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Los niños olvidados por la ley del tabaco

Un estudio de la Universidad de Granada detecta que el nivel de nicotina en los menores de edad ha crecido desde que está prohibido fumar en los bares. Sostienen allí que los padres lo hacen más en casa y en el coche

03 feb 2016 / 14:32 h - Actualizado: 03 feb 2016 / 14:33 h.
  • El humo del tabaco no ha desaparecido, solo ha cambiado de sitio. Los coches y los hogares toman el relevo de los bares, donde está probidifo. / El Correo
    El humo del tabaco no ha desaparecido, solo ha cambiado de sitio. Los coches y los hogares toman el relevo de los bares, donde está probidifo. / El Correo
  • Los ceniceros ya no forman parte del atrezo de los locales públicos. / El Correo
    Los ceniceros ya no forman parte del atrezo de los locales públicos. / El Correo

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Yo lo llamo efecto globo», explica el enfermero responsable de la Unidad de Tabaquismo de Cisneo Alto, Juan Carlos Encabo: «Si la ley aprieta por un lado el globo de la adicción al tabaco, éste se hincha por otro».

Su experiencia, con cinco años en tratamientos de tabaquismo, corrobora lo que ha detectado la Universidad de Granada: los niños cada vez están más expuestos al humo. También los pediatras de ese centro de salud sevillano : «Los padres son rápidos al decir que no fuman delante de los hijos, pese a que a veces llegan a la consulta y cuando están cerca es evidente el olor a tabaco».

Este tabaquismo en los niños es efecto secundario de una «buena ley», que prohibió el tabaco en los espacios públicos y ha logrado reducir en un 90% la exposición de los adultos no fumadores, como expresa la redactora principal del estudio, Mariana Fernández, del Departamento de Radiología y Medicina Física de la Universidad de Granada. Es el primer trabajo científico que apunta en este sentido y los autores esperan que otras investigaciones confirmen esta línea en los próximos meses.

Los niños analizados tragan más humo además precisamente desde que entró en vigor la versión dura de la Ley Antitabaco en 2011: desde 2006 a 2011 había zonas de fumadores permitidas en los bares.

Los científicos de la Universidad de Granada y del Instituto de Investigación Biosanitaria advierten de que los niños son ahora los principales fumadores pasivos, tras descubrir datos inesperados en una encuesta epidemiológica y medir los niveles de cotinina (un metabolito de la nicotina), en muestras de orina de 118 niños del proyecto de investigación Infancia y Medio Ambiente antes (años 2005 y 2006) y después de la entrada en vigor de la citada ley (ya en 2011 y 2012).

La mitad de estos niños son fumadores pasivos. Llegan a tener hasta 80 nanogramos por mililitro (ng/ml) de sangre, cuando un no fumador no presenta cotinina en su orina y esta sustancia se reduce de manera drástica en cuatro días tras la última calada, explica la científica del Departamento de Radiología. Los niveles medios de cotinina en los niños participantes han aumentado ligeramente desde la entrada en vigor de la ley de 2011: de 8,0 ng/ml en 2005-2006 a 8,7 ng/ml en los análisis de 2011-2012.

La razón puede estar en que, tras la entrada en vigor de la ley, los padres fumadores consumen más tabaco en sus hogares y en los coches, en presencia de sus hijos, lo que convierte a los pequeños en fumadores pasivos, «con el enorme riesgo que supone para su salud: problemas respiratorios y mayor riesgo de cáncer, obesidad o complicaciones cardiorrespiratorias debido a la temprana edad de la exposición», indica Fernández.

Estos altos valores de cotinina los asociaron directamente con el hábito tabáquico de los padres y demuestra que la casa es una de las principales fuentes de exposición, ya que en los niños expuestos al humo en este medio tenían mayores concentraciones. El hecho de que algún miembro de la familia, especialmente la madre o el padre, fume en la casa hace que estos niños estén más expuestos al humo del tabaco.

«Nuestros resultados indican que la prohibición de fumar en lugares públicos y de trabajo ha trasladado el consumo a lugares privados (hogares y coches), en contra de lo descrito en otros estudios que aseguran que prohibir fumar en bares no hace que aumente el consumo en casa», apunta la autora principal del trabajo.

