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El reportaje literario

40 años sin Rafael de León: la Generación del 27 hecha copla

Sobre el poeta sevillano que fue amigo de Lorca, Machado o León Felipe y que escribió miles de poemas convertidos en canción cayó luego una injusta losa por considerar sus textos “folklore” en el peor sentido de la palabra

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
27 feb 2022 / 07:57 h - Actualizado: 27 feb 2022 / 08:06 h.
"El reportaje literario"
  • Rafael de León.
    Rafael de León.

El aristócrata sevillano Rafael de León (1908-1982) tenía diez años menos que el granadino Federico García Lorca, pero fue amigo suyo y consiguió, tal vez por otra vía –la de la canción-, que sus letras fueran conocidas por muchas más personas que las de la mayoría de los poetas de la Generación del 27, a la que perteneció, aunque fuera quizá el más joven de todos, más aún que otro olvidado del grupo, el también sevillano Joaquín Romero Murube, cuyo poemario más célebre, Canción del amante andaluz, salió a la luz el mismo año que Rafael de León publicó el suyo, Pena y alegría del amor, 1941.

Precisamente de aquel mismo año es “Tatuaje”, una de las coplas más imperecederas que han inspirado no solo a las folclóricas, desde Concha Piquer a Marifé de Triana, sino al mismísimo novelista Manuel Vázquez Montalbán –también poeta al principio de su carrera, de los Novísimos- para titular una de sus primeras novelas protagonizadas por el detective Carvalho. “Él vino en un barco / de nombre extranjero. / Lo encontré en el puerto / un anochecer. / Cuando el blanco faro / sobre los veleros / su beso de plata / dejaba caer. / Era hermoso y rubio / como la cerveza / El pecho tatuado / con un corazón. / En su voz amarga, / había la tristeza / doliente y cansada / del acordeón”. Sí, es imposible leer el poema y no tararearlo con la melodía que compuso para él el músico sevillano Manuel Quiroga, el segundo artista del trío que formaron con el jerezano Antonio Quintero, que era el encargado de darle un cuerpo dramático a aquellas historias de amor imposible que al menos durante los primeros veinte años del franquismo firmaron por miles. El trío Quintero, León y Quiroga se convirtió en una marca de aquella España que empezó a soñar con sus canciones la libertad y la tragedia, a partes iguales, que eran imposibles en aquel país en blanco y negro.

40 años sin Rafael de León: la Generación del 27 hecha copla
El trío Quintero, León y Quiroga con la Piquer.

Pero aunque Rafael de León, Romero Murube, Lorca, Alberti, Cernuda o Aleixandre formaran parte de la misma Edad de Plata de la Literatura española, lo cierto es que cada uno de ellos corrió una suerte bien distinta, entre otras razones un tanto absurdas porque todos pasaron por el maniqueísmo de una Guerra Civil que, en vez de leer sus letras, se dedicó a clasificarlos en buenos o malos según el color del cristal con que cada cual los mirara. A Rafael de León, en plena guerra, lo encarcelaron las autoridades republicanas en Barcelona por el único delito de ser aristócrata, algo que, evidentemente, él no había elegido y que no fue óbice para ser amigo no solo de Federico, sino también del malagueño Miguel de Molina, que era de su misma quinta. Se ha contado muchas veces que fue en un café barcelonés donde el jovencísimo Rafael de León, con apenas 23 años, escribió en una servilleta la letra de sus Ojos verdes, después de charlar con Miguel y Federico, acordándose del “Romance sonámbulo” de su amigo granadino cuyo estribillo ya se había hecho famoso: “Verde que te quiero verde”. El marqués Rafael consiguió exprimir la lírica de aquellos Ojos verdes limitando toda su poesía a la plasticidad de la imagen.

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Poema de Rafael de León en el Parque María Luisa.

Apoyá en el quicio de la mancebía

Aquella copla tan primeriza del joven Rafael de León tuvo la capacidad de encerrar en su letra no solo el lirismo del color de aquellos ojos convertidos en canción, sino también una historia e incluso un diálogo dramatizado entre una prostituta y un cliente, cuyo amor imposible ha emocionado desde hace más de 90 años. Tres géneros en uno.

