Esta es la historia de una proeza imperdonable: la del hombre que no tiene derecho a encontrar algo extraordinario y, sin embargo, lo encuentra. Visto así, desde esa perspectiva trágica a la que solo la literatura ha sabido rendir homenaje, Manuel Cuevas recuerda al pobre Santiago de El viejo y el mar, quien, con las velas de su barca remendadas con sacos de harina y el estigma de la mala suerte clavado en su frente como otra cicatriz más del sol, aún confiaba en traerse de la mar algún día al pez más grande. Sin medios, sin fama, sin ayuda, sin crédito de sus semejantes. Así es como Cuevas dice haber logrado el presunto hallazgo que convertiría el Pinar de la Algaida, en Sanlúcar de Barrameda, en la apacible, calmosa, aromática y relajante tapadera natural de nada menos que la capital de aquel imperio legendario testimoniado por Platón en su obra Critias; unos restos colosales de cuando el hombre apenas sabía otra cosa que labrar menhires y que tienen el tamaño de la ciudad de Córdoba: la Atlántida, la civilización más remota e improbable, la más buscada de todos los tiempos. Intacta, conservada en la arcilla de un diluvio a cien metros bajo tierra. Con toda su grandeza fabulosa, con todas sus revolucionarias respuestas. En el mundo de la arqueología no hay pez más grande.

Una vez que se barrunta lo que podría haber en esas profundidades, bajo la reseca broza con la que el verano ha tapizado aquel paraje polvoriento y ondulado, la sugestión de hollar una especie de lugar sagrado se impone en el visitante de ese pinar sanluqueño de caminos blanquecinos y verdes refulgentes, picoteado por las moscas y por el sol afilado del otoño. Los azules tremendos del cielo porfían con los imponentes verdes de los pinos, y Cuevas se pregunta si con esos colores no rivalizarían también los ocres, doradas y grises de unas piedras formidables guardadas en secreto por el tiempo, justo bajo de las botas de los senderistas. Pero, ¿y si en realidad no es eso? ¿Y si la Atlántida sigue siendo el viejo sueño que era: apenas la ilusión más del espíritu humano, que necesita inventar antecedentes de extrema grandeza para legitimar e incentivar su búsqueda de la utopía? «No sé si lo será o no. Yo creo que sí lo es», explica Manuel, mientras pasea entre los pinos, señalando lo que identifica como restos posteriores de una muralla romana con sus torreones, esparcidos a simple vista. «Y lo creo porque responde en todo a la descripción que hace Critias: está a diez kilómetros del mar abierto, que estaba en una isla –porque esto lo era entonces–, tiene una arquitectura de círculos concéntricos... y entre otras muchas razones, es antiquísima». En su opinión, y dado el lugar a la profundidad del hallazgo, esa ciudad «podría tener 11.000 o 13.000 años». Justo la edad que le echaba Platón. El problema es que, según la ciencia arqueológica, por aquellas fechas el ser humano apenas hacía otra cosa que aporrear mamuts y levantar dólmenes. ¿De dónde iba a sacarse una urbe como aquella?

Para Manuel, la respuesta es otra pregunta: «¿Y por qué no asomarse a mirar?» Se trata, dice, de hacer el sacrificio de no darlo todo ya por pensado; de dejar algún espacio en la mente para la posibilidad de que las cosas no sean como siempre se ha creído que son; entre otras razones, porque no siempre se ha creído lo mismo de las mismas cosas. Aficionado a la historia y enamorado de la arqueología, este sanluqueño hoy dedicado a los viñedos no pide que le den la razón, sino solo que las autoridades culturales se tomen la molestia de echar un vistazo. «Esto no me lo he inventado yo. Está documentado incluso con fotos de satélite –aunque las fotos han sido posteriores, como un regalo añadido, ya que solo han supuesto la confirmación de lo que yo llevaba ya investigado–. Pero no echan cuenta».

