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Seis siglos de duquelas y una historia por penelar

La minoría étnica más antigua. La llegada de gitanos a Andalucía se data en 1462 y hoy son el 5% de la población aunque la mayoría normalizada es invisible

18 dic 2016 / 22:22 h - Actualizado: 19 dic 2016 / 07:00 h.
"Sociedad","Xenofobia","Temas de portada","Sobrevivir a los estereotipos"
  • Celebración de la llegada de los gitanos a Andalucía en 1462 con una recreación teatral. / J. M. Espino
    Celebración de la llegada de los gitanos a Andalucía en 1462 con una recreación teatral. / J. M. Espino
  • Campaña contra la definición de gitano de la RAE. / El Correo
    Campaña contra la definición de gitano de la RAE. / El Correo
  • El informe anual de la Fundación Secretariado Gitano recoge 154 denuncias por discriminación contra gitanos, 18 de ellas en Andalucía. / Javier Cuesta
    El informe anual de la Fundación Secretariado Gitano recoge 154 denuncias por discriminación contra gitanos, 18 de ellas en Andalucía. / Javier Cuesta

Cinco de cada cien andaluces son gitanos (la comunidad concentra a la mitad de los gitanos que viven en España). Su presencia en el territorio data de hace más de seis siglos (la primera referencia documentada de su llegada es de 1462). Y aunque dos tercios de esos gitanos no viven en chabolas ni subsisten de la venta ambulante en la economía sumergida, el imaginario colectivo identifica a los gitanos con el otro tercio en exclusión. «Se mezcla la cultura gitana con la cultura de la pobreza», lamenta Federico Pablos, de la Asociación Nacional Presencia Gitana.

El reto es hacer ver a los gitanos que no dejan de serlo por estudiar y llevar una vida normalizada y a los no gitanos que muchos de los problemas que sufre el colectivo no se deben a su origen étnico sino a su situación de pobreza. Ésta no viene en su ADN genético. Es fruto de una historia de persecución y discriminación que hace que sus tasas de paro, pobreza y analfabetismo multipliquen a las del resto de la ciudadanía. También que al sentirse rechazado se «cierren» en sí mismos y sus costumbres pese a que «una cultura estancada muere» y que ésta evolucione no significa que pierdan su identidad.

«En Europa no se ha reparado nuestra historia» denuncia la presidenta de la Asociación de Mujeres Gitanas Universitarias Fakali, Beatriz Carrillo, que recuerda que en España «hace 40 años éramos ilegales», (se les aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes). Crítica que las instituciones crean que «con políticas asistenciales lo vamos a resolver» mientras los medios perpetúan estereotipos y en los escaños del Parlamento andaluz nunca se ha sentado un gitano.

Tanto Carrillo como Pablos destacan la importancia de visibilizar para gitanos y no gitanos «referentes positivos» de esos dos tercios del colectivo que dan clase a sus hijos en el colegio o estudian con ellos en la Universidad, que le curan en el centro de salud o en el hospital, que vela por su seguridad como policías o guardias civiles o que le atienden en cualquier ventanilla de la administración o en los juzgados.

En plena crisis de refugiados, con la UE levantando alambradas y cerrando las fronteras y fuerzas políticas de extrema derecha y abiertamente xenófobas llegando al poder, el odio al otro en auge incluye un «antigitanismo» también en aumento. Curiosamente, en Andalucía y en España se da un fenómeno migratorio protagonizado por gitanos del Europa del Este que, hasta ahora, no han entablado demasiado contacto con las redes del movimiento asociativo de los gitanos autóctonos ni se ha tejido una red de solidaridad. La presidenta de Fakali explica las razones: «No se sienten identificados con los gitanos españoles porque para ellos Europa es la tierra prometida y no reconocen a los gitanos que han salido de la miseria como tales».

La Constitución española y el Estatuto de Autonomía proclaman la igualdad de los ciudadanos sin distinción por su etnia, igual que por su sexo, raza, religión u orientación sexual. Y el Código Penal tipifica como delitos cualquier discriminación o ataque contra una persona por estos motivos. En Andalucía se registraron el año pasado 142 delitos de odio (34 en Sevilla), de los que medio centenar (15 en Sevilla) tenían una motivación racista o xenófoba, si bien las estadísticas oficiales del Ministerio del Interior no especifican los que tuvieron a gitanos como víctimas (sí se distinguen los ataques antisemitas). La Fundación Secretariado Gitano edita anualmente un informe con las denuncias que recibe de casos de discriminación, 154 el año pasado, 18 de ellas en Andalucía. Algunos tan violentos como el anónimo recibido en la sede jerezana de la asociación «Qué pena que Hitler no os eliminara». Un anonimato que internet y las redes sociales han facilitado para estos ataques.

Son cifras mínimas de los ataques que se denuncian. En el día a día «uno de los problemas principales es que no se reconoce el antigitanismo», destaca la presidenta de Fakali. Esta asociación presentó el pasado Día del Pueblo Gitano en Andalucía un Pacto contra el Antigitanismo: Protocolo de Actuación. El documento pretende ser un compromiso de las instituciones públicas para que las campañas de sensibilización, concienciación y, sobre todo formación antídoto clave contra el rechazo al otro– no se limiten a las efemérides. Pero también una guía de qué conductas son denunciables y perseguibles y cómo, así como de buenas prácticas en el tratamiento de la información y de los contenidos relacionados con la comunidad gitana que eviten la reproducción de estereotipos, la discriminación y la estigmatización.

Tanto Carrillo como Pablos subrayan el papel que desempeñan los medios de comunicación, tanto en sus contenidos informativos como de entretenimiento, en la difusión de la imagen estereotipada de los gitanos. El portavoz de la Asociación Nacional Presencia Gitana pone un ejemplo: la atracción que para éstos tiene el rito de las bodas gitanas y la ceremonia del pañuelo para probar la virginidad de la novia cuando «a la mitad de las bodas gitanas que he ido no se ha hecho y en la cultura cristiana supuestamente los novios también deben llegar virgen al matrimonio».

Pablos también llama la atención sobre la ausencia del protagonismo de los gitanos en la historia y la cultura de Andalucía y de España el currículum académico. Curiosamente, en comunidades como Castilla y León, con mucha menos población gitana que Andalucía, sí se estudia de forma transversal, destaca. «Hay manuales y material didáctico pero son pinceladas, no está implantado cuando lo lógico es que al hablar de los Reyes Católicos se cuente la persecución de los gitanos o al tratar el holocausto se explique que junto a los judíos, los nazis también los exterminaron», relata.

La asociación Nacional Presencia Gitana trabaja en el Polígono Sur, un barrio con un tercio de población gitana. Pablos deja claro que la intervención socioeducativa se realiza con las familias no por ser gitanas sino por su situación de exclusión y se define como «un coach». «Hay que enseñarles con referentes próximos a ellos, lo que ellos consideran personas de respeto, que necesitan formación para salir de la exclusión y que no es menos gitano el que estudia o no se casa joven», dice. «El problema no es ser gitano, es la exclusión», repite como un mantra porque cree que la mezcla de ambos conceptos es la raíz de los prejuicios y la discriminación que sufre un colectivo tan «heterogéneo» como cualquiera y en el que la mayoría de la minoría resulta invisible.


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