Su equipo observó que el número de familias con al menos un fumador se incrementó del 39 por ciento (en 2005-2006) al 50,8 por ciento (en 2011-2012), y lo mismo ocurrió con el número de madres (20,3 a 29.7) y padres fumadores (33,9 a 39,0) en la población de estudio.

«Factores socio-demográficos como la educación, ocupación, ingresos o clase social parecen asociarse directamente con la exposición al humo del tabaco», continúa Fernández. Y a esta ecuación suman la larga crisis económica, cuyo impacto ha sido especialmente importante en Andalucía.

Su apuesta: no derogar la ley ni reforzarla, sino concienciar a las familias. El mismo planteamiento del enfermero responsable de la unidad de Tabaquismo de Cisneo Alto: «Ningún policía podría controlar lo que se fume en casa».

En su unidad de tabaquismo no falta el trabajo: si en 2011 acudieron para dejar de fumar 35 personas, en 2015 fueron 122. De todas ellas lo consigue un 20% de media. «Dejar el tabaco es muy difícil. No es un porcentaje bajo», expone.

Para lograrlo el programa de Cisneo Alto, como todos los del Servicio Andaluz de Salud, proponen terapias individuales o en grupo que se prolongan hasta un año, aunque las dos últimas citas se producen con un intervalo de seis meses. Entre la información que se les suministra a los pacientes hay un tema de tabaquismo pasivo.

«Un señor de nuestro programa, que llevaba dos meses sin fumar, presentaba tres veces más monóxido de carbono en sus pulmones que un no fumador, precisamente porque se incorporó a su casa otra persona que sí lo hacía, expone Encabo, quien relata algunas de las frases que le cuentan sus pacientes, como esta de una mujer: «Si yo huelo mi casa y apesta a tabaco, ¡Cómo estarán esas dos habitaciones pequeñitas que se llaman pulmones!»

La mala conciencia (a estas alturas casi todo el mundo sabe que fumar es malo para la salud), hace que en la consulta de tratamiento grupal de Encabo muchos hablen del fenómeno del gusanillo: encender un cigarro para matar las ansias, darle una calada y dejarlo que se consuma. «Uno hombre que acudió a nosotros», sigue el enfermero, «llegaba a encadenar tres paquetes diarios con ese gusanillo. Y además del gasto de dinero (cerca de 6.000 euros al año), no fumaba menos: se convertía en fumador activo... y pasivo, al inhalar el humo del cigarro que veía deshacerse ante él.

Quienes acuden en su mayor parte son adultos de entre 40 y 60 años (mayores para tener hijos pequeños, por lo general) y porque le han visto «las orejas al lobo» tras un diagnóstico grave –como el cáncer de pulmón– a ellos mismos o un familiar. Otras motivaciones para dejar el hábito son el olor, el aspecto de la piel y, menos, el ahorro de unos 3.000 euros de promedio.

Pero el problema no se llama solo tabaco. «Es una adicción, y todos conocemos quienes engordan al dejar de fumar porque pasan de calmar la ansiedad con un cigarro a hacerlo con otra cosa. Dejar de fumar es tan difícil que algunos fumadores elaboran un duelo, como si perdieran a un amigo».

De hecho, entre las pruebas que se hacen a los fumadores en el centro de Cisneo Alto están tests de dependencia física (test de Fagerström) y psicológica (test de Richmond). Precisamente por esta dependencia dejar el tabaco se parece a los círculos de alcohólicos: «Se es fumador toda la vida, y el reto es no fumar hoy», insiste el responsable del programa de deshabituación. «No se culpabiliza a nadie por la recaída y si alguien lo necesita los médicos prescriben fármacos. Hay quien deja de fumar, lo que llamados el Día D, en su primera semana y hay quien no lo consigue». Pero hay esperanza: «Si dejas de fumar y recaes luego te cuesta menos volver a intentar dejarlo», apostilla el profesional.

Lo que más difícil se lo pone a quien deja el tabaco es el «ambiente de fumadores», como le cuentan a Encabo sus pacientes. ¿Cómo logran tener la fuerza de voluntad para no volver a acercarse a una cajetilla? Para quien necesite un estímulo extra, una hucha de cristal donde depositar cada día lo que cuesta un paquete ayuda. Los que lo van logrando tienen una frase recurrente que echa una mano a los demás: «Ya no me domina, soy yo quien lo hace».


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