La vieja tartana azul con la que Manuel Cuevas culebrea sobre los caminos del pinar le pone un vibrato especial a sus palabras apasionadas. «Lo que no se puede perder en esta vida es el entusiasmo. No sé si es que el vivir cómodamente nos ha vuelto indiferentes ante las cosas, o qué es no que nos está pasando, pero me gustaría saber cómo puede esto no interesar a los arqueólogos, aunque no se sepa lo que es. ¡Si yo no digo que tenga que ser la Atlántida! Solo he aportado pruebas fehacientes que concluyen que aquí debajo hay una ciudad inmensa de un tiempo remoto. ¿Cómo se puede uno llamar a sí mismo arqueólogo y no tomarse siquiera la molestia de querer echar un vistazo?», dice. Definitivamente, el traqueteo del todoterreno no es el causante de su tono emocionado y algo hastiado. «He encontrado algo muy grande y a nadie le importa un carajo».

Manuel muestra entonces una de las varias fotografías aéreas hiperespectrales de la zona y nunca publicadas (por ahora), tomadas por un satélite, y sea lo que sea aquello la mandíbula del espectador tiende a desplomarse por debajo de la línea de flotación. Si lo que recoge esa foto es cierto, va a haber que pasarle el típex a una parte de la historia antigua: enormes estructuras artificiales conformando calles y edificios se alternan bajo el manto de ese plácido pinar con moles grandiosas y hasta una torre que, junto con su plataforma inferior, alcanzaría cerca de cien metros de altura. No son ruinas: estarían intactos. Y no solo bajo el pinar, sino más allá. Cuevas, sobre el terreno, defiende la antigüedad del presunto hallazgo: «Esa ciudad fue tragada por el agua de forma repentina, en muy poco tiempo, como sugiere su estado de conservación. Llegar hasta abajo excavando sería impensable, porque el terreno es muy poroso y no habría forma de quitar el agua; haría falta para eso una gran obra de ingeniería. Pero sí se podría demostrar lo que hay con muy poco dinero, porque bastaría con levantar la tierra del promontorio que cubre la parte superior de esa posible torre, y que sobresale del suelo. Solo haciendo eso ya se podría afirmar con rotundidad qué es lo que hay ahí. El caso es que desde hace 6.500 años no ha cambiado de forma sensible el nivel del mar en esta zona. Sí hubo un cambio brutal hace unos 12.000 años, coincidiendo con el final de la última glaciación, y es en ese momento cuando cabe fechar el final de esta ciudad que quedó sumergida».

Desde el otero de un campo de golf cercano, Manuel Cuevas muestra un horizonte que ahora está formado por colinas, cultivos y llanuras y que en aquella época fue un archipiélago, y cuenta la historia remota de aquel terreno que casi forma parte de su propia anatomía, la de él y la de toda su estirpe sanluqueña. Con especial recuerdo a su padre, quien hacía ladrillos con aquella tierra arcillosa que se le quedó metida en la piel para confiarle, quién sabe, el secreto de ese yacimiento. Fue de él de quien aprendió Manuel las primeras nociones que le servirían para interpretar el suelo que lleva pisando algo más de cincuenta años, y del que toda Sanlúcar sospecha que encierra secretos sorprendentes. Cuevas, además, lo dice con conocimiento de causa. Restos de construcciones romanas, lápidas con inscripciones turdetanas y hallazgos como el del Tesorillo tapizan en primera instancia este trozo de suelo que promete deparar grandes sorpresas si algún día las autoridades deciden emprender la tarea que las evidencias reunidas por Manuel Cuevas aconsejan. Él, por si acaso, ha registrado sus hallazgos ante notario. «He tomado acta notarial de cada descubrimiento que he hecho. Porque, ¡hombre!, ya se sabe lo que puede pasar con estas cosas. Este paisano sabe cómo acababa la triste historia de El viejo y el mar y no está dispuesto a dejar que un banco de tiburones se zampe su captura. No todos los días se pesca un pez así.

UNA CIUDAD DE 6 KMS. DE DIÁMETRO

Sean lo que sean, entre las estructuras subterráneas que revelan las fotos se aprecia lo que parece una gran ciudad, con avenidas y grandes edificios centrales. «Se adivina un verdadero complejo náutico con forma circular en la que se deduce que el tamaño de la isla pudo ser de más de 25 kms2. En el centro de la ciudad, un recinto de 450 metros de longitud rodeado de más estructuras que rematan en un edificio, toda la zona en apariencia navegable. Este edificio de base rectangular y cuyo lado más largo tiene unos 180 metros posee en el centro una torre que según la perspectiva de las imágenes puedes ser ovoide, esférica o cilíndrica pero de todas formas algo de mucha envergadura». En total, «seis kilómetros de diámetro».