fluye, quizás de forma un poco lenta, pero lo hace y yo con eso, y con que no haya anuncios, me trago cualquier cosa.

Aunque sea una adaptación de la obra de Adam Nevill, tiene un carácter propio. Me explico: en el libro el origen del conflicto no me pareció más que una excusa en pos de lo exótico, algo similar a lo que hicieron Preston y Child en «El ídolo perdido» (también llevada a la pantalla como «The relic»). Un «Vamos a buscar un monstruo que no se haya tratado antes y tiramos de las cosas de sudamericana que no están trilladas». En el libreto, escrito por Fernanda Coppel y Jon Croker, he querido notar más respeto ante la propuesta, un enfoque cercano al indigenismo social tan en boga. También os digo que hablo desde la reminiscencia de una impronta emocional y no desde una reelectura analítica. Vamos, que lo mismo me pilló el libro un poco así.

Cuento esto y, lo mismo, os parece que esto va de bichos que se comen a gente tras mucha carrera, y la verdad es que no.

El mayor acierto que tiene la cinta es la economía de recursos. Es el corto de miedo que a muchos nos gustaría grabar cuando una abuela te deja su caserón del pueblo.

Aquí hay cuatro personajes, mucho plano en interiores y mucho juego de montaje, nada más; parco, sencillito, pero muy efectivo y que consigue crear una atmósfera inquietante desde los títulos de créditos.

Es todo iluminación, algo de ambientación en los decorados y unos diálogos y escenas que transmiten una cotidianidad hostil que te hace presentir una agresión inminente sin comprender muy bien el porqué. La tensión narrativa es constante y aunque, como espectador, sabes que hay un elemento preternatural (porque lo pone en la sinopsis, más que nada) lo que te hace sentir el suspense y la incomodidad es ver la rutina de Ámbar.

Ah, sí, que no sabéis quién es Ámbar. Ámbar es la protagonista, una Cristina Rodlo que aguanta casi la totalidad de los planos sin problemas, que a los cinco minutos ya crees que conoces de toda la vida y te cae bien. Empatizas con ella porque la ves muy jodida como inmigrante mexicana en una Cleveland helada. No tiene dinero, su vida cabe en un petate, su trabajo casi no le da para comer y trae una mochila emocional importante.

«Nadie saldrá vivo de aquí»: Lo que a muchos nos gustaría contar

Pensaba yo : «Aing, la chiquita esta con lo maja que es. Yo le dejo los dólars para lo suyo de los papeles y que se compre unos leotardos gordos».

Así la angustia crece sin que exista ningún motivo para que sientas miedo excepto el de la realidad más mundana, porque los fantasmas de camisón a jubilar y pelo chorretoso se encuadran dentro de pesadillas recurrentes muy bien intercaladas. El casero (Marc Menchaca) es un poco borde pero poco más; la casa no tiene mucha luz, pero yo la veo apañada (he dormido en sitios peores); sí, hay mariposas y una caja rara, pero eso no justifica que te dé tanto canguelo.

Ese es el gran logro de este trabajo de Santiago Menghini, que sin criaturas voraces, ni paletos con motosierras, ni marcianos sodomitas, te agobia mucho. Es increíble lo que da de si mantener la cámara fija en el bajo de una puerta y dejar que ruede en el encuadre una muela sanguinolenta.

«Nadie saldrá vivo de aquí»: Lo que a muchos nos gustaría contar

De vuelta al personaje de Ámbar, me ha encantado, ya que no es una heroína al uso derivada de un héroe masculino feminizado (tío con tetas); transpone el rol del concepto de la final girl, y me ha parecido una protagonista completa muy interesante.

Tiene su momento estético folclórico de homenaje al componente precolombino de toda la trama al utilizar una macana en vez de un bate de béisbol (que es a lo que nos hemos acostumbrado), pero pega.

Queda incluso espacio para un metamensaje entre feminista y racial que se aprecia en los papeles y actitudes de todo el plantel femenino en contraposición al de los hombres, ellos de una nada sutil ascendencia étnica deudora del tulipán o la salchicha. Incluso el momento del anticlímax tiene su puntillo en esto con la elección de casting de la secundaria Moronke Akinola

También encontramos un par de soportes de objetivo de los personajes, en base a teoría psicológica elemental, resumidos en que son nuestros propios miedos y culpas los que nos comen la puta cabeza de forma muy literal. Ante esto la epifanía es un recurso argumental muy apañado.

Por último, encajo yo aquí mis tesis de lo humano y lo divino al recalcar que, si bien en toda la acción las víctimas son mujeres, esto es mano del hombre porque, a la postre, se demuestra que a las deidades nuestra genitalidad se la bufa muy mucho.

Para ellos sólo somos monos sin pelo de los que exigir sacrificios a los que corresponder con traicioneras dádivas.

«Nadie saldrá vivo de aquí»: Lo que a muchos nos gustaría contar

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