Un vaivén en el tiempo

El director de la compañía sevillana Atalaya, Ricardo Iniesta, lleva al CDN, Teatro Valle Inclán de Madrid, la obra ‘Así que pasen cinco años’, de Federico García Lorca, con un elenco de nueve actores para representar a los varios y surrealistas personajes de esta pieza. Una obra sobre el tiempo, la espera, el desencuentro. Puede verse hasta el 15 de mayo.

30 abr 2016 / 12:10 h - Actualizado: 24 abr 2016 / 18:04 h.
"Teatro Aladar"
  • Un momento de la representación de Así que pasen cinco años, obra de Federico García Lorca que presenta Ricardo Iniesta. / El Correo
    Un momento de la representación de Así que pasen cinco años, obra de Federico García Lorca que presenta Ricardo Iniesta. / El Correo
  • Todo es negro es esta versión de Así que pasen cinco años. / El Correo
    Todo es negro es esta versión de Así que pasen cinco años. / El Correo

No es la primera vez que Ricardo Iniesta lleva a Madrid la obra Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Ya había sucedido en la década de los ochenta, a cincuenta años de la muerte del poeta, también en aquella ocasión con Carmen Gallardo entre las actrices y actores del elenco.

En esta ocasión, estamos ante una puesta en escena arriesgada, que con fondo negro y apenas un par de escaleras y unos espejos sobre el escenario, nos pone los pelos de punta en más de una ocasión. Lorca en prosa y en verso en boca de personajes surrealistas como máscaras o jugadores de naipes que se burlan de un Joven o de un tiempo. Un tiempo que se enfrenta al Viejo, ese que dice que «[...]hay que recordar, pero recordar antes. [...]. Sí, hay que recordar hacia mañana». El Viejo que reitera que lo «pasado pisado» como si quisiera reafirmar permanentemente su apoyo a ese Joven que espera, que espera cinco años para poder encontrarse con la mujer a la que ama, y no (aunque tal vez sí, después o antes) con la mujer que ama. La mujer que ama es otra, es la mecanógrafa. Y entre tanto: un niño muerto y su funeral, la gata muerta en manos de niños, la portera, la madre, las plantas, lo circense, la lluvia..., y el maniquí con vestido de boda, que recita versos que despellejan.

Entre el histrionismo de ciertos personajes y la melancolía más absoluta de la muerte, la soledad y el desamor habita este texto de dificilísima representación que la propuesta de Iniesta, con dirección de Ernesto Caballero, logra poner en escena en Madrid con maestría.

Todo es negro en esta obra. El escenario queda a oscuras; la muerte, el desencuentro. La espera en vano y un tiempo que no se sabe si ya pasó, si es presente, o si aún queda. Pero se echa luz sobre los cuerpos y los versos, y entonces ocurre el maravilloso milagro de ver a Lorca en el teatro a cargo de un inmenso elenco.

Junto a ese «recordar hacia mañana», la obra es también algo así como esperar lo de ayer. Entonces no quedan coordenadas de tiempo, todo es surrealista e incoherente, pero tan humano, tan vida y muerte; es desesperante pero esperanzador; un vaivén en el tiempo. Y el verso de Lorca, el verso.


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