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«Un Ballo in Maschera»: Arranca la esperanza de normalidad

No hay que perder la esperanza por muchos motivos. Uno de ellos es que tenemos la posibilidad de acudir al Teatro Real que ha impuesto su propias normas al coronavirus. Cada rincón del teatro rezuma seguridad, entusiasmo, ganas de ganar la batalla y demostrar que la cultura es imprescindible para superar los malos momentos a los que se enfrenta el ser humano. El Teatro Real es, sin duda, ejemplo de seriedad, de fuerza y de ilusión, ante la pandemia que sufrimos

17 sep 2020 / 15:08 h - Actualizado: 17 sep 2020 / 19:20 h.
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  • Verdi tuvo que pelear duro con la censura de la época antes de estrenar ‘Un ballo in maschera’. / Javier del Real
    Verdi tuvo que pelear duro con la censura de la época antes de estrenar ‘Un ballo in maschera’. / Javier del Real

Las calles de Madrid no son tan chispeantes como hace unos meses. El silencio se ha apoderado de espacios que hasta hace poco eran bulliciosos y, a veces, casi escandalosos. Ahora, en la ciudad nos miramos poco a la cara. Antes buscábamos miradas que se escapaban de inmediato, un gesto duro o una sonrisa de los más pequeños. Ahora vemos mascarillas y unos ojos que piden un descanso, que piden poder mirar con alegría y a la alegría. Pero la que había en Madrid hasta la llegada del SARS-CoV-2 se ha escapado por los cuatro costados.

Por si era poco el esfuerzo acumulado durante los últimos meses, el Teatro Real arrancaba con una representación de «Un ballo in maschera» de Giuseppe Verdi (1813-1901) para los más jóvenes de los aficionados, una apuesta que debemos celebrar de lo lindo. Era una gozada ver las butacas (no todas por las restricciones del aforo) llenas de hombres y mujeres de entre 0 y 35 años. Como anécdota diré que el que escribe, a sus 56 años era el más veterano y su compañera de butaca con 13, casi seguro, la más joven. Esta ópera se representará hasta el próximo 14 de octubre.

La ópera de Verdi que se representa en el Teatro Real es una producción del Teatro La Fenice de Venecia. No es exactamente la misma producción ya que el director de escena Gianmaria Aliverta ha tenido que adaptar a las normas sanitarias todo el montaje. Pero se parece bastante y la sensación es de plenitud en ese sentido. Tal vez lo que más sufre es el coro que se ve obligado a transitar el escenario con demasiado recelo y termina colocado con espacios entre las voces que ayudan poco a la consecución de lo que busca el maestro Andrés Máspero una y otra vez: la excelencia. En cualquier caso, el trabajo da lustre al conjunto como siempre ocurre con este coro.

«Un Ballo in Maschera»: Arranca la esperanza de normalidad
Jóvenes aficionados y artistas frente ala cámara. / Javier del Real

Verdi, antes de estrenar «Un ballo in maschera», se tuvo que enfrentar a grandes problemas con la crítica; y el libreto, escrito en el ámbito de la corte sueca de Gustavo III, se tuvo que retocar para que la acción sucediese en Boston. El problema de ese cambio es que la historia de amor que se cuenta podía quedar intacta, toda la partitura y el texto también, pero se perdía parte del alma de la ópera porque la trama política se diluía sin remedio. El director de escena Gianmaria Aliverta, consciente del problema, lo que hace es colocar el centro de la acción en una ciudad cualquiera de Estados Unidos justo después de ser abolida la esclavitud y arrancando, así, un sentido que estaba perdido de cualquier otra forma. El racismo inunda la caja escénica (Ku Klux Klan incluido) y la ópera logra fluir a pesar de las carencias en los movimientos del elenco.

Ramón Vargas (Riccardo) cumple aunque no termina de rematar en ninguno faceta. Su voz suena pequeña y muy forzada cuando las exigencias de la partitura tampoco son excesivas. Saioa Hernández (Amelia) sí logra un sonido cálido y rotundo al mismo tiempo en las zonas medias y altas. Nada del otro mundo aunque correcta. George Petean (Renato) mejor con los graves que con los agudos, sin encontrar dónde colocar la voz en algunas ocasiones; y la mezzo Silvia Beltrami enseña cierto poder vocal en algunos momentos aunque demasiado normalidad en muchos otros. Elena Sancho Pereg (soprano que interpreta el papel de Oscar) me gustó especialmente. Su personaje es divertido y ella le aporta una frescura que le convierte en alma de lo que pasa durante un buen rato sobre el escenario. Encarna la alegría de la nueva ley, el encanto de la juventud, la arrogancia del vencedor... Pizpireta, amable y con la voz buscando matices preciosos en un papel que sin ser demasiado importante en la ópera, ella consigue que parezca mucho más.

«Un Ballo in Maschera»: Arranca la esperanza de normalidad

Saioa Hernández (Amelia) y Elena Sancho Pereg. / Javier del Real

Nicola Luisotti, director musical, lee muy bien a Verdi y trata de encontrar el espíritu de lo escrito en cada nota. Su sensibilidad es de agradecer aunque, en algunas fases, la orquesta Titular del Teatro Real pareció algo perdida. En la obertura, por ejemplo.

En cualquier caso, el conjunto resulta muy agradable porque no hay nada que sea desastroso. En absoluto.

Al acabar la función, la noche de Madrid parecía otra. Una pareja de novios reían mientras caminaban. En las terrazas cercanas al teatro, grupos de amigos hablaban con tranquilidad disfrutando de los primeros frescos del año. Otra percepción.


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