El planteamiento del poema es inolvidable: “Apoyá en el quicio de la mancebía / miraba encenderse la noche de mayo. / Pasaban los hombres y yo sonreía / hasta que en mi puerta paraste el caballo”. La voz es la de la prostituta que se sitúa en la puerta de su puesto de trabajo. Sin embargo, la mojigata hipocresía franquista se escandalizó tanto, que la censura hizo que Concha Piquer modificara aquel arranque: “Apoyá en el quicio de mi casa un día”, decía, y ya el resto del poema perdía todo su sentido, porque si la protagonista estaba simplemente en la puerta de su casa, y no en la de un puticlub, a lo mejor no se sostenía tanto dramatismo amoroso. “¡Serrana! ¿Me das candela? / Y yo te dije: Gaché / ven y tómala en mis labios / y yo fuego de te daré. / Dejaste el caballo y lumbre te di / y fueron dos verdes luceros de mayo / tus ojos pa mí”. En efecto, el verdor de aquellos ojos enamora a la prostituta como ella misma no había imaginado, acostumbrada a convertir el amor en puro producto de mercado. La candela que le ofrece para encender el cigarrillo se convierte en fuego fatuo, en lumbre de otro calado que solo puede explicarse poéticamente: “Ojos verdes / verdes como la albahaca. / Verdes como el trigo verde / y el verde, el verde limón / Ojos verdes, verdes, / con brillo de faca / que se han clavaíto en mi corazón”. Cuando el drama está absolutamente encendido, sigue la historia, con una elegante elipsis que focaliza a los amantes ya al amanecer. Uno ha amado por dinero; a la otra, el dinero ya no le importa porque le preocupa otra cosa: “Vimos desde el cuarto despertar el día / y sonar al alba la torre la vela. / Dejaste mi brazo cuando amanecía / y en mi boca un gusto de menta y canela”. Cuando el cliente va a pagarle por su servicio sexual con unas monedas para que se compre un vestido, ella se niega a cobrar y, convertida en yo poético, clama de nuevo, desde su presente dolorido: “Subiste al caballo, te fuiste de mí / y nunca otra noche más bella de mayo / yo he vuelto a vivir”. El resto es pura poesía concentrada: Ojos verdes, repetidos hasta el infinito.

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Rafael de León joven.

Educado en Andalucía

El niño Rafael de León y Arias de Saavedra había nacido el 6 de febrero de 1908 en la calle San Pedro Mártir de Sevilla, en una familia de terratenientes andaluces, hijo del VII Marqués del Valle de la Reina y de la VI Marquesa del Moscoso, a la sazón VII Condesa de Gomara. Con solo ocho años es internado en el colegio jesuita de El Puerto de Santa María, donde Rafael Alberti estaba a punto de ser expulsado. Después también estudió en otro colegio jesuita de Málaga, e incluso en los Salesianos de Utrera. En 1926, que fue el año en que Pedro Salinas consigue su cátedra de Literatura en la Universidad de Sevilla y conoce a Luis Cernuda, Rafael de León inicia la carrera de Derecho en la Universidad de Granada y por eso conoce a García Lorca.

Si le costó entrar en el mundo de la creación artística, fue precisamente por su condición de aristócrata. Fue Antonio García Padilla, el padre de Carmen Sevilla, quien le facilitó esta entrada. Y Rafael de León se empapó de cafés cantantes y teatros de variedades porque en ellos, y en los corrales de vecinos, en la vida palpitante de la calle, en fin, encontró un poderosísimo motivo de inspiración que no lo iba a abandonar durante medio siglo.

Sería durante su servicio militar en Sevilla cuando, en una actuación en el Lope de Vega, conoce a Concha Piquer, seguramente la voz por antonomasia de muchas de sus creaciones. En 1932 se marcha a Madrid bajo la influencia del músico sevillano Manuel Quiroga, y luego vendría Barcelona con Antonio Quintero. Lo del famoso trío se consolidó al terminar la guerra. Para entonces, hacía varios años que Lorca había sido asesinado y Romero Murube, que desde Sevilla había ido a Granada comisionado para investigar su muerte, era ya conservador del Alcázar de Sevilla. La mayoría de los poetas de aquella generación habían salido despedidos hacia el exilio por la conmoción de la guerra civil, que los había separado, a muchos de ellos para siempre. Todavía escribió Rafael de León acordándose de Federico: “Lo mataron en Granada, / una tarde de verano / y todo el cielo gitano / recibió la puñalada”.

