El destino tatuado desde antes de nacer

María José Santiago nació en Jerez de la Frontera al son del cante de su padre, Diego Santiago, arropada por voces como la de la Paquera o como las de Fernanda y Bernarda, entre otras. Es cantante

18 nov 2017 / 08:37 h - Actualizado: 18 nov 2017 / 14:02 h.
"Entrevista","Personajes por Andalucía"
  • María José Santiago, en la Hemeroteca de El Correo de Andalucía en el cortijo de la Gota de Leche. / Jesús Barrera
    María José Santiago, en la Hemeroteca de El Correo de Andalucía en el cortijo de la Gota de Leche. / Jesús Barrera

Dicen que, durante los embarazos, los niños son capaces de tener contacto con la realidad a través de unos sentidos que ya comienzan a funcionar a toda máquina. Si la madre escucha música, el niño también lo hace; si la madre canturrea, el niño recibe el son y lo disfruta. Tal vez, esa es la razón por la que algunas personas llegan a ser lo que son porque, sin saberlo, ya lo eran antes de nacer. El destino ya estaba trazado desde que escucharon unos primeros sonidos que más tarde comprendieron que serían su forma de entender el universo entero.

El sol luce casi amenazador, como si fuera un vigilante fronterizo que intentase dejar pasar un otoño que ya debería estar aquí hace muchos días. Y, mientras esperamos ese cambio, tengo el privilegio de encontrarme con María José Santiago. Una mujer guapa, coqueta, muy simpática y de trato amable.

Como siempre hago con mis invitados, le pido que charlemos sin mirar a los lados, con tranquilidad. «Pues me pongo cómoda», dice. Y lo hace; intuye que no es un gesto de cortesía sino que se lo estoy sugiriendo con verdad.

«Me recuerdo siempre cantando, desde niña, porque mi padre era un fenómeno del cante», dice para empezar, dejando claro que era casi imposible no hacerlo teniendo un padre como el que tuvo.

«Lo que ocurre es que a mi padre no le gustaba cantar. No es que no le gustase cantar, sino que no le gustaba el mundo del artisteo, ni lo quería para mí. Pero claro, yo en el vientre de mi madre ya le escuchaba a él. Y no solamente a él, sino a los artistas grandes de Jerez, de los muchos que han pasado por mi casa. De mi padre arrastro lo que oí de él, sus consejos (como él no quería, no me animaba mucho). Lo que me da mucha pena es no haber tenido las suficientes luces como para coger a mi padre y llevarle a un estudio y haberle grabado cuando él estaba todavía medianamente bien de voz. Y no solamente el canto, sino todas las vivencias que él ha tenido, haberle tenido como referencia».

María José sigue repasando el pasado.

«Sigo manteniendo la esencia de cuando era niña. Eso no se puede olvidar. Eso va en mi piel. Es la esencia de mi padre y me acuerdo mucho de él. A veces estoy cantando y le estoy viendo. Mi madre me dice: es increíble cómo te pareces a tu padre. Los gestos, las manos. Me hubiera gustado haberme parecido a él cuando canto, pero no le llego ni a la suela del zapato. Mi padre era un monstruo cantando. Empezó con Lola Flores, era más chico que ella. Iban a todos los sitios juntos. Viajaban por todos los pueblos de Andalucía y cuando Lola se fue a Madrid le dijo: ¿tú te vas a venir? Y mi padre dijo que no, que a él no le gustaba. Cantaba para sus amigos».

A María José le brillan los ojos al hablar. Los recuerdos llegan sin dar tregua.

«Nací dentro del flamenco, pero lo cierto es que tengo una mezcla muy fuerte. La parte de mi padre era gitana y la parte de mi madre paya. Eran dos mundos totalmente diferentes. Se formó una revolución cuando mi madre se fue con mi padre. Porque la familia de mi madre no quería. Lo que ocurrió fue que mi madre se enamoró de mi padre cuando tenía doce años. Mi padre tenía veintiuno. Él no le hizo caso, pero ella esperó a tener dieciocho años. Y vamos, que lo trincó (risas y un gesto muy simpático de María José). Y sigue enamorada de mi padre. Ha sido una mujer entregada por completo hasta el día de la muerte de él. Por otra parte, mi abuelo materno estudió la carrera en Sevilla, era arquitecto y cantaba de maravilla. Boleros, ópera? Y, por eso, tengo yo esa mezcla, esa versatilidad en la voz.

Si canto una soleá, soy flamenca y si canto una ranchera, soy ranchera, ranchera. Aunque yo estoy muy cómoda cantando con una orquesta detrás. Nunca he dejado el flamenco, pero a mí lo que me gusta es cantar con un pianista al lado».

Vamos conversando despacio, repasando lo que María José Santiago quiere señalar de forma especial.

«Con la música se puede decir todo. He cantado casi de todo. La música es un vehículo importante para decir cosas. Y se canta mejor cuando estás disgustado porque tienes más sentimiento. Creo que se canta mucho mejor. A la muerte se le puede cantar. Se le ha cantado muchas veces. Y también a la alegría. Eso sí que es bonito. Los compositores dicen que componen mejor cuando están tristes, cuando tienen un desamor o cuando pasan hambre».

