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«Una noche sin luna»: El suelo que pisan

La obra dirigida por Sergio Peris-Mencheta y protagonizada por Juan Diego Botto (al mismo tiempo autor) gusta allá donde se represente y genera fuertes emociones

29 jun 2021 / 08:05 h - Actualizado: 02 jul 2021 / 12:09 h.
"Teatro","Críticas","Teatro Aladar"
  • Fotografía de marcosGpunto
    Fotografía de marcosGpunto
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«Una noche sin luna» emocionó a mi madre. La miré, bajo las luces recién encendidas del teatro, y tenía los ojos anegados en lágrimas. Al salir a la calle, nos dimos cuenta de que había aplaudido con tanto entusiasmo que le sangraban los dedos, heridos por un anillo que llevaba puesto.

El comienzo de esta obra, que lleva recorriendo España medio año, es magistral. Juan Diego Botto juega con las tensiones del público presente para crear una situación a la vez surrealista y turbadoramente cercana. De hecho, la mayor parte de la audiencia se rinde ante la propuesta que llega en el arranque. Cuando las luces del teatro se atenúan y nos damos cuenta de que Botto no es Botto, sino que ha asumido la identidad del mismísimo Federico García Lorca, que vuelve de entre los muertos para mostrarnos momentos de su vida e invitarnos a la reflexión, todo fluye sin resistencia alguna.

Resucitando fragmentos de sus poemas, se empieza a hilar el monólogo, que es tan amplio y completo que crea todo un universo. A la audiencia nos inunda un respeto sin límites hacia la cultura como herramienta esencial para el progreso. La ficción cobra sentido como parte de la realidad, ya que conforma el imaginario popular. Lorca siempre defendió un teatro para todos, y por ello sus temas son tan cercanos: son experiencias vividas, compartidas, enraizadas en nuestros paisajes y coronadas por la Luna, que es universal. Los protagonistas muchas veces son gitanos, eternos guardianes del sur. El gran enemigo es la ignorancia, que puede tomar muchas formas: los garrulos homófobos que acosan al joven poeta cuando vuelve a sus tierras, los oficiales que interrumpen funciones... Previsiblemente, se sienten amenazados por algo que escapa de su comprensión.

Botto arrasa con su polivalencia. Nos asalta con una variedad de perspectivas, que se van sucediendo con agilidad y con humor. Los dardos que lanza, los lanza con respeto, aunque en mi opinión el plano reivindicativo sea un poco forzado por momentos, y nos saque, quizás, de la ensoñación a la que nos transporta Lorca, una ensoñación que ya trasluce suficientes sombras.

La realidad de un poeta es una realidad que no entiende de fronteras. Y este hecho se transmite a lo largo de toda la función. De nuestro viaje por la España de principios de siglo, lo que más me emociona es lo lejos que está Lorca de todo lo que ocurre, lo poco que entiende la violencia que lo va cercando, hasta llegar a su muerte silenciosa. Mientras Botto nos relata, en primera persona, las últimas horas de Lorca, se pone una chaqueta de cuyas mangas va cayendo arena fina. Se presenta a Lorca como un personaje cauto, vulnerable. Al fin y al cabo, ¿cuál es el hueco permitido a los poetas? Siempre están al margen. Entienden mucho, pero no quieren hacer daño, así que otros se lo hacen a ellos.

El regreso a la infancia es prevalente en la obra, como lo fue en la de Lorca. Se utilizan unos pocos objetos, dispersos, escondidos como tesoros en los recovecos de una plataforma de madera que, más allá de proporcionar un espacio neutro, versátil, para nuestro viaje por el tiempo, encarna el barco de Teseo. A través de una profunda tristeza, endulzada por momentos de humor, escarbamos en una infancia solitaria a través de una bolsa de canicas que en un momento dado se iluminarán, convirtiéndose en la Luna. Siempre ella.

«Una noche sin luna»: El suelo que pisan
Fotografía de marcosGpunto

Al ver esta plataforma de madera destripada hacia el final de la obra, se nos invita a hacer una reflexión sobre las historias, y también sobre la Historia en sí misma, sobre la memoria colectiva. La leyenda cuenta que la gente siguió reconociendo el barco de Teseo a pesar de todos los cambios en su apariencia a través de los años. Porque eran conscientes, más allá de su aspecto, de que ese era el barco.

Como epílogo, me gustaría añadir que he tenido la oportunidad de asistir a varios espectáculos desde que las restricciones empezaron a levantarse, y he tenido la sensación, una y otra vez, de no haber escuchado nunca aplausos tan entusiastas, o visto a tanta gente de pie, gente ávida no solo por ver el espectáculo, sino también de estar rodeada por otros humanos. Como bien dice el director, Sergio Peris-Mencheta, «Quizá hablemos de un teatro herido, pero más vivo que nunca».


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