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Pena y alegría del amor.

La primera vez que Quintero, León y Quiroga trabajaron juntos fue para el espectáculo Ropa tendida, en 1942. Lo hicieron para Concha Piquer y lo pagó su amante, el torero Antonio Márquez, que no podía casarse con ella debido a su matrimonio con una cubana, según ha contado recientemente el también poeta Daniel Pineda Novo. De ahí que Rafael le escribiera a la Piquer aquel “Romance de la otra”: “Yo soy la otra, la otra / y a nada tengo derecho / porque no llevo un anillo / con una fecha por dentro”.

Amores imposibles

El poema principal de aquel primer libro de Rafael de León ya ponía el acento en la imposibilidad del amor entre un hombre casado y con hijos y su amante: “Mira cómo se me pone / la piel cuando te recuerdo. / Por la garganta me sube / un río de sangre fresco / de la herida que atraviesa / de parte a parte mi cuerpo. / Tengo clavos en las manos / y cuchillos en los dedos / y en mi sien una corona / hecha de alfileres negros. / Mira cómo se pone / la piel ca vez que me acuerdo / que soy un hombre casao / y sin embargo, te quiero”. El muro de siempre, con el agravante de la homosexualidad. “Ayer en la Plaza Nueva / -vida, no vuelvas a hacerlo- / te vi besar a mi niño, / a mi niño el más pequeño, / y cómo lo besarías / -¡ay, Virgen de los Remedios!- que fue la primera vez / que a mí me diste un beso. / Llegué corriendo a mi casa, / alcé mi niño del suelo / y sin que nadie me viera, / como un ladrón en acecho, / en su cara de amapola / mordió mi boca tu beso”.

Rafael de León terminaría consolidándose en el universo de las varietés que favoreció la creación de un género muy influido por el tipismo andaluz que, a su vez, alimenta los guiones de cine de una época en que el concepto de hispanidad abre las fronteras a las músicas que vienen de Latinoamérica. Fue así como llegan boleros, tangos, rancheras y hasta valses peruanos para que el trío que formó Rafael de León con Quintero y Quiroga llegase a firmar más de cinco mil canciones. A cambio, Rafael de León perdió los libros de textos de entonces y de luego, porque tampoco la Cultura con mayúsculas es capaz de perdonar tamaño éxito. Llegó la época de escribirle a Juanita Reina, luego a Marifé de Triana. Colaboró también con el jerezano Manuel Alejandro, que será nombrado mañana Hijo Predilecto de Andalucía. Y por supuesto le siguió escribiendo letras a las folclóricas de la democracia: Rocío Jurado e Isabel Pantoja. Pero también a Nino Bravo, a Raphael y a Carmen Sevilla.

Para la historia sentimental de este país quedarán letras escritas en el viento del pueblo, como La Zarzamora, que él compuso para Lola Flores: “¿Qué tiene la Zarzamora, / que a todas horas llora que llora / por los rincones? / Ella que siempre reía / y presumía de que partía los corazones”. O esa de la pena penita pena que todavía resuena como el eco inconfundible de una tiempo que aprendió a disimularlas todas: “Ay, pena, penita, pena, pena! / Pena de mi corazón / que me corre por las venas, pena / con la fuerza de un ciclón. / Es lo mismo que un nublado / de tiniebla y pedernal / es un potro desbocado / que no sabe dónde va. / Es un desierto de arena, pena, / es mi gloria en un penal / ¡Ay pena! ¡ay penal! / ¡Ay pena, penita, pena!”. O incluso aquella de María de la O que tuvo en Estrellita Castro su primera intérprete: “María de la O, qué desgraciaíta / gitana tú eres teniéndolo tó / Te quieres reír y hasta los ojitos / los tienes morados de tanto sufrir. / Maldito parné, que por su culpita / dejé yo al gitano que fue mi querer. / Castigo de Dios, castigo de Dios / es la crucecita que llevas a cuestas / María de la O”. Cuarenta años después, estos poemas no necesitan reescribirse porque todo el mundo se los sabe de memoria, incluso quienes reniegan de ellos.


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