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«Villa Amadora es la España de la época, con sus miedos, sus ansias, sus secretos»

Ezequiel Barranco, médico de profesión y apasionado de la literatura, recrea en «Villa Amadora» un periodo dramático de la historia reciente de Jaén, aquel que tuvo lugar entre 1937 y 1950 y que dejó heridas imposibles de borrar. La novela se presenta el próximo 9 de junio en la sevillana Sala La Revuelta

31 may 2022 / 07:14 h - Actualizado: 31 may 2022 / 07:17 h.
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Don Higinio, un falangista exmilitar mutilado en la reciente Guerra Civil, y, junto a él, Amadora, su mujer, sus hijos Jacinto y Petra, y su hermana Hilaria, sobreviven en una atmósfera enrarecida de incomprensión, fanatismo y culpa. Una realidad amenazada por un terrible secreto y por la extraña miseria creciente que asciende desde las cuadras de la casa. Este es el argumento de Villa Amadora, una intensa novela que recrea, en forma de melodrama simbólico, íntimo y familiar, un periodo dramático de la historia reciente de Jaén (1937-1950), y en la que el personaje de Crispín, un aprendiz de escritor, curioso incansable y buscavidas en los difíciles «años del hambre», ejerce de narrador. La obra, escrita por el médico Ezequiel Barranco —jiennense de nacimiento y residente en Sevilla— y publicada por la editorial Líberman, se presenta el próximo 9 de junio, a partir de las 20:30 horas, en la sevillana Sala La Revuelta (c/ Siete Revueltas, 33).

Tal como explica en la solapa del libro, el cuerpo de Villa Amadora surge durante un taller de novela impartido por Rocío de Juan Romero, escritora leonesa afincada en Sevilla. ¿Cómo ha sido su experiencia junto a ella?
No ha sido la única, pero sí la más importante, básicamente por tres razones: el absoluto entusiasmo y profesionalidad con que lleva a cabo cualquier actividad; la capacidad para hacer sentirse equipo a todos sus alumnos, hasta el punto de que cada uno de los libros que llegan a término en sus talleres tienen un poco de todos; y la forma en que te empuja para que consigas dar ese paso que siempre cuesta trabajo. Yo, ante cada propuesta —pasar de microrrelatos a relatos y de ahí a la novela, meterme en talleres de literatura insólita o científica, etc.—, siempre me echaba para atrás, pero bastaron un par de conversaciones con ella y aquí están mi libro de cuentos —La bufanda de lana y otros relatos desgarrados— y la novela que ahora presento.

Villa Amadora es, desde su inicio, un homenaje a la literatura. No en vano, autores como Antonio Machado, Cervantes, García Márquez, Pérez Galdós e incluso los populares cuentos de Calleja desfilan por los primeros párrafos del libro. Toda una declaración de intenciones.
Bueno, la prehistoria re refiere al periodo de antes de la aparición de la escritura. A partir de ese momento, hablamos de historia. Dicho de otra manera, la Historia, con mayúsculas, es sinónimo de escritura, de ahí que los actores seamos nosotros y nuestros garantes, los escritores.

¿Quién es Crispín y qué tiene en común con Ezequiel Barranco?
Para responder a eso primero hay que analizar la figura de Ezequiel Barranco, ese médico nacido en Jaén y vecino de Sevilla, casado, con dos hijos y una trayectoria vital que poco se aleja de lo habitual. Pero Ezequiel Barranco, como cualquiera de nosotros, no es solo eso. Hay quien dice que todos tenemos una vida interior y yo estoy de acuerdo. Incluso se duda que la realidad sea real, y se analiza si la realidad es lo que vemos o lo que pensamos. Por ello me gusta pensar que también soy Crispín. ¡Ojo!, no es que no sea Ezequiel Barranco, es que también soy Crispín, en algunos momentos imaginado, en otros, cuando escribo, absolutamente real. Entonces soy un joven curioso, algo golfo, hecho a sí mismo, buscavidas y feliz; o una persona culta, de hábitos metódicos. Depende del capítulo del libro. Dios sabe cómo sería Crispín si la novela la hubiera escrito en otro momento. Sería distinto, pero real en cualquier caso.
La novela está estructurada en dos planos. Por un lado la narración del propio Crispín, y por otro el diario de don Higinio Remesal. Cada uno nos ofrece su punto de vista sobre la Jaén de la guerra civil y la posguerra (a la que se define como «el vagón de cola del progreso») que a su vez es un retrato de la propia España.
Yo nací en el año 1955, por lo tanto, no viví o no recuerdo aquellos años. Además, mi familia tampoco hablaba prácticamente nada de la guerra o la posguerra (algo muy habitual, por otra parte). Me ha basado en tres cosas: mis escasos recuerdos de Jaén de cuando yo era pequeño (especialmente en las calles y la vida habitual de la ciudad); la casa y la literatura (novelas, ensayos, etc). En una época tan dura supongo que todos se sentirían en la cola del progreso —unos dando por perdido en futuro y otros esperanzados en que el futuro será mejor—. Desgraciadamente, hoy sigo viendo a Andalucía, especialmente a Jaén, a la cola del progreso, por falta de inversiones o de interés político. No sé, pero nunca le voy a echar la culpa a los jiennenses de a pie.

