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«Vivir abajo»: Los renglones torcidos de Dios

Excelente novela de Gustavo Faverón Patriau. Locura, pasión y crimen, un conjunto narrativo que suele funcionar bien y que, en este caso, se transforma en algo superlativo

24 sep 2019 / 07:35 h - Actualizado: 24 sep 2019 / 07:52 h.
  • Gustavo Faverón Patriau. / fotografía de viajeaitaca.net
    Gustavo Faverón Patriau. / fotografía de viajeaitaca.net

Decía el escritor español Torcuato Luca de Tena algo así como que Dios escribe recto sobre renglones torcidos. Esta cita atribuida a propósito de su excelente novela «Los renglones torcidos de Dios» es más que oportuna para definir un cuadro general de intenciones sobre la segunda novela de Gustavo Faverón Patriau, que juega con una amalgama de voces narrativas, poniendo a su vez a multitud de personajes en torno a uno: George. Este es un estadounidense (oriundo de Maine) poeta visual (el autor reconoce que su mayor fuente de documentación ha sido un baúl repleto de cintas de VHS) que tras pasar por varias instituciones psiquiátricas, va a parar con sus huesos a un pabellón de estabilización mental peruano, y donde medirá sus facultades intelectivas, por otro lado bastante intactas, con personajes de la talla del prolífico Mano Manzano, que recuerda a ese personaje de un cuento de la Highsmith, «El hombre que escribía novelas con el magín», casado con una pintora famosa que en este caso hace realidad su sueño. Pero no sólo esto es la novela.

Reconocido el talento del autor incluso por Mario Vargas Llosa, «Vivir abajo» es aparte de una novela coral sobre el siglo XXI de las letras latinoamericanas, un texto del que no se sale fácilmente indemne.

Como en «2666» de su querido Roberto Bolaño (a quién Faverón dedicó su ensayo «Bolaño salvaje») se puede leer como novela total o desde la perspectiva de cuatro nouvelles distintas, cuyo comienzo en «La piedra de la locura» bien pudiera ser la continuación de aquella maravillosa obra, si bien la historia y los personajes variarían.

«Vivir abajo»: Los renglones torcidos de Dios

Se estudia en esta primera parte la locura, desde el punto de vista de una enfermedad curable, en tanto en cuanto quedaría resuelta extrayendo dicha piedra, como si de una china en un zapato se tratase, sin necesidad de lobotomía ni tratamiento posterior alguno. En este sentido, toda vida a partir de aquí empieza en un manicomio y termina en una cárcel. Este presupuesto existencial del todo kafkiano por irresoluble es el que vive un George envuelto en un crimen, investigación a la que tampoco es ajeno el espionaje y el género policial, así como el de aventuras, al estar expuesto a diatribas, que sólo pueden llevarle más al hoyo, o centro de la investigación.

Notamos la empatía con personajes como Miroslav Valserim, o de la más largamente presente Raymunda Walsh (emparentada con el escritor argentino Rodolfo Walsh, autor de «Operación masacre»); con esta última parlamentará George largo y tendido, sobre la presencia de cadáveres reales en las películas peruanas de Werner Herzog (en concreto «Fitzcarraldo») y sobre los restos de todo naufragio en otras películas del realizador, tales como «Aguirre, la cólera de Dios» o «Nosferatu».

Aunque pudiera parecer paradójico y a pesar de las incursiones polifónicas, sobre todo de una mujer que se expresa en exceso desde la vacilación y la duda, quién más nos acaba narrando es un alter-ego del autor (profesor de literatura) que sabe muy bien hacer las veces de testigo de excepción.


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