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«Una historia de España»: Batallas y chascarrillos

Con una visión lúcidamente pesimista, la editorial Alfaguara recopiló en un libro estos 92 artículos a través de los que Pérez-Reverte nos hace ver lo que somos y fuimos, ni siquiera con la vana esperanza de saber como seremos

01 oct 2020 / 21:19 h - Actualizado: 01 oct 2020 / 21:30 h.
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  • Arturo Pérez Reverte. /Fotografía: Edward the Confessor
    Arturo Pérez Reverte. /Fotografía: Edward the Confessor

Concebido como divertimento previamente publicado en la revista de ABC, XLSemanal, es este un libro de artículos periodísticos que concibe la Historia de España desde el estilo hosco y trágico que caracteriza a su autor, de tal forma que de la lucidez de los datos y hechos se va a parar a un pesimismo que Pérez-Reverte concibe desde el ADN español, tan bronco, poco dado a concesiones y contradictorio como nuestros propios genes.

Empezamos siendo «Tierra de conejos» cuando así nos llamábamos en Ispahán, siglos antes de ser bautizados como Iberia. Pues bien, ya desde entonces marcábamos maneras, pero eso no es todo, y es que es llegar el catolicismo para aferrarnos a él, debido a las justas medievales (llama la atención como de los diez reyes godos, siete fueron vilmente asesinados) y empezar a aferrarnos a un oscurantismo no exento de mala leche, que a pesar de sus luces (algunas provenientes hasta del Islam del 711, así como el descubrimiento de América cuyos poderes alcanzaron al siglo XVI y XVII) se prolongó demasiado en el tiempo.

«Una historia de España»: Batallas y chascarrillos

Y es que aquí Pérez Reverte reparte no sólo contra los que considera hijos de puta vengativos, incapaces de toda solidaridad, sino que también lo hace contra los que en vez de tratar de unir se van a los toros o a la parroquia a rezar. Utiliza igualmente bien el escritor cartagenero su pluma, y este es su principal hallazgo, para hablarnos de lo que aún hoy somos, y eso escuece, en tanto en cuanto nos hace cómplices de capítulos como el de la Contrarreforma, primer gran tren que perdió nuestro país ante Europa de tratar de abolir ese oscurantismo tan peligroso.

También esas luces de las que hablábamos nos son mostradas con enjundia en capítulos como los del Siglo de Oro de las Artes y la Literatura, cargado de poetas, pintores y novelistas de renombre, la mayor parte considerados y recordados por su talento fuera. Y con cierta amargura cuando de ciencia hablamos; el siglo XVIII tan proclive a la razón en Francia, a nosotros nos cogió con el pie cambiado, y optamos por seguir apostando por una superstición que supuso el primer paso para un siglo XIX (guerras napoleónicas y carlistas, reyes y reinas desastrosos,...) donde se perdían esos trenes por docenas casi a diario, quedando la sociedad dividida y broncamente hecha un cisco, hasta conseguir en movimientos de ingeniería gubernamental tras la larga dictadura de Francisco Franco, salir de las peores sombras vividas hasta la fecha.

Asegura el autor en su epílogo que no todos los historiadores españoles están de acuerdo con esta visión de su Historia. También como redactor de manuales de esta asignatura de bachillerato, cuenta haber sido censurado por sus palabras en más de una ocasión.

Trifulcas aparte, hay que decir que en varias de las novelas suyas también se recrean gran parte de los episodios aquí referidos. Un ejemplo claro por el que conocemos hoy la España de Prim bastante mejor es gracias entre otras muchas a «El maestro de esgrima» o capítulos como nuestra más próxima Guerra Civil de 1936 se entenderían peor sin leer la trilogía de Falcó, ...

Parece ser además que el simple hecho de haber sido periodista, a muchos todavía no convence, no sabemos si porque el espejo en que a veces nos miramos, no nos devuelve el rostro que quisiéramos ver.


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