Pregunto a María José por qué canta, por qué decidió hacerlo si su padre se mostraba reticente; quiero saber si dedicarse a cantar fue una buena idea o no lo fue.

«Cuando era muy niña, veía a los artistas en televisión y lloraba, lloraba viendo al artista y decía, eso lo puedo hacer yo, eso es lo que yo quiero hacer, quiero cantar. He querido cantar toda mi vida. Lo que sucede es que siempre he sido muy tímida y he perdido muchas cosas en el camino por esa razón. Cuando llegaban las fiestas me ponía la última. Primero porque no bebo, no fumo, no sé alternar. Eso por una parte. Pero mis ganas por subir a un escenario han estado por encima de todo, aunque se pasa muy mal. Enfrentarte con el público impone muchísimo. Esta profesión es muy dura, muy bonita, pero muy dura. Y creo que ahora más dura todavía que antes. Antes sólo había una televisión y si salías te veía todo el mundo. Ahora hay mil televisiones y no hay programas para los artistas que llevamos en esto ya muchos años. Si no pegas un pelotazo con uno de tus discos no apareces ni de broma».

María José bebe un sorbo de agua. Piensa lo que va a decir a continuación.

«Me subo a los escenarios porque me gusta cantarle a la gente. Porque es ahí donde yo me realizo, donde se me quitan los dolores, donde no me acuerdo de nada. Eso sí, cuando bajas del escenario te encuentras con la soledad, con el silencio, una habitación vacía de un hotel. Pero mientras estás sobre las tablas, disfrutas. Salvo la primera canción, que es mortal. Cuando ya cantas la segunda canción, te relajas, ves que el público está contigo y eso es una maravilla, es una verdadera droga. Te voy a decir una cosa, la música es uno de los vehículos más importantes que existe en la vida, te da satisfacción, te da alegría, te hace olvidar los problemas. La música dicen que amansa a las fieras y es verdad. La música te relaja el corazón. Relaja tu cuerpo, tu mente, disfrutas y si vas a ver a un artista que además te gusta ya es lo máximo».

Y ¿las renuncias? Ser artista tiene su precio ¿no?

«He renunciado a algunas cosas. Sí, siempre hay alguna renuncia porque todo en la vida no se puede tener. Eso no es verdad. Aunque merece la pena. Pero todo el mundo tenemos un destino marcado. Y el destino te va diciendo por dónde ir; a veces queremos tirar por un camino y el destino te obliga a ir por otro. Yo creo mucho en el destino. Cada uno de nosotros tenemos ya nuestro caminito marcado desde que nacemos, de hecho no sabemos ni siquiera cuando vamos a morir».

María José Santiago presume de lo que es, de ser la que es. Le pregunto si tener sangre gitana ha supuesto algún problema en su vida personal o profesional. Antes de contestar, estira el cuello y coloca la espalda recta. Se coloca un mechón de cabello detrás de la oreja. Me mira sonriendo.

«Para mí tener mezcla de sangre gitana y paya, ha sido un plus. Lo mismo el gitano que el payo es bueno. Lo mismo que hay gente buena entre los gitanos, los hay entre los payos. Lo que sí te puedo decir es que hay una mayoría de gitanos que respetan mucho a sus mayores. No los llevan a una residencia para dejarles ahí abandonados. Y te digo que lo no me gusta de algún sector de los gitanos es que se consideren superiores. Porque nadie es superior a nadie. Mi abuela, era gitana pura (era canastera) y viví en su casa un orden y un respeto enormes. Mira, tengo amigas gitanas que son monjas, músicos que vienen conmigo tocando en la orquesta, y somos todos iguales. Gitanos que tienen una vida normal. Hay mucha confusión, pero pasa igual con los payos. La única diferencia es que entre los gitanos sobresale el cante y el baile, pero también hay muchos payos y payas que cantan y bailan para reventar. Somos lo mismo, somos iguales».

Antes de terminar, le pido a María José que me hable de un recuerdo de la niñez que refleje el cambio que ha vivido Andalucía. Elige este.

«Todo ha cambiado. Antes no había tantos bloques de pisos. La gente vivía más en casas de vecinos y los vecinos se ayudaban unos a otros. Ahora se sigue manteniendo, pero sólo en los pueblos. En las grandes ciudades, no. Yo, por ejemplo, no veo a mis vecinos en días y días. La gente se ha metido mucho dentro de sus casas. Antes no había tanto televisor, no había internet, y se compartía más con los vecinos. Se departía más. Mira, las navidades, por ejemplo en casa de mi abuela comenzaban en noviembre, a primeros de mes. Se empezaba ya con las zambombas, con los villancicos, olía a pestiños, a rosquitos, aparecía por casa una vecina con un platito de no sé qué, otra con una botellita de anís. Se cantaban por la tarde y por la noche los villancicos. Era distinto. Eso ahora solo existe comercialmente. Es una pena».

Se acaba el tiempo aunque queda un instante para que María José Santiago me hable de una ONG que se llama Crecer con Futuro con la que se ha sacado adelante a muchas familias que vivían entre basura. Da tiempo para que se emocione.

Al salir de la Hemeroteca de El Correo de Andalucía, el sol sigue vigilante. El otoño no ha podido hacer una pirueta y colarse. Tal vez, esté esperando perezoso a que sea el invierno el que llegue para instalarse. Tal vez.


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