Villa Amadora, la casa de cuatro plantas, cuadras y jardín de la familia Remesal, es una protagonista más de la historia. Háblenos de ella.
Como decía, yo era muy chico, pero recuerdo la casa como si la hubiera visitado ayer. La bodega y la cuadra, cada habitación en su planta, el barrio en que estaba, el bar cercano. Todo ello está en mi memoria y la ha convertido en la protagonista real de la novela. La casa no deja de ser la España de la época, con sus miedos, sus ansias, sus secretos.
La religión está muy presente en toda la novela, comenzando por las citas bíblicas que jalonan sus páginas. Asimismo, vemos pasar a sacerdotes, seminaristas y beatas, aunque el personaje que mejor encarna la España del nacional catolicismo es el de doña Hilaria.
Es difícil no tener presente la religión en aquella época. Al fin y al cabo cuando se hablaba de los poderes fácticos, siempre estaba allí. Orientando para bien o para mal, bendiciendo o maldiciendo, sufriendo o haciendo sufrir. Las filas de seminaristas, la manifestación habitual de curas con su sotana, las iglesias y las campanas, los sermones y la presencia constante de Nuestro Padre Jesús y otras imágenes religiosas, marcaron una época y aún hoy siguen teniendo fuerzas en el ideario común.

«Villa Amadora es la España de la época, con sus miedos, sus ansias, sus secretos»

Otros personajes muy interesantes son los de los hijos, Petra y Jacinto, ambos adultos y solteros. ¿Qué destacaría de cada uno de ellos?
El díscolo, la pobre madre sometida, el patriarca autoritario, la hija desgraciada, el jornalero, el pícaro, el notario indulgente, la anciana tocada por la mano de Dios. Creo que son personajes llanos que a muchos les rememorará a alguien a quien conoció. No me refiero a sus actos, sino a su idiosincrasia. El único que podrá el lector sentir como irreal es Crispín, pero yo no lo siento así, como ya he dicho.

Al final de la novela lo aclaro: «El hecho de el lugar en que se desarrolla la historia pueda recordar un escenario real o que ciertos personajes, por sus rasgos físicos, coincidan con alguien, debe considerarse como algo anecdótico y ornamental.

Todos los personajes son fruto de mi imaginación, salvo, quizás, Crispín, cuya voz omnisciente ha surgido sin artificio, viva y atemporal, a golpes de teclado».

Villa Amadora está repleta de secretos y dramas pasados, pero también de símbolos, que en cierto modo recuerdan al teatro de Alfonso Sastre y Buero Vallejo...

Es una historia llena de símbolos, y cada uno de ellos se relaciona con el personaje. Los contertulios del bar ven a España en sus reuniones, Jacinto en las tabernas y las trincheras, Petra en la huida, Hilaria en sus alucinaciones, Amadora en la obediencia y el recato, Crispín en la propia casa y don Higinio en su tablero de ajedrez, en el que se sigue viviendo aquella guerra fratricida.
El punto de inflexión lo representa una misteriosa carta sin remitente que va a permitir a Crispín, y en consecuencia al lector, dilucidar el asunto...
He intentado —no sé si se habrá conseguido— que el lector, de alguna manera, se sienta cercano a Crispín. De ahí que esté presente desde el inicio de la novela, intentando levantar el interés de quien coge el libro, y llevándolo de la mano durante todo el camino. Si se fija, es un actor fundamental pero que, en realidad, lo que hace sobre todo es acompañarnos por todo el drama.

Por último, la novela contiene una sentencia de don Higinio que, desgraciadamente, continúa estando vigente: «Las guerras no las ganan los que tienen la razón, sino los que poseen más armas; y las pierden..., bueno, perderlas las perdemos todos».

Nunca aprenderemos. Pasado el tiempo ¿Quién ganó la Guerra Civil, la de los Balcanes, la de Afganistán o la de Ucrania? ¿Y quiénes perdieron?


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